El legado de los Romanov 50
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Viktor

Llevaba horas dándole vueltas, intentando encontrar la manera en la que arreglar la puta situación en la que estábamos metidos, pero a mi cabeza solo acudían dos opciones: o dejaba que hiciesen lo que quisieran con Alina y entrábamos en guerra contra los Orlov y los Moretti; o entregaba a Alexei y aplacaba la ira de Luca.

¿Cómo iba a joder así a mi propio hermano?

Es cierto que le advertí de que no se continuase metiendo en jardines como en el que estaba metido, pero a pesar de eso, cuando le miraba, seguía viendo al pequeño rubio que un día fue.

El eco de mis pasos resonaba en las calles empedradas mientras me dirigía hacia el apartamento de Alexei, decidido a confrontarlo. La traición de mi hermano menor pesaba sobre mis hombros como una losa, y a pesar de todo, necesitaba respuestas, entenderlo, encontrar la razón por la que lo hizo.

Al llegar, golpeé la puerta con firmeza. Mi hermano abrió con una expresión imperturbable, como si ya anticipara mi visita.

—Viktor, pasa.

Su tono fue frío, distante, como si ese no fuese mi hermano. Entré y cerré tras de mí, enfrentándolo en la penumbra del salón.

—¿En qué estabas pensando, Alexei? —espeté, sintiendo la ira hervir en mi sangre—. ¿Cómo pudiste cometer un error como este?

Él se encogió de hombros, encendiendo un cigarrillo con parsimonia, el cual le quité al instante.

—Los negocios son así, hermano. A veces se gana y otras… se pierde.

Su indiferencia no hizo más que provocar que toda mi furia fuese a más. Le di una calada tan larga al cigarrillo que llegué a consumirlo casi por completo de la ansiedad que me estaba entrando.

—¡Tú no eres así! ¡Joder! —bramé

—Claro que lo soy.

Lo fulminé con la mirada, a sabiendas de que lo que decía no era cierto. Jamás sería como Nikolai, y mucho menos como yo.

—No te lo crees ni tú —le contradije al mismo tiempo que le agarraba por el cuello de la camisa y lo alzaba—. Eras el único de la familia con algo bueno, y ahora…

—¿Ahora qué? —cuestionó con la voz estrangulada, a causa de la falta de aire.

Sin dudarlo un solo instante, lo lancé al suelo, sin importarme nada.

—La familia es lo primero, Alexei —le recordé.

—Por eso mismo he hecho las cosas que he hecho —aseguró con rotundidad.

—Eres un necio —escupí.

Este no hacía más que negar con la cabeza, aunque podía ver como a pesar de que intentaba esconderlo, este tema le molestaba.

—¡Habló el que no es capaz de controlar su ira! —Alzó la voz.

—Esto no es un puto juego, Alexei —le advertí—. Has puesto en peligro a la familia, a Alina. —Apreté la mandíbula—. Luca Moretti no es alguien con quien se pueda jugar.

Sus ojos se entrecerraron y pude ver una chispa de desafío asomando en su mirada.

—Siempre tan protector, Viktor —fingió pesar—. Pero quizás es hora de que todos enfrentemos las consecuencias de nuestros actos.

Apreté los puños, conteniendo el impulso de abalanzarme sobre él.

—Dame el cargamento, Alexei —le pedí, intentando mantener la cordialidad—. Es la única forma de aplacar la ira de Luca.

Este se puso en pie, encendió un cigarro y exhaló una bocanada de humo, evaluándome.

—¿Y si me niego?

Inspiré con fuerza, buscando calma, porque si no, iba a acabar matándolo con mis propias manos por los modales que estaba teniendo.

—Andrei puede localizarlo sin tu ayuda —admití—. Pero prefiero resolver esto entre nosotros, sin más problemas, sin guerras.

Y era cierto, no quería tener que lamentar una pérdida y mucho menos pelearme con él, aunque teniendo en cuenta mi acuerdo con Moretti, sabía que en cualquier momento ocurriría.

—Está bien, te daré el cargamento —accedió, mientras se sentaba en uno de los butacones del salón y se servía una copa de whisky—. Pero recuerda, Viktor, en este mundo, la lealtad es efímera.

Asentí, consciente de que, aunque habíamos alcanzado un semiacuerdo, la brecha entre ambos se había ensanchado y ya comenzaba a ser irreparable. Y todo esto, ¿por qué? ¿Por Alina? ¿Por su maldita cagada?

Horas más tarde, estaba en Aether, el club nocturno que en otro tiempo había sido refugio y escape. Ahora solo buscaba ahogar mi frustración en alcohol. La música retumbaba en mi pecho, mientras que las luces no dejaban de danzar, creando sombras que se mezclaban con la gente.

Me senté en la barra y, sin dudarlo, pedí una botella entera de vodka. Al principio, el camarero se negó, pero entonces, uno de sus compañeros se acercó para comentarle a quién le estaba diciendo que no, y acabó por servírmela.

Bebí con avidez, sintiendo el ardor del vodka descender como una llamarada por mi garganta.

