El legado de los Romanov 2
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Mía

Tenía los sentidos atrofiados. Apenas podía escuchar con normalidad, mi respiración era agitada y solo podía percibir el olor a perfume dulce.

Me apetecía un cigarrillo. O más bien, lo necesitaba.

Había bailado durante horas, riendo con las chicas, bebiendo más de lo que debía, porque sabía que pronto llegaría mi momento.

Un respiro a solas para aclarar las ideas me vendría bien.

Empujé la puerta y salí al callejón contiguo al local. El ruido del interior se amortiguó detrás de mí, y solo quedó el zumbido lejano de la música, mezclado con el goteo de una tubería vieja.

Llevaba tres semanas fuera de casa, en el apartamento de soltera que aún conservaba mi madre entre sus propiedades, disfrutando de que mi padre se había marchado de viaje de negocios y no aparecería por allí hasta mes y medio después.

No le soportaba. Lo único que quería era ser libre, perderme entre la gente, disfrutar de la música, de mis amigas… Vivir. Y lo único que había conseguido era estar en una cárcel de cristal de la que no sabía si podría salir.

Me apoyé contra la pared, saqué un cigarrillo y busqué el mechero en el bolso.

Nada.

—¿Fuego? —Oí como decía una voz gatuna, aterciopelada y tan sensual que creí que me caería rendida.

Ladeé la cabeza, y fue entonces cuando le vi.

Contuve el aliento, percibiendo como todo mi cuerpo cimbreaba, al son de mi corazón, que se me iba a escapar del pecho.

Frente a mí estaba él. Alto, de hombros anchos, traje negro impecable, camisa semiabotonada, esa mirada verde profunda que ya me había atravesado desde el otro lado de la pista y guapo a rabiar. Tragué saliva.

Tenía el magnetismo de esos hombres que siempre ganan, que son capaces de todo con tal de conseguir lo que desean, de los que pertenecen a un mundo que conocía demasiado bien.

Antes de que siquiera pudiese responderme, el hombre frente a mí prendió el mechero y se inclinó lo justo para encenderme el cigarrillo, permitiendo que la luz de la llama iluminase por un segundo el contorno de su mandíbula.

Mis ojos se fueron a sus carnosos y rosados labios, a la forma en la que la barba los delineaba y llegaba a su mentón.

Me mordí el carrillo, perdida en el dios que tenía frente a mí, mientras mi mente no dejaba de divagar de un lado a otro.

Él lo notó, sabía que estaba perdida y eso le gustó tanto que una mueca de superioridad se dibujó en su boca, consiguiendo que un impulso eléctrico me recorriese de pies a cabeza.

—¿No eres demasiado joven para fumar? —comentó.

Negué con la cabeza, haciendo una mueca de descontento, al mismo tiempo que una sonrisa ladina se dibujaba en sus labios, provocando estragos en todo mi cuerpo.

—¿Y tú no eres demasiado mayor para estar mirándome como si estuvieses a punto de follarme? —inquirí, como si las palabras hubiesen salido solas.

Él ni se inmutó, cosa que en cierto modo me gustó. Parecía uno de esos retos que me volvían loca, y esa noche prometía demasiado como para volver a casa tan temprano.

—¿Le dices esto a todo el mundo? —cuestionó. frunciendo el ceño.

Mi sexo ardió de nuevo cuando sus ojos verdes permanecieron tan fijos en los míos que tuve que desviar la mirada antes de caer rendida frente a él.

Sabía que aquello no estaba bien, pero… ¿y si cambiaba las reglas del juego? Por un momento sentí un clic en mi cabeza.

—No, solo a quien lo hace —añadí con chulería.

El hombre frente a mí se sorprendió y arqueó una ceja, divertido.

—¿Y tú? —preguntó—. ¿Acaso no me mirabas de la misma manera?

Solté una risa corta, como si no me afectara, aunque por dentro algo no dejaba de removérseme. Había algo en su voz… en esa seguridad que tienen ciertos hombres, esos que nunca pierden, que causaba estragos en mi sistema nervioso.

—Quizá solo estaba aburrida —mentí.

—Y yo quizá estaba eligiendo con quién pasar la noche —replicó sin apartar su vista de la mía.

La tensión entre ambos se volvió casi física. Eléctrica. Un juego silencioso donde ninguno de los dos estaba dispuesto a parpadear primero. Me mordí el labio sin querer, y él lo notó. Pude verlo en cómo la comisura de su sonrisa se elevó un poco más.

