56
Alina
Estaba profundamente dormida cuando algo me despertó.
Abrí los ojos de golpe, sobresaltada, intentando identificar los sonidos que escuchaba.
Me incorporé en la cama, con el corazón a punto de salírseme del pecho.
No era la primera vez que alguien entraba sin avisar, pero esta vez la puerta no se abrió solo para una persona, ni dos, sino cuatro.
—¿Qué hacéis? —inquirí, con la voz estrangulada y el pulso repiqueteándome en todos lados.
No respondieron. Los vi acercarse con pasos pesados, decididos, como si no tuvieran intención de detenerse ni de escucharme.
Me levanté de un salto, recolocándome el camisón que me habían dado para poder estar allí, e intenté correr hacia la puerta del baño.
Contuve el aliento, miré hacia donde iba a dirigirme, pero antes de que pudiera hacerlo, uno de ellos me alcanzó, tomándome por el brazo y arrastrándome de nuevo hacia la habitación.
—¡Soltadme! —grité—. ¡Joder! ¡Me hacéis daño! —forcejeé con todas las fuerzas que me quedaban, dando patadas a todo aquel que se interpusiera en mi camino, empujándolos con los pies—. ¡Sois unos hijos de puta! —bramé ida, como si algo me hubiese poseído.
Uno de ellos intentó sujetarme por detrás, pero giré la cabeza con fuerza. Me lancé a por él, intentando morderle. No lo conseguí. El otro aprovechó el instante para sacarse una maldita bolsa de tela marrón del bolsillo trasero de su pantalón mientras yo no dejaba de gritar.
Antes de que pudiera ver o decir nada más, me la colocaron encima y todo se volvió oscuridad. El aire apenas traspasaba la tela, y la humedad de mi respiración mezclándose con el hedor que se aferraba a cada una de las fibras me asqueaba. Moho, polvo y podredumbre, a eso olía.
Los gritos se volvieron más ahogados cuando sentí como me engrilletaban las manos y me arrastraban sin más, como si no fuese más que una muñeca de trapo.
—¡Joder! —vociferé, maldiciendo entre dientes, suplicando y odiándoles con una rabia que me carcomía.
Me empujaron por las escaleras, provocando que mi falta de vista me hiciese trastabillar.
Mi cuerpo se chocaba contra sus hombros, paredes y puertas sin que pudiera hacer nada por evitarlo.
El frío me caló los huesos cuando salimos a la calle.
Supe que aún era de noche por el silencio, por el cambio de temperatura y el olor a gasolina mezclado con humedad que se colaba entre los pliegues de la bolsa.
Me metieron en un coche o, al menos, eso creí debido al ruido de las puertas y el crujido del cuero al sentarme.
El vehículo arrancó y quise grabar en mi cabeza los cambios de dirección e incluso las frenadas que hacíamos.
Conté hasta catorce vueltas antes de perder la noción, aunque en cierto modo, tampoco me habría servido de mucho, ya que no conocía la ubicación del hotel en el que me habían tenido encerrada.
Estaba helada, podía escuchar el castañeo de mis dientes entre sí, tiritando, descalza y con los pies doloridos debido a la tensión con la que los mantenía encogidos.
Cuando el coche se detuvo, lo primero que sentí fue el suelo mojado bajo mis plantas desnudas, la tierra clavándose en mi piel.
La repulsión fue instantánea. Fruncí los dedos, intentando evitar el contacto, pero de nada sirvió.
Me empujaron fuera del vehículo, y el agua sucia se coló entre mis dedos.
Un escalofrío me recorrió el cuerpo entero.
Me arrastraron de nuevo, esta vez por lo que parecía un pasillo estrecho y largo.
Oía el eco de nuestros pasos, el silencio sepulcral que había más allá de estos simples ruidos.
Cuando por fin se detuvieron, me soltaron con brusquedad sobre una silla, y antes de que pudiera incorporarme, unas bridas me apretaron las muñecas contra los brazos del asiento.