Quería que me quemase por dentro, que arrasara con el nudo que tenía enquistado en el pecho y con la culpa que no dejaba de consumirme.

Pero de poco sirvió, por mucho que vaciase el vaso, el dolor seguía ahí, en el mismo maldito sitio.

La música electrónica retumbaba en el ambiente, mezclándose con el humo y las risas que se entretejían como telarañas en la oscuridad de Aether.

Era el sitio donde la lujuria y la decadencia se mezclaban de manera perfecta.

Y yo, sentado en una de las esquinas más exclusivas del club, no pasaba desapercibido.

Sabían quién era, qué podía hacer y, aun así, seguían acercándose.

La primera fue una morena de ojos verdes y piernas largas que parecían no tener fin, vestida con un vestido rojo de látex y unos tacones que parecían andamios.

Se sentó a mi lado sin pedir permiso, cruzando las piernas con parsimonia y dejando que su perfume caro me envolviera como una promesa que se me antojó vacía.

—¿Cómo es que alguien como tú está tan solo, Romanov? —susurró, con una sonrisa que pretendió ser seductora, pero que me sentó como una patada en los cojones.

No respondí. Me limité a beber, pero ella pareció no inmutarse, ya que apoyó una de sus manos sobre mi muslo, tanteando el terreno.

—Podría ayudarte a olvidar lo que sea que te esté matando por dentro.

Aparté su mano con frialdad, sin mirarla siquiera. Se fue con el morro torcido, orgullosa, lanzando una mirada por encima del hombro, como si no le hubiese importado mi rechazo. Como si ya supiera que volvería, como todas.

La segunda fue Amanda, una rubia de rostro angelical y vestido rojo que parecía haber sido pintado sobre su piel.

Habíamos follado en alguna ocasión cuando ya nada me satisfacía.

No negaría que habíamos disfrutado el uno del otro, pero eso ya se había terminado.

Apareció bailando frente a mí, contoneándose como si la música y su cuerpo vibrasen en la misma sintonía.

Se acercó, ofreciéndome una copa nueva, y cuando vio que no la aceptaba, se sentó sobre mis piernas, como si le pertenecieran.

Deslicé mis manos por su cintura, pero no de una manera lujuriosa, ni con deseo, sino con una presión sutil, calculada, necesaria para apartarla.

—No me jodas, nena —musité—. No es el momento.

Ella frunció los labios, con fingida decepción, y volvió a la pista con un movimiento de caderas que pretendía dejarme deseándola. No lo consiguió. Mi mente seguía en otra parte. En otra mujer.

Media hora y una botella de vodka más tarde, llegó la tercera.

La que encendió la chispa. Se acercó con una sonrisa afilada, como si supiera exactamente quién era y con qué estaba lidiando.

Su vestido negro dejaba poco a la imaginación y sus labios rojos parecían una advertencia.

Se inclinó, demasiado cerca, con los pechos casi rozando mi cara mientras me hablaba al oído.

—¿Quieres que te haga olvidar a esa puta a la que te follas?

Puta. Follas. Alina.

La empujé.

Fue un acto reflejo, no medido, impulsado por el veneno y el alcohol que me corría por las venas.

Mi mano se cerró sobre su brazo, y la aparté con más fuerza de la necesaria.

Tropezó hacia atrás, perdió el equilibrio y se estrelló contra un grupo de tipos trajeados, provocando que parte del contenido de sus copas acabase derramado por el suelo.

La música siguió, pero las miradas se clavaron en mí, como un cuchillo.

—¿Qué cojones haces? —bramó ella.

Quise matarla por la hablar así de Alina, por querer borrarla de mi memoria, pero cuando me levanté, trastabillé con mis propios pies, y tuve que sujetarme a la barra para no caerme.

Antes de que pudiera seguir avanzando, el guardia de seguridad apareció en menos de un minuto.

Lo conocía, se llamaba Ruslan, y había trabajado conmigo tiempo atrás.

Cuando alcé la mirada, me encontré con la suya, y pude ver en ella una mezcla de severidad y lástima.

—Viktor —dijo con voz grave, inclinándose hacia mí—. Creo que es mejor que te marches por hoy.

Lo miré. Por un segundo, me debatí entre romperle la cara también o hacer lo que sabía que debía. Pero el cansancio pesaba demasiado. La bebida apenas me hacía efecto, y la culpa se aferraba a mi cuello como una maldita soga.

Asentí, sin decir nada.

Me puse en pie con torpeza, recogí la chaqueta que apenas había usado, y caminé hacia la salida, dejando atrás el olor a alcohol, a sudor, a deseo barato.

Respiré hondo, dejando que el aire helado me devolviera un poco la lucidez.

No podía seguir así. No con Alina encerrada en un hotel como si fuera una prisionera de guerra.

No con Alexei haciendo de traidor. Y mucho menos con Luca Moretti esperando a que le entregara a mi propio hermano como cordero al matadero.

Tenía que pensar, actuar y elegir.

Y sabía, en el fondo de mis entrañas, que cualquiera en cualquiera de las decisiones… alguien iba a morir.