57
Viktor
No hacía más de cuatro días desde que la vi por última vez, pero me moría por cerciorarme de que Alina estaba bien.
Me había fumado dos paquetes de cigarrillos en menos de veinticuatro horas por culpa de la puta ansiedad que se me había enraizado en el pecho para no dejarme, siquiera, respirar con normalidad.
Iba a tener los pulmones más negros que el corazón.
El aire que se colaba por la ventanilla entreabierta del coche era cortante, helado, como u mal presagio, susurrante de malas noticias.
Alexei continuaba inconsciente en el asiento trasero, pero lo cierto era que no nos quedaba demasiado tiempo.
Su respiración era tranquila, ajena al infierno que se estaba desatando a su alrededor sin que pudiera percatarse.
Lo miré de reojo, deseando con todo mi ser que abriera los ojos y me gritara, que me llamase traidor, cabrón, o lo que quisiera.
Al menos así podría enfrentar su rabia y no el eterno silencio que reinaba y que me estaba matando.
—Todo va a salir bien, ¿de acuerdo? —me prometió Dimitri.
—No hay nada que pueda ir bien cuando estoy entregando a mi hermano al puto demonio —bufé cabreado.
El lugar de la entrega era un puerto abandonado a las afueras de Mónaco.
Un sitio frío, húmedo y cubierto de una neblina que se te pegaba a la piel como un mal recuerdo, incapaz de ser borrado.
Cuando bajamos del coche, el eco de nuestros pasos sobre el asfalto mojado me retumbó en las sienes como una cuenta atrás.
Cada paso que daba me acercaba a la traición definitiva, a la entrega, a la pérdida de alguien que era de mi propia sangre.
Ahogué un quejido cuando a mi mente vino esa imagen de Alexei cuando era pequeño, con su cabello rubio revuelto, jugueteando con los cochecitos de lujo en miniatura que padre nos había comprado la semana anterior.
Apreté la mandíbula con tanta fuerza que en cualquier momento mis muelas saltarían por los aires.
Nada más traspasar el umbral de la puerta, con Dimitri a mi espalda sujetando a Alexei, le vi.
Allí estaba Luca. De pie, con las manos cruzadas a la espalda y esa sonrisa de hijo de la gran puta dibujada en los labios. Negué con hastío, deseando partirle la cara para borrar esa maldita mueca de su boca. A su lado, dos hombres permanecían cuadrados y listos para actuar, y frente a él… Alina.
Sentí como el corazón se me daba la vuelta y el alma se me helaba al verla.
Estaba demacrada, tenía los ojos rojos, hinchados de tanto llorar, con el rostro sucio y el pelo pegado a la cara.
Llevaba el mismo camisón de seda gris perla que vi en el vídeo, y que ahora se le arremolinaba a punto de mostrar sus partes más íntimas.
Iba descalza, y temblaba como una hoja mecida por el viento.
Era un manojo de nervios que apenas se sostenía en pie.
Aun así, cuando sus ojos se cruzaron con los míos, vi en ellos algo que me rompió por completo. Esperanza, felicidad y un ruego que no comprendí. Como si mi llegada se le antojase un espejismo.
Hice acopio de toda mi fuerza para no correr hacia ella y abrazarla, para no sacar el arma y volarle la tapa de los sesos al asqueroso del italiano allí mismo, delante de sus hombres.
Me juré a mí mismo que en algún momento lo haría, no permitiría que volviese a herir a mi familia, y Alina era parte de ella.
—Qué sorpresa —comentó el italiano con sorna—.
Ya pensaba que tendría que quedarme con tu ragazza, Viktor.
—Su mirada se posó sobre Alina como si fuera un trozo de carne.
Entonces, extendió el brazo y recorrió con los dedos la curva de su cadera, subiendo con lentitud por su cintura—.
Estaba deseando catarla —susurró con lascivia—, después de asearla, claro.
Este sonrió ladino, para, segundos después, relamerse. Respondí con un gruñido, dando un paso adelante, pero por suerte, Dimitri colocó una de sus manos sobre mi pecho, impidiéndome avanzar.
El corazón se me aceleró solo de pensar en lo que estaba insinuando. En cuanto tuviera oportunidad, mataría a ese hijo de la gran puta, y no me temblaría el pulso al hacerlo.
—Tranquilo, Romanov —añadió—. Solo bromeaba, o tal vez no.
Cabeceó, fue un movimiento pequeño, sutil, casi imperceptible, pero en ese instante, los hombres que sujetaban a Alina, la soltaron. Ella titubeó un segundo, como si no se creyera lo que estaba pasando. Pero entonces, como impulsada por un resorte, echó a correr hacia mí, desesperada.
Me lancé a su encuentro. La envolví con fuerza, cubriéndola con mi abrigo, sintiendo su cuerpo helado pegarse al mío.
Pude sentir como temblaba entre mis brazos, como sus piernas apenas podían mantenerla en pie.
Lloraba de manera desconsolada, aferrándose a mí como si le fuera la vida en ello, y yo la sujeté con la misma desesperación.
—Sabía que vendrías —balbuceó—. Lo sabía… —añadió, lloriqueando.
—Perdóname —susurré contra su pelo—. Joder, Alina, perdóname —le supliqué al borde del llanto.
Alzó la mirada y, antes de que pudiera decir nada más, sus labios se estamparon contra los míos con una brutalidad que me dejó sin palabras.
Me besó como si fuese el último beso del mundo, como si quisiera tatuarme en su piel, y lo cierto es que no me importó quiénes nos mirasen.
Sus manos se enredaron en mi cuello y, entre lágrimas y sollozos, musitó:
—No vuelvas a hacer esto —me rogó—. Nunca más.
Apreté los ojos, tragándome el nudo que se agolpaba en mi garganta y que me ahogaba lentamente.
—Nunca más —juré.
Deposité un beso en su coronilla, y la miré con ternura.
—Oh, qué bonito —interrumpió, aplaudiendo con desdén—. El amor siempre es un gran espectáculo —aseguró, volviendo a dibujar esa mueca odiosa en sus labios—. Pero es momento de acabar, ¡basta ya! —bramó.
Arrugué el entrecejo, me quité el abrigo que llevaba y se lo coloqué a Alina, para que pudiera cubrirse. Dejando al aire el chaleco antibalas que siempre llevábamos como parte del equipo. Le insté a que se retirase, quedándose hacia atrás.
—No te preocupes —le pedí.
Una mueca de tristeza se dibujó en los labios de Alina, porque sabía tan bien como yo cuál era el precio de su liberación: Alexei.
—Creo que ahora falta tu parte del trato, Romanov, soy un hombre de palabra y he cumplido con la mía, ¿vas a hacer tú lo mismo?
Cabeceé en señal afirmativa y me acerqué a donde se encontraba, seguido de Dimitri, quien dejó a Alexei en la silla que había colocado uno de los hombres de Luca frente a este.
Le tendí un pendrive de alta seguridad donde se encontraba toda la información que habíamos recabado del contenedor en el que se encontraba la mercancía y todo el procedimiento que debían seguir para poder desactivar los dispositivos de seguridad, igual que habíamos hecho nosotros antes de entrar.
—¿Todo listo? —Escuché por el pinganillo.
—Todo listo.