48
Viktor
El vuelo a Moscú se me antojó tan largo como el tiempo en el que estuve encerrado en el puto sótano de Luca.
Cada minuto que pasaba encerrado en ese tubo de acero, cada vibración del motor, se me clavaba como una espina bajo la piel.
No había descanso posible. Mi cuerpo estaba agotado, pero la mente no me daba tregua, y el corazón me palpitaba con la fuerza de una bomba a punto de estallar.
Solo pensaba en Alina, en sus ojos suplicantes, en su voz estrangulada filtrándose por los conductos de ventilación, en cómo apenas había podido informarle de mi marcha.
Pero también en Alexei, en su traición, y en esa actitud que no me había gustado un pelo.
Cuando el jet aterrizó, la brisa helada de Moscú me azotó el rostro nada más cruzar la pasarela.
No me estremecí. Estaba tan entumecido por dentro que ni el frío logró despertarme del todo.
Sabía que lo que se avecinaba no era una simple reunión, era el comienzo de algo mucho más oscuro, y yo hacía mucho que había dejado de ser el mismo hombre con el que Alina se topó en Aether.
Mi mente estaba enfocada en una sola cosa: encontrar a Dimitri y resolver este desastre en el que estaba metido por culpa de Alexei, a quien enfrentaría, pero no sin antes beberme una maldita copa.
Dimitri me esperaba en un café discreto en el centro de la ciudad, no muy lejos de mi apartamento. Al verme, se levantó y me estrechó la mano con firmeza. Sus ojos reflejaban preocupación.
—Viktor, ¿qué demonios ha pasado? —preguntó en voz baja, inclinándose hacia mí.
Suspiré, al mismo tiempo que le daba una larga calada a mi cigarrillo, y le relaté todo lo ocurrido en los últimos días: el secuestro a Alina, las demandas de Luca y la implicación de Alexei en el robo del cargamento.
Mi acompañante me escuchó en silencio, asintiendo de manera ocasional, aunque pude ver en cada uno de sus gestos cómo su expresión se endurecía con cada palabra.
—Esto es grave —musitó al final.
—Todo esto es una mierda —concluí.
La mente me iba a mil por hora, debía tener en cuenta tantas cosas que sentía cómo todas las posibilidades se escapaban entre mis dedos como arena de playa, sin que pudiera hacer nada por remediarlo.
Ni siquiera podía creerme el hecho de que mi hermano hubiese sido tan tonto como para no saber que el cargamento era de los italianos, ¿y si me estaba mintiendo con tal de salvarse el culo? Me pasé una mano por la cara y dejé ir un profundo soplido que me vació por dentro.
—Nikolai y Alexei deberían conocer esta información, no podemos enfrentarnos a esto solos —aseguró—, es la puta mafia italiana, Luca Moretti no es un cualquiera.
Tenía razón, necesitaríamos toda la ayuda posible, sobre todo si el plan de enfrentar a Alexei no surgía efecto.
Tal vez no fuese más que una cagada, que todo provocase que el pequeño de los hermanos se sintiese que estaba acorralado, pero necesitaba el apoyo de mis hermanos, al menos, de Nikolai, ya que él era el pakhan.
Solté un par de billetes en la mesa en la que estaba Dimitri y salimos de la cafetería.
Tenía que encontrar a Andrei y sabía el lugar exacto en el que podría hacerlo.
Nos dirigimos al club privado donde el pequeño de los Romanov solía reunirse con sus contactos.
No por el lujo del lugar, sino por lo desapercibido que pasaba en medio de la ciudad.
Al entrar, lo encontramos sentado en una mesa apartada, con una copa de vodka en la mano, y el ordenador frente a él. Al vernos, alzó una ceja y nos hizo señas para que nos acercáramos, aunque ya lo estábamos haciendo.
—¿Qué ha ocurrido? —cuestionó, temiéndose lo peor.
Me senté frente a él, quitándole la copa de vodka de las manos y tomándomela de un solo sorbo.
Dejé que el sabor me quemase la garganta antes de siquiera atreverme a hablar.
Le expliqué todo lo sucedido, haciendo hincapié en el asunto en el que tuve que ayudar a Andrei y que, ahora me había dado cuenta de que todo formaba parte del mismo plan: el maldito cargamento de Luca.
—Había oído rumores sobre ese cargamento —admitió.
—¿Cómo? —cuestioné.
Andrei era un experto en inteligencia, conocía cada uno de los movimientos de todas las personas que nos rodeaban, de los posibles enemigos de la familia, aliados… Nadie se escapaba a su control. Era una jodida eminencia en su campo, y eso lo hacía imparable.
—Sí, hace alrededor de tres meses recibí información sobre una entrega relacionada con… —Hizo una pausa, y entonces comprendió en qué estábamos metidos— La familia Moretti.
Cabeceé en señal afirmativa y se llevó una mano a la cara. Dejó ir un profundo bufido, y tecleó algo en su ordenador.
—El contenedor debía estar controlado por un centinela de los Moretti —me informó.
—Alexei acabó con él.
—¿Todo esto es cosa de Alexei? —cuestionó sin poder creerse lo que acababa de decirle.
Durante unos minutos, permaneció en silencio, buscando algo que parecía no encontrar, ya que su ceño no hacía más que fruncirse. Mi mente voló a Alina, y por un instante, me temí lo peor. ¿Y si no hacíamos entrar en razón a Alexei?
El camarero se acercó para servirnos más vodka y, sin dudarlo un solo instante, me lo bebí de un trago, instándole a que volviese a rellenarlo.
Llevaba fumando como un desgraciado desde que me sacaron del sótano y los nervios no dejaban de carcomerme a cada segundo que pasaba alejado de Alina.
Iba a matar a quien hiciese falta, y no me temblaría el pulso en el proceso.
Me daba igual cómo se llamase, no la metería en una condena igual o peor que en la que estaba con Lev.
—¿Qué te ha pedido? —Quiso saber.
—El cargamento desaparecido —respondí.
La mandíbula de mi hermano se apretó con tanta fuerza que creí que en cualquier momento podría escuchar sus muelas rechinar.
—Esta imprudencia nos ha puesto a todos en peligro —añadió Dimitri, quien se había mantenido en silencio durante todo el rato.
Andrei asintió con lentitud, con la mirada perdida en el líquido transparente que llenaba su vaso.
—Esto complica las cosas —murmuró—. Pero si devolver el cargamento puede aplacar a Luca, quizás tengamos una oportunidad.
Dejé ir un profundo suspiro que me vació por dentro. Estaba tan cabreado con Alexei que podía sentir la rabia hirviendo en mis venas.
—No servirá solo el cargamento.
—¿Qué quieres decir?
—Luca también exige a Alexei —respondí sin preámbulos.
—Mierda… —masculló entre dientes.
—Yo ya no sé qué cojones hacer —aseguré—. Así que dime, Andrei —murmuré, con la voz rota y la furia latiéndome en las sienes—, ¿qué se supone que debo hacer cuando el precio de salvar a Alina es entregar mi propia sangre?