53
Viktor
La decisión que se cernía sobre mí era como una maldita sombra oscura que se alargaba en cada rincón de mi mente.
Rescatar a Alina por la fuerza era una fantasía irrealizable.
Luca Moretti jamás permitiría que ni yo, ni nadie de mi equipo se acercase a ella, y en el caso de que llegásemos a encontrarla, cualquier intento de extracción sería un suicidio.
La única alternativa viable era entregar el cargamento y, por ende, a Alexei, a cambio de su libertad.
El peso de esa elección me oprimía el pecho, traicionar a mi propio hermano era una carga que jamás imaginé que llevaría sobre mis hombros.
Contuve el aliento. En cierto modo, una parte de mí quería creer que aquello no era una traición, sino una lección de vida. Él debía pagar por sus errores, por habernos puesto en peligro a toda la familia, por haberme puesto a mí en el punto de mira.
Sabía que no iba a poder engañarlo, no después de todo lo que habíamos compartido.
Pero sus acciones nos habían colocado en el lugar en el que no encontrábamos y debía enfrentar las consecuencias.
Tomé el teléfono y marqué su número, sintiendo como a cada tono de llamada aumentaba la tensión en mis músculos.
—¿Viktor? —respondió Alexei, su voz reflejaba sorpresa y cautela.
—Necesitamos hablar en persona —le dije con firmeza, evitando cualquier emoción que delatara mis intenciones.
—¿Sobre qué? —inquirió, aunque en su tono percibí que algo se olía.
—Tienes que decirme dónde está el cargamento, y prefiero discutirlo cara a cara. ¿Puedes venir a mi apartamento en una hora?
Hubo una pausa antes de que respondiera.
—Está bien. Nos vemos allí.
Colgué y dejé ir un profundo suspiro, sintiendo el peso de la traición que estaba a punto de cometer. Me dirigí al mueble bar y me serví un vaso de whisky, esperando que el licor calmara la tormenta que me consumía por dentro.
Toda nuestra vida se iba a venir abajo por una puta mala decisión, y eso era lo que más me dolía, saber que Alexei la había cagado tanto y no fue capaz ni de pedir ayuda para arreglarlo, pero ya era demasiado tarde. Ni siquiera Nikolai podría haberlo sacado del embrollo en el que estaba metido.
El sonido de mi teléfono avisándome de la llegada de una notificación interrumpió mis pensamientos. Al revisar la pantalla, vi un mensaje sin remitente identificado, cosa que me extrañó. Abrí el archivo adjunto y el estómago se me revolvió al instante.
Era un vídeo de Alina.
Su cuerpo yacía inerte sobre una cama lujosa, que reconocí al instante, era el hotel donde la tenían encerrada.
Vestía una bata de seda gris perla, tan fina que dejaba entrever los contornos de su figura.
Estaba desabrochada, ligeramente caída sobre uno de sus hombros, revelando más piel de la que jamás habría querido mostrar en esas condiciones.
Sus piernas estaban torcidas en una postura antinatural, como si alguien la hubiese colocado allí para dar un maldito espectáculo, y no porque ella hubiera decidido acostarse en esa cama.
Su rostro estaba pálido, desencajado, con las mejillas marcadas por el rastro de unas lágrimas secas que nadie se había molestado en limpiar.
El corazón me resonó como un tambor de guerra y, por un instante, creí que me volvería tan loco como para plantarme allí y arrancarle el corazón del pecho al hijo de puta del italiano.
Pero lo que me mató fue su boca. Estaba entreabierta, sin voz, sin aliento, como si hubiese intentado gritar y no le hubiesen dado ni siquiera ese derecho.
Entonces apareció. Una mano masculina, ancha, de dedos largos y gruesos, comenzó a recorrerla. Primero el muslo, después subió por la cintura, jugueteó con el borde de la bata como si se tratase de un regalo a punto de desenvolverlo. Lo hacía con deliberación, con sadismo.
La palma de su mano se detuvo justo sobre uno de sus pechos, y la imagen se congeló un segundo, como si el muy cabrón supiera que me estaba mirando, como si fuera consciente del efecto que esa escena tendría en mí.
Obviamente, Luca Moretti no se andaba con juegos, y ahí era donde lo estaba demostrando.
Un rugido sordo se me escapó del pecho. Sentí cómo me temblaban los dedos, cómo el móvil se resbalaba entre mis manos.
La sangre me rugía en los oídos, martilleándome con fuerza, como si cada golpe viniese acompañado del grito silencioso de Alina.
Apreté los dientes con tanta fuerza que en cualquier momento estallarían por los aires, dejándome sin nada. Iba a matar a ese cabrón, y no tendría piedad en cuanto lo encontrase. Le haría tragarse cada uno de sus malditos dedos, esos con los que había tocado con delirio a mi mujer.
Marqué el número de Luca a una velocidad sobrehumana. Y cuando su voz respondió, suave, educada, con ese tono que utilizaba para enmascarar su brutalidad en una piel de cordero para parecer civilizado, fue como si me echara alcohol en las heridas abiertas.
—Viktor —saludó calmado—. Qué sorpresa.
—¡Eres un hijo de puta! —escupí ido, al borde del colapso—. ¡Si le has puesto una sola mano encima… si le has hecho algo… te juro que no vas a poder esconderte ni en el puto Vaticano! —bramé—. Pienso perseguirte hasta el jodido infierno si es necesario.
Luca se limitó a reír, como si todo esto fuese una broma privada. Como si no acabara de enviarme un puto vídeo de la mujer que amaba inconsciente y expuesta como un trozo de carne.
—Vamos, Viktor… No seas tan melodramático.
Sujeté el teléfono con firmeza, tanta que creí que acabaría reventándolo con tal de no lanzarlo. Alina estaba bajo mi expreso cuidado, yo la había metido en todo ese embrollo, ¿cómo no iba a reaccionar de esa manera?
—¿Qué quieres? —gruñí, aunque la respuesta ya la sabía.
—¿Tienes el cargamento y a tu hermano? —preguntó como quien pregunta si has traído el vino a una cena.
—Estoy en ello —mascullé, con los dientes apretados.
—Pues date prisa, porque el tiempo corre.
—No se te ocurra volver a tocarla.
—Cada minuto que pasa sin que cumplas tu parte del trato… es un minuto más que paso con ella —comentó—. Y créeme, Viktor, hay muchas formas de convertir el deseo en tormento —añadió con aversión—. La pregunta es: ¿vas a joderle la vida o vas a salvarla?
—Eres un hijo de puta.
—Sí, lo soy —Dejó ir una sonora carcajada que me puso los pelos de punta—, uno que tiene a tu chica.
Quise matarlo en ese preciso instante, reventarle la cara a golpes hasta deformarle el cráneo y verle ahogarse con su propia sangre. Pero nada de eso iba a ocurrir, al menos, no por el momento. Cogí una bocanada de aire, pensando en mi respuesta.
—Tic, tac, Viktor —murmuró jocoso—. Te doy cuarenta y ocho horas.
La llamada se cortó, y yo me quedé ahí, con el móvil pegado al oído y el corazón convertido en dinamita. Porque si ese cabrón volvía a tocarla… lo mataría. Y no con una bala, lo haría despacio.