El legado de los Romanov 51
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Viktor

Caminé despacio, sin un rumbo fijo, permitiendo que el frío de la noche me envolviese y me trajese de nuevo al presente, porque a pesar de todo, mi mente continuaba luchando por escapar de su recuerdo.

Me culpaba por cada paso que había dado, al fin y al cabo, si ella estaba en peligro era porque se había convertido en mi maldita debilidad, por el apellido que yo portaba a mis espaldas.

Todo a mi alrededor daba vueltas, era como si estuviera metida en una maldita noria.

La había condenado a morir.

Di un tras pie cuando de repente, una arcada subió por mi garganta. Me metí en un callejón, alejándome de la vista de los pocos transeúntes que aún quedaban por la calle.

Apoyé una de las manos en la pared y antes de que pudiera contenerme, vomité todo el maldito alcohol que había tomado, sintiendo cómo volvía a quemarme la garganta al salir.

Carraspeé, y escupí, intentando quitarme el maldito sabor amargo.

No había comido nada en todo el día, apenas dormía, solo hacía que fumar y beber como un condenado.

Me pasé una mano por los ojos, apretando el entrecejo, intentando hacer desaparecer el incipiente dolor de cabeza que ya comenzaba a torturarme.

Cerré los ojos y a mi mente solo vino su imagen, ella estirada en mi cama, corriéndose, dejándose llevar por toda la devoción que le profesaba.

Golpeé con fuerza la pared de ladrillos que había frente a mí, tan enrabietado que noté mis nudillos crujir, como la piel de estos se agrietaba, dando paso a la sangre.

Negué con la cabeza, estaba tan cabreado que no podía pensar con claridad.

Una parte de mí quería culpar a Alexei de todo esto, pero lo cierto era que no podía hacerlo, no cuando yo lo había ayudado y me había llevado a Alina lejos de Moscú pensando que así la protegía.

Lo único que había hecho era señalarla, ponerle un cartel luminoso con el que Luca viese que ella podía ser mi debilidad.

En nuestro mundo el amor no existía y mucho menos lo hacía la paz.

Saqué el teléfono, cuando de repente sentí como algo puntiagudo me tocaba la espalda.

Apreté la mandíbula y entonces escuché:

—No te muevas.

Cerré los ojos y sonreí ladino.

Bingo.

Justo lo que necesitaba.

Me llevé la mano al bolsillo interior de la chaqueta y saqué un cigarrillo, para llevármelo a los labios y encenderlo.

—¡He dicho que no te muevas! —vociferó a mi espalda.

Alcé las manos dejándome le cigarro en la boca. Miré hacia arriba, encontrándome con una enorme luna llena que iluminaba todo el callejón.

—Gírate.

—¿Seguro? —cuestioné.

La borrachera había desaparecido para dejar paso a esa ira que corría por mis venas.

—¡Haz lo que te digo!

—Como quieras…

Comencé a girar sobre mis talones, y antes de que pudiera reaccionar, le tomé por la muñeca, inmovilizando la que sujetaba la navaja, y con la otra, le golpeé de pleno en la mandíbula haciendo que diese un paso hacia atrás debido al impacto.

Se tropezó, cayendo contra la pared más alejada, y yo solo pude hacer que sonreír, al mismo tiempo que sujetaba con firmeza el arma con el que me había amenazado.

Así que le gustaban las cosas punzantes…

Tomé una botella que había tirada en el suelo y la reventé, quedándome solo con el cuello de la misma y los restos afilados de lo que en algún momento había sido un whisky.

—Creo que has intentado joder a la persona adecuada.

—Yo… —comenzó a decir.

—Tú nada —sentencié—. Alguien tiene que pagar, porque necesito quitarme esta rabia de dentro, y tú —le apunté con mi nueva arma improvisada—, tienes todas las papeletas.