El legado de los Romanov 52
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Viktor

El eco de mis pasos resonaba en el amplio pasillo mientras me dirigía al despacho de Nikolai.

La tensión en mis hombros era más que palpable, cada músculo de mi cuerpo parecía estar al borde de la ruptura.

Había llegado el momento de enfrentar las consecuencias de mis decisiones, y solo él podía ofrecerme una perspectiva clara en medio de este caos.

No habíamos vuelto a hablar desde el instante en el que le corté la llamada cuando estábamos en el avión, por lo que me sorprendí cuando le envié un mensaje y respondió como si nada.

Supuse que una parte de él era capaz de comprender lo que ocurría, ya que su relación con Elena tampoco había sido un camino de rosas.

Al llegar a la puerta, golpeé dos veces y esperé.

La voz grave de Nikolai me invitó a pasar.

Al entrar, lo encontré sentado detrás de su escritorio, con la mirada fija en unos documentos que apartó nada más verme.

Sus ojos, siempre analíticos, se posaron sobre mí, evaluando cada uno de mis gestos sin emitir juicio alguno.

Nikolai era un estratega de manual, había estudiado en las mejores universidades del mundo y, como no, había acompañado a nuestro padre durante gran parte de su vida, por lo que era el mejor analista que había conocido jamás.

—Siéntate —me instó, señalando la silla que había frente a él.

Obedecí, sintiendo el peso de su mirada mientras intentaba ordenar mis pensamientos.

Inspiré con profundidad y comencé a relatar todo lo sucedido: desde el secuestro de Alina por parte de Lev, los abusos que sufrió, nuestros encuentros, hasta mi decisión de intervenir para sacarla de ese maldito infierno.

Pero la cosa no quedó ahí, sino que detallé la situación con Luca Moretti, la amenaza inminente sobre nuestra familia y las complicaciones que se avecinaban por culpa de nuestro hermano menor.

Nikolai escuchó en silencio, sin interrumpirme, como si estuviera asimilando cada una de las palabras. Su rostro permaneció impasible, con una máscara de serenidad que no dejaba entrever sus pensamientos. Cuando terminé, el silencio se instauró entre ambos, denso y pesado.

Al final, este se inclinó hacia adelante, apoyando los codos sobre el escritorio y entrelazando los dedos.

—Has actuado según tus convicciones —comenzó a decir—, protegiendo a quien consideras importante —añadió con calma—. Sin embargo, en nuestro mundo, cada acción tiene su precio.

Hizo una pausa, afilando la mirada.

—Y no puedes olvidar que llevártela sin avisar, en el momento más delicado…

—Ella no le pertenece a nadie —le interrumpí.

—Podría haber desatado una guerra con los Orlov —terminó—. En especial, después de la muerte de Vasily. Lev no es idiota, Viktor. Sabe sumar dos más dos.

Mi mandíbula se tensó, y pude escuchar el crujir de mis muelas. Me incliné hacia él, apoyando las palmas sobre sus documentos.

—¿Me vas a hablar tú de guerras? —cuestioné—. ¿Tú, que le metiste una bala en la cabeza a Vasily para salvar a Elena?

Nikolai no respondió al instante. Solo me sostuvo la mirada durante unos segundos que se me antojaron eternos, hasta que asintió.

—La muerte de Vasily llevaba escrita demasiado tiempo —aseguró sin apenas darle importancia.

—Pero la mano ejecutora fuiste tú, Nikolai.

—Sí, y desde entonces duermo con un ojo abierto —admitió con un pesar que jamás creí que vería en él—. Recuerda eso antes de seguir avanzando, porque los pecados por amor, Viktor… son los más caros de todos.

Sabía que estaba en lo cierto, porque igual que le ocurrió a él, lo vivió nuestro padre tiempo atrás, cuando mataron a nuestra querida madre. El amor solo trae problemas, y yo estaba metido hasta el cuello en el peor de todos.

—¿Qué sugieres que haga? —pregunté, buscando su consejo.

Nikolai me observó durante un largo instante, antes de responder.

—No estoy aquí para decirte qué hacer, Viktor.

—Alargó el brazo y tomó uno de los cigarrillos que guardaba en su caja de madera que tenía sobre la mesa, tendiéndomelo—.

Eres un hombre hecho y derecho, capaz de tomar tus propias decisiones.

Pero recuerda: el amor cuesta, y esta vez te ha tocado perder.

Sus palabras resonaron en mi mente, una verdad amarga que no podía ignorar. Sabía que, independientemente de las decisiones que tomara, habría pérdidas, sacrificios inevitables, porque al final del día, estábamos metidos en un juego demasiado peligroso.

Me levanté, sintiendo el peso de la responsabilidad sobre mis hombros.

—Gracias, hermano.

Él asintió y, por un instante, creí ver que algo similar a la compasión cruzaba su mirada.

—Cuida tus pasos, Viktor —me pidió—. El camino que has elegido es peligroso, pero confío en que sabrás cómo enfrentarlo.

Salí del despacho con el corazón pesado, consciente de que las decisiones que tomara a partir de ese momento definirían no solo mi destino, sino también el de aquellos a quienes amaba.

Las palabras de Nikolai resonaron como un eco sordo dentro de mi cabeza: El amor cuesta, y esta vez te ha tocado perder.

Tal vez tenía razón, puede que esto no fuese más que el precio que debía pagar por atreverme a sentir en un mundo donde el amor no era más que una debilidad, una grieta en la armadura que todos nos habíamos esforzado en construir.

Pero por más que intentara convencerme de que debía soltarla…

no podía. No cuando aún recordaba su voz al otro lado del muro.

No cuando su mirada seguía grabada a fuego en mi memoria.

Ella era mi condena y mi salvación, y si el precio por protegerla era convertirme en un traidor, un paria, o incluso un muerto… entonces, que así fuera.

Porque ya no se trataba de lo que era justo o no.

Se trataba de ella.