54
Viktor
El sonido de los nudillos contra la puerta resonó en el silencio de mi apartamento. No había podido dejar de fumar desde el instante en el que la llamada se cortó, por lo que había pasado gran parte del tiempo en la terraza, dejando que el aire frío calmase el nerviosismo que tenía.
Me levanté y me dirigí a abrir. Al otro lado, Alexei esperaba con una expresión seria, reflejo de la tensión que nos envolvía a ambos.
—Pasa —le invité, apartándome para dejarle entrar.
Cruzó el umbral con paso firme, pero sus ojos delataban la preocupación que intentaba ocultar. Cerré la puerta tras él y lo guie hacia la sala de estar. Se sentó en el sillón frente a mí, apoyando los codos en las rodillas y entrelazando sus manos, fruto del nerviosismo.
—¿De qué quieres hablar ahora, Viktor? —cuestionó, sin rodeos.
Inspiré de manera profunda, reuniendo las palabras adecuadas para lo que estaba a punto de proponer.
—La situación con los Moretti se ha vuelto insostenible —comencé—, ya sabes que tienen a Alina, y no podemos permitir que esto continúe.
Alexei asintió con lentitud. Su mirada estaba fija en la mía y eso provocó que algo en mi interior se rompiese.
—Estoy de acuerdo —cabeceó en señal afirmativa—, pero enfrentarnos a ellos de manera directa sería un suicidio.
—Lo sé —admití con pesar—. Por eso necesitamos un plan. Algo que nos permita sacarla de allí y, al mismo tiempo, acabar con los Moretti de una vez por todas.
El silencio se instaló entre ambos, mientras mi hermano procesaba lo que acababa de decirle. Era como si hubiese algo que no me estuviera contando, y eso me mosqueaba sobremanera. Suspiró y se recostó en el sillón.
—Es complicado… —comentó—. Pero estoy contigo en esto, no dejaremos que le hagan daño.
Asentí, sintiendo una punzada de culpa por lo que estaba a punto de hacer.
—Necesito que me des las coordenadas del contenedor con la mercancía —dije con voz firme.
Alexei frunció el ceño.
—Sabes que es parte del plan —aseguré—. Si podemos recuperar la mercancía, tendremos ventaja sobre ellos y podremos utilizarla para aplacar a Luca.
Dudó por un momento, pero finalmente asintió.
—De acuerdo, te las pasaré.
Se levantó y se acercó a la mesa donde había dejado su teléfono.
Mientras buscaba la información, me dirigí al mueble bar y serví dos vasos de whisky.
En uno de ellos, disolví de manera discreta un sedante de acción rápida que me había proporcionado Dimitri.
Sabía que era una medida extrema, pero no veía otra opción.
Regresé y le tendí el vaso a Alexei, quien lo aceptó sin sospechar nada.
—Aquí tienes la información que necesitas. —Me tendió un papel roto que había arrancado de la libreta de recibidor, donde estaba apuntada la dirección exacta en la que se encontraba el gran tesoro de Moretti.
—Gracias —le dije de manera sincera, a pesar de que sabía cómo iba a acabar todo.
Intenté esbozar una mueca en mis labios, sintiendo como todo mi ser se resquebrajaba por la culpabilidad.
O le fallaba a uno, o al otro. Pero de alguna manera, sabía que si arriesgaba la vida de Alexei, siempre podría llegar a perdonarme, al fin y al cabo, éramos hermanos y eso no había nadie que pudiese cambiarlo.
—Ese cabrón nos la ha jugado pero bien —comentó, aún sin probar trago.
—No sé cómo cojones nos encontró —admití—, estábamos en mi piso franco en Mónaco, nadie sabía que nos estábamos allí, ni siquiera vosotros.
—Luca tiene ojos y oídos en todas partes —aseguró con disgusto—. Los Moretti son escoria de la peor.
Asentí sin muchas ganas de hablar, porque sí, estaba en lo cierto.
Eran de lo peor, pero él también nos había metido en todo este lío por quedarse una puta mercancía.
¡Sería por dinero! Podría haberse comprado un maldito país para él solo si quisiera sin necesidad de acudir a nadie.
Eso era lo que no me encajaba, la pieza que jodía todo el maldito puzle y la lógica que había intentado transmitir a todo este problema.
—¿Sabe Nikolai algo de esto? —cuestionó.
Por un instante, me debatí entre si decirle la verdad o no, pero lo cierto era que no podía mentirle en esto también. Porque en el momento en el que tuviese a Alina, iríamos a por Alexei sin importar las consecuencias.
—Sí —admití con pesar.
—Lo entiendo… —musitó sin ganas.
Una mueca triste se instauró en su rostro, y algo en mi interior se resquebrajó un poquito más. Debía mantenerme firme en mi decisión, ya no había vuelta atrás.
—Por acabar con ese hijo de puta —brindé, alzando mi vaso.
—Y por Alina —añadió él, chocando el suyo contra el mío antes de beber.
Dejó que el líquido ambarino recorriese su garganta, igual que lo hice yo, sintiendo como me ardían las entrañas.
A cada segundo que pasaba mi remordimiento y alivio eran peores, sobre todo, en el instante en el que pude vislumbrar como su mirada comenzaba a perderse, avisándome de que el efecto del sedante era inminente.
Apreté los dientes y le di una larga calada al cigarrillo, consumiéndolo casi por completo.
Los nervios me carcomían hasta tal punto que solo deseaba que Alexei perdiese el conocimiento.
No pasó mucho tiempo antes de que sus párpados comenzaran a pesarle y su postura se volviera más laxa.
—¿V-Viktor? —balbuceó, arrastrando cada una de las sílabas de mi nombre—. ¿Qué… qué me has hecho?
Me acerqué a él, le quité la copa de la mano, ayudándole a recostarse en el sofá mientras su conciencia se desvanecía.
—Lo siento, hermano —musité—. Pero no puedo arriesgarme a perderla.
Observé su rostro relajado por el sueño inducido, sintiendo el peso de mi traición.
Me aseguré de que tuviese pulso y de que respirase con normalidad.
Sabía que, al despertar, Alexei no me perdonaría.
Pero en ese instante, mi prioridad era Alina.
Y estaba dispuesto a cargar con las consecuencias de mis actos, si eso la salvaba de los suyos.
Me levanté, yendo hacia la mesa donde aún descansaba su teléfono. Lo desbloqueé y busqué el mensaje en el que tenía las coordenadas guardadas. Al encontrarlas, las memoricé, por si la nota no era suficiente, y eliminé el mensaje para no dejar rastro.
Regresé junto a mi hermano y lo cubrí con una manta. No merecía algo así, pero las circunstancias nos habían llevado hasta a este punto. Me senté en el sillón frente a él, observándolo mientras dormía, y me pregunté en qué momento nuestras vidas se habían complicado tanto.
El reloj de la pared marcaba las horas con su tic-tac constante, recordándome que el tiempo corría en contra de Alina.
Debía moverme rápido, por lo que, como impedido por un resorte, me levanté y, con una última mirada a mi hermano, salí del apartamento con el corazón encogido y la determinación ardiendo en mis venas.
Sabía que el camino que había elegido estaba lleno de sombras y traiciones. Pero por Alina, estaba dispuesto a caminar por él, sin importar el precio.