—Eres muy directo, ¿no crees?

Le di una calada al cigarrillo, que ya se consumía entre mis dedos, permitiendo que mis ojos volviesen a posarse en los suyos. Dio un paso hacia mí, estaba cerca, tanto que la profundidad de su perfume dulce y amaderado se coló por mis fosas nasales, embriagándome como el mejor de los alcoholes.

—Puede ser… Pero creo que estaba equivocado.

Aquello me dejó desconcertada, sin comprender a qué demonios se refería.

—¿Por qué?

—Lo siento, pero no paso la noche con menores —musitó, cuando su boca estaba tan cerca de la mía que pude sentir nuestras respiraciones chocando.

Dejé ir una suave risa, al mismo tiempo que negaba con la cabeza.

Sin pensarlo demasiado, lo dejé allí, girando sobre mis talones y encaminándome hacia el interior. El calor, las luces y el olor a bebida me golpearon de nuevo. Me acerqué a los baños de la zona vip, donde ya conocía al guardia de seguridad, quien me dejó pasar sin poner impedimento.

¿De verdad parecía menor? Me pasé una mano por el pelo y recoloqué el vestido, dejando que mis pechos quedasen resaltados. Lo peor de todo era que no tenía la edad que creía, y en realidad, no nos llevaríamos más de cinco años, a lo sumo.

Era un necio.

Uno de esos hombres capaces de joderte la vida, y lo peor de todo era que estaba deseando averiguar si era cierto.

Me eché colonia antes de salir, y me dirigí hacia la barra donde estaban mis amigas.

Pero antes de llegar, me quedé clavada en el sitio.

¿Qué demonios se creía que estaba haciendo?

Allí estaba, con ellas. Una mano apoyada en la barra, el cuerpo inclinado hacia delante, hablando con calma, como si tuviera todo el tiempo del mundo.

Mis amigas reían, y yo… bueno, no supe muy bien por qué sentí ese molesto pellizco en el estómago.

Apreté la mandíbula. Si lo que quería era eso, lo tendría.

Me acerqué despacio, dejando que la música controlase cada uno de mis movimientos, contoneándome de un lado a otro, fingiendo una indiferencia que no sentía. Me puse al lado del grandullón que lo acompañaba. Un hombre alto como una torre, con los brazos tatuados y fuerte como un titán.

Sonreí cuando alcé la mirada y me encontré con la suya.

—¿Quieres tomar algo? —me preguntó al oído.

Pasé un dedo por su pecho, arrastrándolo con una sonrisa pícara. Me lamí los labios, al mismo tiempo que me ponía de puntillas para susurrarle al oído un «a ti» que provocó que un gruñido saliese de su interior.

Por el rabillo del ojo vi como el hombre de los ojos verdes se giraba hacia mí. Esta vez ya no había esa diversión en ellos, sino que eran fríos como el hielo. Sin decir palabra alguna, rodeó mi muñeca con su mano y me atrajo hacia él. Su agarre fue firme, caliente, imposible de ignorar.

—Ni se te ocurra volver a hacer algo así —susurró, tan cerca de mi piel que puede sentir su aliento.

Tuve la tentación de soltarle un «¿o qué?» que lo rematase, pero me limité a mirarle de reojo, con una mezcla de rabia y excitación que no había pedido.

No sabía ni siquiera su nombre, pero había algo en él que podía conmigo.

Una maldita atracción que me suplicaba que me arrodillase para pedirle clemencia, pero en lugar de eso, decidí ir a por todas.

Dejé que mi mano subiese por su pecho, igual que había hecho con su amigo, solo que esta vez llegó hasta su cuello.

Enterré los dedos en su cabello y le besé.

Lo hice con un ansia desmesurada, esa que me consumía por dentro.

—Lo siento, no me acuesto con hombres como tú.

Él no respondió. Solo me sostuvo la mirada unos segundos más, como si me estuviera prometiendo algo que aún no entendía. Pegó su cuerpo al mío, estampando sus labios contra los míos, devorándome como un jodido animal, para segundos después soltarme como si nada hubiese ocurrido.

—Ni yo con niñas pijas como tú.

Me quedé en el sitio, con el corazón desbocado y la sensación de que acababa de empezar un juego peligroso… uno que me moría por seguir jugando.