1
Alexei
Tres años antes…
Génova olía a sal, gasolina y a dinero sucio.
Esa mezcla tan familiar que se metía en los pulmones y que te recordaba, a cada inspiración, que estabas en territorio hostil, ese donde las reglas se escribían con sangre.
El club Astoria era uno de esos lugares donde nadie entraba por casualidad.
Allí no había clientes, había predadores y presas.
La música retumbaba en las paredes, con un ritmo grave y constante que se colaba en la piel como una pulsación.
Las luces rojas, violetas y azules se mezclaban en un parpadeo constante, cubriendo los rostros de todo el que se encontraba en el lugar, y las voces que no me importaban.
El aire estaba cargado de sudor, alcohol y un perfume dulzón que no encajaba en aquel antro.
Nikolai aún no había dado señales de vida, tampoco Viktor, por lo que llevaba más de dos meses solo en Génova, reuniéndome con traficantes y peces gordos de la zona, acudiendo a fiestas para conseguir nuevos contactos y, por qué no decirlo, follando como un maldito cabrón.
Y aun así, estaba harto, cansado. Sin dormir más de tres horas seguidas.
Sin paz, ni control. Y eso, en mi mundo, era el primer paso para que alguien intentara comerte vivo.
Estaba sentado en un reservado, con vista directa a la pista de baile y a la puerta principal.
Siempre en posición de ventaja. Dominik, a mi derecha, no apartaba la mirada del pasillo que conducía a la zona VIP.
Era mi mano derecha, y en ese momento, la única persona en la que confiaba para que me cubriese las espaldas si todo se torcía.
El trato debía ser rápido. Un intercambio sencillo: mercancía por efectivo.
Sin rodeos, sin teatro. No conocía al intermediario, al comprador, pero mi contacto ya llevaba más de veinte minutos de retraso, y en esta ciudad, un retraso podía significar cualquier cosa. Desde una trampa hasta un cadáver.
—Esto no me está gustando un pelo —masculló Dominik, inclinándose hacia mí para que su voz no se perdiera entre el ruido de la música.
—A mí tampoco —respondí, sin apartar la mirada de la entrada.
Apoyé el vaso de whisky sobre la mesa, girándolo con los dedos mientras la rabia contenida comenzaba a quemarme por dentro. No me gustaban las esperas. Eran como abrirle la puerta a la paranoia, a todo eso que podía pasar si algo se torcía.
Fue entonces cuando la vi.
Entre el humo artificial y las luces intermitentes, apareció como una visión.
Una mujer de pelo negro, liso, que le caía como una cascada hasta mitad de la espalda.
Su vestido era sencillo, del mismo color de su cabello, pero se ceñía a sus curvas como si de un jodido guante se tratase, como si estuviera hecho para tentarme.
No tenía prisa, ni miedo, y eso ya la convertía en alguien diferente al resto de almas perdidas que se movían en la pista.
Sonreí ladino, al encontrarme con esa mirada gatuna.
Joder… Sus malditos ojos verdes oscuros, como un bosque al caer la noche.
Se cruzaron con los míos de forma fugaz, casi como si fuera casualidad, pero ambos sabíamos que no lo era.
En este tipo de lugares, las miradas eran cuchillas, y la suya me había abierto en canal sin siquiera tocarme.
—¿La conoces? —preguntó Dom, siguiendo mi línea de visión.
—No.
—Entonces deja de mirarla como si fueras a comértela —me instó.
—Es que pienso hacerlo antes de que termine la noche.
Ella sonrió apenas un segundo, antes de girarse y continuar bailando con dos amigas que no me importaban lo más mínimo.
Todo mi foco estaba en ella. No bailaba para impresionar a nadie, lo hacía para ser libre.
Se movía como si el mundo a su alrededor no existiera, como si solo le importara la música que latía en sus venas.
Y, sin embargo, de vez en cuando, sus ojos buscaban los míos.
Pedí otro whisky. La observé mientras mi contacto seguía sin aparecer. No tenía sentido. Todo estaba acordado, incluso la hora exacta. El hecho de que no hubiese recibido señales de él empezaba a olerme mal.
—¿Quieres que llame para confirmar? —preguntó mi compañero.
—No. Vamos a esperar.
Tal vez no fuese lo mejor, pero en aquel instante lo único que necesitaba estaba frente a mí.
Se movía por la pista con una naturalidad casi insultante. Cada paso suyo parecía medido para provocar, para despertar interés, pero sin caer en lo vulgar. Y lo lograba. En un mar de rostros vacíos, ella tenía algo distinto. Algo peligroso.
