El legado de los Romanov 49
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Alina

La oscuridad me envolvía, una negrura densa que me oprimía el pecho y me dificultaba la respiración. Estaba de nuevo en aquel cuarto lúgubre, las paredes estaban impregnadas de humedad y desesperanza. Las sombras danzaban amenazantes, susurrando promesas de dolor y sufrimiento.

Intenté moverme, pero mis extremidades apenas respondían, como si cadenas invisibles las sujetaran.

El pánico se apoderó de mí cuando una figura emergió de las sombras: Lev.

Su mirada seguía siendo tan fría y despiadada como siempre.

Fijó sus ojos en los míos, y una sonrisa ladina y cruel se esbozó en sus labios.

Una pequeña lágrima descendió por mi mejilla, al mismo tiempo que el corazón se desbocaba en mi pecho. Me arrastré hacia atrás, huyendo de él, manchándome las manos de algo húmedo que impregnaba el suelo. Ahogué un grito cuando sentí como lo que sujetaba mis piernas tiraba de mí, acercándome a él.

—¿Pensaste que podías escapar de mí, hermanita? —cuestionó en voz alta, y su voz resonó en el sótano, helándome la sangre—. Siempre serás mía, Alina.

Quise gritar, pero ningún sonido salió de mi garganta.

Lev se acercó con lentitud, disfrutando de mi impotencia.

Sentí sus manos ásperas rodear mi cuello, apretando con una fuerza implacable.

La asfixia y el terror me consumían a una velocidad que me dejó sin aliento, mientras mi visión se tornaba tan borrosa que dejé de sentir, incluso, las pequeñas gotas que no dejaban de emanar de mis ojos.

Desperté de golpe, incorporándome en la cama con un grito ahogado.

El corazón me latía con tanta fuerza que creí que en cualquier momento se me saldría por la boca.

El sudor frío bañaba mi piel y, por un instante, fue como haber revivido el encierro con un realismo que asustaba.

La habitación estaba en penumbra, apenas iluminada por la tenue luz que se filtraba por las cortinas.

Mi respiración era errática, y las lágrimas brotaban sin control.

La puerta se abrió de golpe, y un hombre corpulento irrumpió en la habitación con la mirada recorriendo el lugar.

—¿Qué sucede? —inquirió con rudeza, escrutándome con desconfianza.

Me llevé las manos al pecho, intentando calmar la urgencia con la que subía y bajaba.

—N-nada… —balbuceé—. Ha sido una pesadilla.

El guardia frunció el ceño, mientras me evaluaba con la mirada antes de dar un paso hacia atrás.

—Pues cierra el pico —ordenó el hombre de malas formas.

—Yo… —musité, sintiendo como ni siquiera era capaz de articular palabra alguna.

—Deja de causar problemas, o tendré que avisar al señor de Moretti para que tome acciones contra ti —me advirtió antes de salir y cerrar la puerta tras de sí.

—No, por favor —susurré, casi suplicante.

—Entonces, cállate.

Apreté los labios con fuerza, intentando contener el llanto que amenazaba con estallar en cualquier momento. ¿Cómo podía permitir que alguien como ese orangután me hablase de esa manera?

Permanecí sentada en la cama, con las rodillas flexionadas y cobijándome a mí misma mientras las imágenes de la pesadilla y de la mirada de Lev aún danzaban en mi mente, como si pudiera hacer algo por salvarme de él.

La sensación de las manos de mi hermano sobre mi cuello, su voz venenosa, todo parecía tan real que asustaba.

Me levanté, yendo al baño, y cuando encendí la luz, me encontré con esa Alisa que sobrevivió a Lev.

La misma a la que habían molido a palos, y que lo único que la separaba de la muerte, era su propia fuerza de voluntad.

Limpié las lágrimas que aún bañaban mi rostro, e intenté esbozar una mueca, pero de poco sirvió, ya que la tristeza no dejaba lugar para la paz que una vez había sentido.

Rompí a llorar, dejándome caer junto a la bañera, sintiendo como la ansiedad comenzaba a hacer estragos en mi interior. Necesitaba calmarme, salir del bucle en el que estaba a punto de entrar, pero es que al final, ¿cómo iba a salir de la oleada de mierda en la que estaba metida?

Pasé una de mis manos por el rostro, sintiendo la desesperación con la que los hipidos salían de mi boca, como impedidos por un resorte.

—¿Dónde quedó la Alina fuerte que siempre luchaba? —balbuceé con la voz estrangulada, sintiendo la desesperanza aferrarse a mi ser.

A mi mente vinieron recuerdos de esos tiempos en los que me enfrentaba a todo con una determinación sin igual, cuando no permitía que el miedo dictara mis acciones. Pero ahora me sentía atrapada, vulnerable, sola y rota.

Había escuchado a los guardias murmurar que Viktor se había marchado.

Ni siquiera había sido capaz de avisarme.

La noticia me golpeó como un puñetazo en la boca del estómago.

¿Me había abandonado? La duda se instaló en mi corazón, sembrando semillas de inseguridad, provocando que todo en mi interior fuese vacío.

Él prometió protegerme, que me sacaría de aquí, y el muy cobarde se había ido.

Si de verdad me había dejado tirada, iba a matarle con mis propias manos, a hacer que se arrepintiese, y me daba igual si era lo último a lo que me enfrentaba.

Aunque en mi mente no dejaba de rondar una y otra vez la misma frase: Te sacaré de aquí y de todo esto, ¿de acuerdo?

Me lo había jurado, y aunque nunca puedes confiar en la palabra de alguien de la calaña de Viktor, una pequeña llama de esperanza me rogaba que creyese en él.

Contuve un quejido cuando la imagen de mi hermano volvió a mi pensamiento.

Si Lev me encontraba antes… La idea de volver a caer en sus garras me aterrorizaba tanto que mi cuerpo comenzó a temblar.

Conocía demasiado bien su capacidad para infligir dolor, físico y emocional.

Era un manipulador de manual, tanto que había llegado a hacer que incluso mi padre cayese en sus trampas.

Recordé cuando tenía ocho años y rompí por accidente un jarrón en la oficina de mi padre.

Lev se ofreció a encubrirme y así lo hizo.

Pero luego me encerró en un armario durante tres horas.

Dijo que era para enseñarme a no confiar en nadie, y que la deuda se pagaba con lealtad.

Jamás debí fiarme de él, no después de todo lo que me había demostrado a lo largo de los años.

Me levanté, acercándome a la ventana del salón, apartando un poco la cortina para poder mirar hacia el exterior. La noche se extendía ante mí, indiferente a mi sufrimiento. Las luces distantes de la ciudad parpadeaban, ajenas a la tormenta que se desataba en mi interior.

Inspiré con fuerza, probando a encontrar el consuelo en el aire fresco que se filtraba por la rendija. Necesitaba recuperar mi fortaleza, esa que una vez me definió. No podía permitirme ser consumida por el miedo. Si Viktor no regresaba, tendría que encontrar una manera de salvarme a mí misma.

Me abracé con fuerza, intentando contagiarme del valor que había perdido pero que sabía que aún permanecía en mi interior.

Aunque las pesadillas pudieran atormentarme, no permitiría que definieran mi realidad.

Me aferraría a la esperanza, a la posibilidad de un futuro libre de cadenas, lejos de Lev.

Y si ese futuro dependía de mi propia lucha, entonces estaba dispuesta a enfrentarla como la que más.

Y fue en ese preciso instante en el que me prometí a mí misma que, sin importar lo que sucediera, no volvería a ser una víctima.