El legado de los Romanov 47
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Viktor

Estaba tirado en la cama tras pasarme horas dando vueltas por el enorme salón que había dentro de la propia habitación.

Había intentado ponerme en contacto, de nuevo con Alina, en repetidas ocasiones, pero no volví a tener respuesta.

Parte de mí comenzó a creer que todo había sido un sueño, que ni siquiera estaba al otro lado de la pared, aunque todo mi ser me gritase que sí era ella.

«Te quiero», repetí de manera interna. Esas dos simples palabras que hacían que quisiera prender el mundo en llamas con más intensidad, esas que había querido corresponder y no lo había hecho.

Me pasé una mano por la cabeza, ¿cómo cojones se suponía que iba a salir de todo aquel embrollo?

Y lo peor de todo, ¿cómo iba a traicionar así a mi propia familia?

Suspiré, al borde del colapso. Por suerte o, mejor dicho, por cortesía, Luca dejó un paquete de cigarrillos en la habitación, de los que ya había consumido más de la mitad por los malditos nervios.

Las paredes estaban adornadas con grandes cuadros de retratos de Giovanni Boldini.

En cada uno de ellos se podía percibir cada una de las pinceladas llenas de intensidad, tan elegantes como perturbadoras.

El lugar era tan majestuoso que se me hacía llamativo incluso a mí, que había crecido rodeado del mayor lujo de todo el país.

Cerré los ojos. El eco de las palabras de Luca resonaba en mi mente, cada vez más fuerte, más insoportable. La puerta se abrió con un suave clic, y este entró con habitual aire de superioridad. Con uno de sus impecables trajes y su sonrisa ladina que me hizo hervir la sangre.

—Viktor —me saludó—. Espero que estés algo más… cómodo.

Apreté los dientes con fuerza, tanto que llegaron a rechinar.

—He venido a conocer tu decisión —continuó, Luca se dejó caer en el butacón junto al ventanal que daba al mar, como si fuera el dueño del lugar—. ¿Me traerás lo que te pedí?

Le di una larga calada al cigarrillo, inhalando conmigo todo el humo, permitiendo que llenase mis pulmones, conteniendo la ira que amenazaba con desbordarse.

—Sí —sentencié al final.

Luca sonrió satisfecho.

—Sabía que tomarías la decisión correcta —aseguró—. Los negocios son negocios, caro —añadió con su acento italiano—. Tendrás libertad para moverte, pero haces algo imprudente, o intentas cualquier locura, Alina será la primera en pagar las consecuencias.

Asentí a pesar de que cada fibra de mi piel gritase a modo de protesta.

—Bien —sentenció.

Luca chasqueó los dedos, dando la señal para que uno de sus hombres entrase, depositando una bolsa de deporte sobre la mesa junto a la que estaba sentado Luca antes de salir. Luca la tomó y la arrojó hacia mí.

—Tus pertenencias —indicó—. Las llevabas el día que nos encontramos. He añadido un par de cosas.

Cabeceé en señal afirmativa y, sin mediar más palabra, se puso en pie y, bajo mi atenta mirada, se encaminó hacia la salida.

Esperé a que saliese de la habitación antes de abrirla.

Dentro estaban mi cartera, el reloj, teléfono móvil y entonces la vi.

La rosa. La maldita flor, ahora deshecha y seca, como si hubiese absorbido todo el dolor que yo había sentido desde que la vi caer al suelo.

Era un recuerdo de ella, una promesa rota, una maldita sentencia de lo que podía perder.

Un nudo se me instauró en la garganta. Encendí el dispositivo y tras unos segundos de espera, la pantalla cobró vida. Decenas de notificaciones de llamadas perdidas de Alexei, Dimitri y Andrei comenzaron a tomar el teléfono.

Joder. Se había liado parda.

Sin perder tiempo, abrí la agenda y llamé a Alexei.

—¿Viktor? —respondió al tercer tono, con la voz llena de preocupación—. ¿Dónde cojones te has metido? —inquirió—. Te hemos estado buscando por todas partes.

—¿Tú me has estado buscando? —cuestioné.

—Claro, Viktor.

Apreté las manos en puños, porque, por primera vez en mi vida, estaba desconfiando de lo más sagrado: la familia.

¿Cómo se suponía que tenía que creerle cuando estaba metido en este embrollo por su culpa?

Quise lanzarlo todo por los aires, estaba tan cabreado que podía sentir el bombeo de mi corazón en las sienes.

Si lo hubiese tenido delante, no habría sido capaz de detenerme, no cuando le advertí de lo que ocurriría si seguía adelante, y aun así, lo hizo.

—¿Viktor?

—No importa dónde estoy —espeté, notando la furia burbujear en mis entrañas—. Vas a darme respuestas y las necesito ya.

—¿Qué ocurre? —preguntó confuso, y pude oír como caminaba.

—¿Que qué ocurre? —inquirí iracundo—. ¿En serio? ¿Se la has jugado a la puta mafia italiana, Alexei?

—¿Pero qué coj…?

—Que ni se te pase por la cabeza mentirme, Alexei —le advertí—, porque te agarro del pescuezo y te paseo por todo Moscú.

—¡Yo no tenía ni idea! —se defendió, y pude percibir en su tono una mezcla de sorpresa y miedo—. Pensé que solo eran negocios, Viktor. No sabía en qué me estaba metiendo.

Mentía.

Esa vocecilla en mi interior que siempre tenía razón me advirtió. Había algo más que no me estaba contando, e iba a hacer lo imposible para averiguarlo, aunque tuviese que meter a Nikolai en todo este embrollo.

—Pues haber pensado un poquito, ¿para qué cojones tienes la cabeza? —bramé, recordándole la frase que tanto odiaba que nuestro padre le dijera.

—¿Qué ha pasado?

Cerré los ojos, intentando ahogar el rugido que crecía en mi pecho, esa mezcla corrosiva de rabia, decepción y una desesperación que no me permitía pensar con claridad.

—Nos han atrapado, Alexei —le resumí—. Tienen a Alina, y ahora, gracias a tus «negocios» quieren que devuelvas el contenedor que robaste con toda la mercancía —mentí, omitiendo el hecho de que también querían su cabeza.

Hubo un silencio al otro lado de la línea.

—¿Qué vamos a hacer? —preguntó al final, su voz fue apenas un susurro, como si un nudo se hubiese creado en su garganta.

—Voy a sacarnos de esta —aseguré con dureza, a sabiendas de las palabras que continuarían—, no por ti, te dije que si la seguías cagando no iba a poder ayudarte. Esto lo hago por Alina —juré.

—Está bien… —musitó—. Sí.

—Necesito que confíes en mí por una maldita vez, y hagas exactamente lo que te diga.

—De acuerdo —dijo en voz baja—. Lo haré.

Colgué, sintiendo el peso de la situación aplastándome.

El tiempo no estaba de nuestro lado, y a cada segundo que pasaba podía ser el último para Alina.

Miré hacia la pared que nos separaba, recordando nuestra breve comunicación a través de los conductos de ventilación.

Le había prometido que la sacaría de esto, y aunque las circunstancias eran desesperadas, no pensaba romper mi palabra.