El aire ardía en mis pulmones con la misma intensidad que lo hacía la rabia en todo mi ser. Y entonces, me quitaron la bolsa.
Ahogué un grito por la sorpresa. Parpadeé en repetidas ocasiones, intentando enfocar qué demonios había frente a mí.
La luz era tenue, pero suficiente. Entonces, me percaté de que ahí estaba él, delante de mis ojos, con esa sonrisa burlona que me asqueaba.
Luca Moretti, de pie, elegante, con esa mirada suya llena de satisfacción, como si estuviese disfrutando de la situación.
Un nudo se creó en mi garganta, provocando que apenas pudiera respirar con normalidad.
—Eres un maldito enfermo —escupí enrabietada, con el poco aliento que me quedaba—. Te juro que saldré de aquí como sea, y te mataré.
Escupí al suelo, a medio metro de sus zapatos italianos impolutos. Él rio. No con burla, sino con diversión real. Le hacía gracia mi odio y eso me cabreaba aún más.
—¿De verdad piensas eso, querida? —preguntó con un tono tenue—. ¿Cómo vas a hacerlo si Viktor te ha abandonado?
—¡No es verdad! —bramé, forcejeando como pude—. Te va a matar, y va a disfrutar haciéndolo.
Luca ladeó la cabeza como si le divirtiera más mi lealtad que toda la situación en la que estábamos metidos.
Se acercó a una mesa a su espalda, y tomó un rollo de cinta americana.
Abrí los ojos sobremanera, a sabiendas de lo que venía a continuación.
En dos pasos estuvo frente a mí, sujetándome el rostro con una sola mano mientras que con la otra me colocaba un trozo sobre la boca.
Intenté girar la cabeza, morderle e incluso escupirle, pero de poco sirvió.
El corazón me repiqueteaba con tanta fuerza en el pecho que creí que en cualquier momento acabaría colapsando.
No podía creerme que estuviese en una situación como aquella, sobre todo después de todo lo que me había tocado vivir con Lev.
Estaban hechos de la misma pasta, una que los convertía en unos hijos de puta de manual.
Le odié en silencio, al borde del llanto, sintiendo como la sangre me hervía bajo la piel.
Cuando terminó, se dio la vuelta y señaló el enorme reloj digital que había colgado en la pared del fondo, detrás de él.
—Ese reloj, querida —dijo con parsimonia—, marca el tiempo que le queda a tu amado Viktor para entregarme lo que le he pedido —me informó, aunque no tenía por qué hacerlo. Supuse que lo único que buscaba era herirme—. El cargamento de droga y… a su querido hermano.
Le fulminé con la mirada y entonces maldije para mis adentros, porque si lo que acababa de contarme Luca era real, estaba más que jodida.
La familia, para los hermanos Romanov, era sagrada, y jamás se traicionarían.
¿Por qué Viktor iba a hacerlo por mí? Ni siquiera nos conocíamos más allá de nuestros encuentros, ¿cómo iba a arriesgarlo todo por una mujer a la que se había follado?
Los ojos comenzaron a escocerme debido a las amargas lágrimas que ya se agolpaban en ellos. Parpadeé con rapidez, intentando disiparlas. No permitiría que el desgraciado que tenía frente a mí me viese llorar.
—Dos horas —continuó—. Y no ha dado señales de vida. ¿Sabes lo que eso significa, Alina?
Me confirmó lo que tanto temía: en el momento en el que ese reloj llegase a cero, no habría vuelta atrás. Se inclinó hacia mí, apoyando las manos sobre los brazos de la silla. Su boca quedó a centímetros de la mía, tan cerca que pude sentir su respiración chocar contra la mía.
—Significa que en dos horas empiezo a divertirme.
Mis ojos se llenaron de rabia, miedo, de una furia que ardía desde lo más profundo de mis entrañas. Si ese hijo de puta creía que me iba a quebrar, iba a tener que trabajar duro para conseguirlo, sobre todo después de lo que había sufrido en los últimos meses.
Pero eso no ocurriría, porque Viktor vendría.
Tenía que hacerlo.