El legado de los Romanov 55
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Viktor

La noche se cernía sobre la ciudad mientras Dimitri y yo nos dirigíamos hacia la ubicación que Alexei me había proporcionado.

El ambiente en el vehículo era tenso, cargado de una mezcla de anticipación por lo que iba a ocurrir y nerviosismo.

Las luces de las farolas parpadeaban a través de las ventanillas, proyectando sombras danzantes en el interior del vehículo.

—¿Estás seguro de esto, Viktor? —preguntó Dimitri, atreviéndose a romper el silencio que reinaba.

Cabeceé en señal afirmativa, manteniendo la mirada fija en la carretera, como si nada pudiese perturbarme, aunque lo cierto era que lo único que deseaba era liarme a tiros con todo el mundo para no tener que decidir entre mi hermano y la mujer a la que amaba.

—No tenemos otra opción —aseguré—. Necesito asegurarme de que la mercancía esté allí antes de darle luz verde a Luca.

Al llegar al almacén abandonado en las afueras de la ciudad, estacionamos el coche en un lugar discreto, y nos colamos tras la valla. La estructura se alzaba imponente con sus paredes desgastadas y grafitis descoloridos. El chirrido de una puerta metálica al viento rompía la quietud del lugar.

Nos acercamos con cautela, armas en mano, atentos a cualquier movimiento sospechoso.

No sabíamos si Alexei podía tener un centinela esperando.

Al ingresar, la penumbra nos envolvió, y el olor a humedad y óxido impregnaba el ambiente.

Avanzamos entre las estanterías corroídas y cajas apiladas hasta llegar al contenedor señalado.

Para nuestra sorpresa, una serie de dispositivos de seguridad de alta tecnología rodeaban el contenedor: sensores de movimiento, cámaras biométricas y un complejo sistema de detección que nos fulminaría antes siquiera de que pudiéramos abrirlo. Dimitri silbó en voz baja, impresionado.

—Parece que alguien se tomó muchas molestias para proteger esta mercancía.

Asentí en silencio, saqué mi teléfono y marqué el número de Andrei, solo él podría deshacerse de todo ese material en un abrir y cerrar de ojos. Tras unos segundos, escuché como respondía con voz somnolienta.

—Andrei —le llamé—, necesitamos que desactives un sistema de seguridad de forma remota.

—¿Ahora?

—Obviamente —sentencié—. Te envío las especificaciones.

Colgué, encendí la cámara y grabé un breve vídeo que mostraba el panel de control del sistema: tenía sensores de movimiento láser conectados a una alarma de frecuencia dual, cámaras térmicas con detección de rostros y un lector biométrico de huella y retina, todo ello vinculado a una red cifrada con autenticación de doble factor.

Le adjunté el archivo con una descripción rápida del entorno y las coordenadas GPS del lugar.

Andrei no respondió de inmediato, pero podía imaginarla ya manos a la obra, descifrando cada línea de código como si se tratase de un maldito videojuego.

—Por suerte para ti, han sido tan tontos de conectarlo a la red principal, por lo que no tardaré demasiado en tenerlo listo —nos informó mediante un mensaje de audio.

Mientras Andrei trabajaba en ello, Dimitri y yo nos retiramos a una distancia segura. El frío de la noche se nos calaba en los huesos, pero la inquietud interna era aún más difícil de soportar.

—¿Cómo te sientes? —inquirió Dimitri, encendiendo un cigarrillo y ofreciéndome otro.

Acepté sin dudar, inhalando con fuerza antes de responder. No éramos hombres que hablásemos de nuestros sentimientos, en realidad, jamás lo habíamos hecho, pero estábamos en una situación tan complicada que, al final, era imposible no preguntar por algo así.

—Como una mierda —admití con pesar—. Traicionar a Alexei… nunca pensé que llegaría a esto.

Dimitri exhaló el humo con parsimonia, observando la brasa de su cigarro.

—A veces, nos vemos obligados a tomar decisiones que no nos gustan, que nos destrozan por dentro. —Hizo una pausa—. Lo estás haciendo por Alina, ella no decidió meterse en este lío. No hay otra salida.

Asentí, aunque el peso de la culpa seguía oprimiendo mi pecho con tanta fuerza que incluso me costaba respirar con normalidad.

—Alexei nunca me perdonará.

—Tal vez no… Pero con el tiempo, entenderá que actuaste por amor.

—¿Amor? —cuestioné—. El amor no tiene cabida en este mundo de mierda. Tal vez debería de haberlo aprendido hace mucho tiempo, en vez de haberme dejado llevar por todo esto.

El zumbido de mi teléfono interrumpió nuestra conversación. Era Andrei.

—Listo, el sistema está desactivado —me informó—. Pero daos prisa, no puedo mantenerlo así por mucho tiempo.

Nos apresuramos a volver a donde se encontraba el contenedor.

Al abrirlo, la luz de nuestras linternas reveló cajas perfectamente alineadas, marcadas con el sello de los italianos, el mismo emblema que llevaba Luca en su anillo familiar.

Dimitri inspeccionó una de ellas, confirmando que la droga estaba intacta.

—Todo está aquí.

Cerramos el contenedor y salimos del almacén tan rápido como pudimos, como si allí no hubiese pasado nada. De camino al coche, Dimitri me detuvo, colocando una mano sobre mi hombro.

—Viktor, sé que planeas ir solo —dijo con dureza—, pero no permitiré que eso ocurra. Nunca te he dejado solo, y mucho menos lo haré ahora.

Negué con la cabeza, decidido.

—De eso nada, no pienso ponerte en riesgo.

Dimitri siempre había cubierto mis espaldas durante toda mi vida, había sido mi sombra, salvándome la vida tantas veces que había perdido la cuenta. Este negó con la cabeza, y vi como su mandíbula se apretaba y su mirada se mantenía firme.

—No me toques los huevos ahora, Viktor —sentenció—. Eres mi hermano, y no te dejaré enfrentar esto solo.

Suspiré, reconociendo y agradeciendo la lealtad inquebrantable de Dimitri.

—Está bien —accedí al final—. Pero mantente alerta, no me fío un puto pelo de que Luca cumpla con su palabra, y tenemos que estar prevenidos.

Asintió y juntos nos dirigimos de regreso al apartamento.

El trayecto fue en silencio, cada uno sumido en sus propios pensamientos.

Dimitri mantenía la vista fija en la carretera, atento a cada cruce, cada sombra que pudiera suponer una amenaza, mientras yo no dejaba de observar el reloj, como cada vez estábamos más cerca de que esas cuarenta y ocho horas, que me había dado de margen Luca, terminasen.

Al llegar, encontramos a Alexei aún inconsciente en el sofá. Aún teníamos tiempo para llevarlo a Mónaco antes de que despertase.

—Lo siento, hermano.