El legado de los Romanov 46
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Viktor

El sótano permanecía en la penumbra, con el maldito sonido del goteo constante.

Mis muñecas seguían ardiendo bajo las bridas, y cada intento de moverme solo intensificaba el dolor.

Mi mente trabajaba de manera frenética, explorando cada posible vía de escape, cada estrategia para rescatar a Alina.

Consideré negociar con Luca, pero sabía que ese bastardo no cedería con facilidad.

Un asalto directo para liberar a Alina también cruzó mi mente, pero sin conocer la ubicación exacta, sería como buscar una aguja en un pajar.

Matar a Luca parecía tentador, pero sin información sobre Alina, su muerte no garantizaría su seguridad.

Cada opción que barajaba chocaba contra la misma barrera: la incertidumbre del paradero de Alina.

El chirrido de la puerta al abrirse interrumpió mis pensamientos. Luca Moretti entró con su habitual aire de superioridad, vestido de manera impecable y su sonrisa ladina dibujada en su rostro, haciéndome hervir la sangre.

—Viktor —saludó con falsa cordialidad—, espero que estés disfrutando, ahora sí, de tu estancia.

Le lancé una mirada llena de odio, manteniéndome en silencio. Sabía a qué venía, y lo peor de todo era que no había podido tomar una decisión consciente que pudiese favorecernos.

—El tiempo se te acaba —comentó al mismo tiempo que tomaba una silla y se sentaba frente a mí.

Se llevó la muñeca derecha con el reloj al oído, como si esperase escuchar algo que yo no era capaz de oír. Apreté la mandíbula. En cuanto saliese de allí, iba a matarlo con mis propias manos, y me importaba una mierda desatar una maldita guerra con la mafia italiana con tal de vengar a mi familia.

Alexei había cometido errores y pagaría por ello, pero no a manos de un ser como Luca Moretti, sino por parte de nuestro líder, nuestro hermano, la máxima autoridad en todo el país.

—¿Y Alina? —inquirí.

—Tu querida ragazza ha estado… entretenida. Hemos tenido una pequeña fiesta con ella.

El calor comenzó a ascender hasta mi cabeza, y por un instante el corazón se me detuvo. Me revolví en la silla, sintiendo como la furia y el miedo se mezclaban en mi interior, creando la combinación perfecta para estallar.

—¿¡Qué cojones le habéis hecho!? —rugí, luchando contra las ataduras que me mantenían inmóvil.

Luca soltó una carcajada seca que me sentó como una patada en los cojones.

—Tranquilo, Viktor —prosiguió—. No es lo que nosotros le hayamos hecho, sino lo que ella ha hecho. —Dejó ir una carcajada falsa y fijó su vista en mí—. Tu mujercita tiene más agallas de las que aparenta.

Fruncí el ceño, probando descifrar sus palabras.

—Intentó escapar —continuó Luca, disfrutando de cada palabra—. Apuñaló a uno de mis hombres en el cuello, y como es obvio, está muerto. Una jugada valiente, arriesgada, e inútil.

El orgullo y la preocupación se debatían dentro de mí. Alina había demostrado ser una luchadora, pero su audacia y genio podrían costarle caro.

—He decidido trasladarte a un lugar más... —Hizo una pausa— cómodo. Creo que te vendrá bien para pensar con un poquito de claridad.

Gruñí como un auténtico animal.

—Tal vez sus gritos te motiven a colaborar.

—Ni se te ocurra ponerle una mano encima, Moretti, o te buscaré hasta en el infierno para matarte —bisbiseé rabioso.

—No será necesario —comentó—. Sobre todo, si cumples con tu parte del trato. Tu hermanito por la principessa.

Horas más tarde, dos hombres se personaron en el sótano donde me tenían encerrado y me colocaron una bolsa de rafia sobre la cabeza, impidiéndome ver. Nos desplazamos en coche, pero ni siquiera sabía dónde estaba.

Al quitármela, me encontraba en una habitación de hotel, lujosa pero fría.

No había nadie más, solo yo con mis muñecas repletas de heridas.

La opulencia del lugar contrastaba con el sótano mugroso en el que me habían tenido encerrado.

Sabía que Alina estaba cerca, podía notarlo, pero las puertas estaban cerradas, por lo que no había forma de encontrarla.

Fui a la ventana que daba al mar, forcejeé con ella, intentando abrirla, pero no obtuve lo que quería. Me desplacé al baño, no había una ventana por la que intentar salir, nada… Solo un puto espejo que me mostraba la demacración de mi rostro.

—¡Joder! —bramé.

Me pasé una mano por el rostro y el cabello, estaba lleno de mierda.

—Viktor, ¿eres tú?

Los ojos se me llenaron de lágrimas en el instante en el que la escuché. Por un instante creí que no era más que fruto de una alucinación, que mi cerebro estaba inventándose aquello para mantenerse cuerdo, pero entonces, volví a oírla.

—¿Viktor?

—Alina —musité—. Estoy aquí, mi ángel. —Aquel apelativo salió de mí como si no hubiese nada en el mundo que pudiera pararlo—. ¿Estás bien?

—S-sí, estoy bien —respondió con la voz estrangulada—. Estaba preocupada por ti.

—Te sacaré de aquí y de todo esto, ¿de acuerdo?

—Viktor, yo…

—Te lo juro —prometí, sintiendo como todo mi cuerpo temblaba.

—Te quiero —susurró.

Antes de que pudiera decirle nada más, la comunicación se interrumpió abruptamente por el sonido de los pasos acercándose.

Me alejé de la pared, fingiendo normalidad.

Sabía que nos vigilaban, pero ese breve intercambio de palabras había sido como un bálsamo para mis heridas, dándome la fuerza necesaria para seguir adelante.

Alina estaba cerca, y haría todo lo que fuese necesario para liberarla. Lo juré por mi sangre, por mi alma… y por la tumba que iba a cavarle al desgraciado de Luca Moretti.