Mis ojos se fijaron en cómo un colgante reposaba en su cuello, la manera en la que, con elegancia, una moneda de oro brillaba en el centro de su pecho. Contuve el aliento, deseoso de conocer el dorso, por descubrir si ella también tenía un lado oculto.
Me llevé un cigarro a la boca, lo encendí y le di una larga calada, llenándome los pulmones. Tal vez aquella mujer fuese el regalo que el universo me tenía preparado después de tanto sacrificio.
Su mirada estaba fija en mí, mientras sus caderas no dejaban de contonearse de un lado a otro, como una jodida diosa. Tentándome. Desafiándome. Un reto mudo que me obligaba a permanecer en mi asiento, cuando todo mi ser deseaba arrastrarla al reservado para hacerme con ella.
Apreté la mandíbula.
Por el rabillo del ojo pude ver como Dom seguía la escena con una media sonrisa.
—Parece que tienes una admiradora.
—No me gusta que me admiren —aseguré.
—No, pero te gusta cazar.
Sonreí, pero sin apartar la vista de ella. Se inclinó hacia su amiga, le dijo algo al oído y después, volvió a girarse hacia mí. En ese momento, la pista dejó de existir. El ruido se convirtió en un zumbido lejano, y ella se convirtió en el centro de todo.
—Puedes ir a ver qué encuentras tú —comenté divertido.
Dominik soltó un bufido, encendió un cigarrillo y se alejó de la barra, supuse que dispuesto a cazar una italiana de culo grande, cabello rubio y tetas polioperadas, de esas que tanto le gustaban.
El camarero se acercó al reservado, dejándome un nuevo vaso sobre la mesa, pero apenas lo toqué.
Estaba demasiado ocupado leyendo el lenguaje silencioso que había entre nosotros.
Ella no necesitaba acercarse para decirme lo que cruzaba por su cabeza, lo podía ver en lo más profundo de su mirada, en la manera en la que parecía desnudarme en su imaginación.
¿Y si mandaba a tomar por culo el acuerdo y me la llevaba al hotel? Tal vez no fuese mal plan.
Me llevé a la boca un cigarrillo; últimamente fumaba demasiado, más de lo que me gustaría admitir, y más de lo que estaba acostumbrado.
—Treinta minutos de retraso. —Oí como me decía Dom por el pinganillo—. Esto ya no es normal.
—¿Estás de caza o mirando el reloj?
—Ambas —comentó sin darle demasiada importancia—. Pero esto me huele mal.
—A mí también.
Justo cuando estaba a punto de sacar el teléfono para llamar a mi contacto, sentí la vibración en el bolsillo de mi chaqueta. Lo saqué y vi un mensaje de un número desconocido.
Desconocido:
El trato ha cambiado.
Queremos otro tipo de mercancía.
Alexei:
¿A qué cojones te refieres?
El teléfono comenzó a sonar, y de nuevo un nombre apareció en la pantalla: Número desconocido.
—No tengo ganas de perder el tiempo —sentencié.
Podía escuchar su respiración, cómo arrastraba cada exhalación, provocando que una sensación de angustia subiese por mi garganta. Fijé mi vista en la morena de la lejanía, quien ahora bailaba con un hombre escuálido y desaliñado.
Apreté la mandíbula. Iba a ir a por ella en cuanto colgase.
—No me toques la polla, Tokarev —le advertí, sintiendo como la vena de mi cuello comenzaba a hincharse.
Entre lo cabreado que estaba y lo que mis ojos veían, solo quería salir de aquel reservado, arrastrar a la chica a mi coche y follármela como un demente. Y sí, iba a ser un polvo de una maldita noche.
Nunca había buscado el amor, y mucho menos lo haría en esas circunstancias, pero esa noche, y después de tantos días sin descansar, necesitaba un buen polvo.
—Vas a recibir una fotografía de lo que quiero que me traigas —anunció—. Tienes tres días para traerla a la ubicación que te enviaré por mensaje.
—¿Pero qué…?
—No hagas preguntas y obedece —sentenció y colgó de golpe, sin darme opción a respuesta alguna.
Aquello me sentó como una patada en el estómago. En cuanto se hiciese la entrega, iba a arrancarle el corazón del pecho.
—¿Va todo bien? —preguntó Dom por el pinganillo.
—La entrega ha cambiado —resumí—, ahora tenemos otra mercancía.