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Alina
La suite era preciosa, de esas que uno solo ve en revistas de arquitectura, o en casa de Viktor, porque lo cierto era que no se diferenciaba demasiado del lujo que había en su apartamento.
Las paredes estaban cubiertas de paneles de madera oscura, mientras que el suelo relucía como si nunca lo hubieran pisado, y las vistas al mar eran tan perfectas que parecían una maldita postal.
Pero todo ese lujo se me antojaba como una maldita cárcel de oro. Porque eso era. Una puta cárcel.
Estaba encerrada, vigilada y aislada. Lo peor no era eso, era no saber nada de él. Si estaba bien, si lo habían llevado a cualquier otro lugar, o a saber qué.
Me dejé caer en el sofá de terciopelo gris, con las rodillas recogidas contra el pecho y las uñas marcando la piel de mis brazos. Desde que me desperté allí, sola, sin una explicación, sin una voz conocida, no había hecho más que pensar en Viktor.
En el pánico que había en su mirada cuando vio todo lo ocurrido, en la manera que gritaba mi nombre desgañitándose, la tensión de su cuerpo…
En ese jodido instante exacto en el que lo vi mientras mi cuerpo dejaba de responder, con los ojos fijos en los míos.
Y por primera vez desde que lo conocía, vi el terror en ellos. No por él. Sino por mí.
Ese recuerdo me partió el alma. Porque si Viktor Romanov tenía miedo, entonces las cosas estaban mucho peor de lo que podía imaginar. Me pasé una mano por el rostro, agobiada, cansada de estar sola, sin saber siquiera qué hora era.
Me levanté, empezando a dar vueltas por la habitación como una fiera enjaulada.
Tenía que hacer algo. Lo que fuera. No podía continuar esperando que alguien viniera a rescatarme, ¿y si no lo hacían?
¿Y si Viktor…? No. No iba a pensar en eso.
Tenía que salvarme a mí misma, como llevaba haciendo toda mi vida.
Apreté los puños, sintiendo la rabia hervirme bajo la piel. Me lo habían quitado todo, otra vez, igual que lo hizo mi familia. La libertad, la voz y la decisión. Y ahora pretendían que comiera, durmiera y sonriera como una buena prisionera en una suite de lujo de un mafioso italiano.
Iba a joderles y bien, me daba igual lo que me costase, pero no permitiría que me volvieran a poner una mano encima, no cuando había estado soportando de todo durante mis veinticinco años de existencia.
Cuando el clic de la puerta sonó, mi corazón dio un vuelco. El guardia apareció empujando el carrito de comida que siempre acababa llevándose, con esa expresión neutra, como si no estuviera escoltando a una rehén, sino a una invitada molesta.
—Aquí tiene, señorita Orlov.
Me acerqué con lentitud, con la cabeza gacha, como si al fin hubiese aceptado mi papel, pero esa actitud estaba muy lejos de lo que iba a hacer. El tipo dejó el carrito junto a la mesa del salón, girándose apenas para decir algo. Y fue entonces cuando actué.
Saqué el cuchillo que había robado la noche anterior del cajón de cubiertos. Uno pequeño, afilado. No era mucho, pero si sabías cómo utilizarlo, era más que suficiente.
Me lancé hacia él con toda la rabia acumulada, con la desesperación de quien ya no tiene nada que perder. Salté como una jodida amazona, mientras le apuñalaba en el cuello. No una, ni dos veces. La sangre empezó a emanar como un chorro, provocando que me suplicase el rostro, las manos y los brazos.
Él se llevó las manos a la zona afectada, con los ojos como platos, mientras el líquido rojizo se le escapaba entre los dedos. No grité, no temblé, solo corrí.
Salí al pasillo descalza, con el corazón retumbando en los oídos y los pies resbalando en el suelo pulido.
Grité. Grité el nombre de Viktor con todas mis fuerzas, sin importarme quién me escuchase.
Quería que lo hicieran, que me llevasen ante él o el hombre que liderase aquel maldito secuestro. Pero no llegué lejos.
Una sombra se abalanzó sobre mí desde uno de los laterales, derribándome con una fuerza que me quitó el aliento, y antes de que pudiera defenderme, sentí la punzada en el cuello. Otra maldita inyección.
Intenté luchar contra el mareo, contra el peso de mis propios párpados, pero de nada sirvió. Todo se volvió borroso, resbaladizo, quedándome sin el control que había tenido.
Desperté entre gritos y llantos, creyendo que no había sido más que un sueño.
Estaba de nuevo en la suite, con esa misma luz tenue, la música suave filtrándose desde los altavoces, la misma puta jaula disfrazada de hotel de cinco estrellas.
Me dolía todo el cuerpo, tenía la garganta seca y las manos manchadas de sangre.
Todo había sido real, incluyendo el pinchazo.
La puerta se abrió con una lentitud que hizo que todo mi cuerpo se viese sacudido por un escalofrío.
—Eso ha sido muy precipitado, principessa.
La voz me hizo dar un respingo. Luca Moretti estaba allí, impecable.
Con ese traje negro, el perfume de hombre rico y su mirada penetrante.
Le conocía gracias a los negocios de mi padre, había estado haciendo algunos tratos con su familia, pero años después cerraron las negociaciones a causa de la muerte del líder de los Moretti.
—¿Dónde está? —inquirí con la voz rasgada por la rabia—. ¿Dónde está Viktor?
Quise lanzarme a por él, hacer lo mismo que con su maldito guardia, pero me detuve. Una sonrisa socarrona se dibujó en sus labios, advirtiéndome.
—Está vivo, de momento.
—¡Eres un hijo de puta! —Intenté levantarme, pero no pude. Las piernas me fallaron, provocando que diese un traspiés.
Luca se acercó con calma, agachándose a mi altura. Alzó una de sus manos y la paseó por mi rostro, a pesar de que intenté apartarme.
—Escúchame bien, Alina —musitó tan cerca de mí que todo el vello de mi cuerpo se erizó—. Si vuelves a hacer algo así… si vuelves a intentar escapar… no solo lo pagarás tú.
—¿Qué quieres decir?
—Avisaré a tu queridísimo hermanito. —Una mueca perversa se esbozó en su rostro—. Estoy seguro de que estará encantado de saber dónde está su hermana.
Contuve el aliento y por un instante sentí como la sangre se me helaba, gesto que él apreció y del que disfrutó sobremanera.
—Eso pensaba —comentó, recorriendo mi cara con su dedo índice—. Sé buena, come algo, duerme y deja que los hombres arreglemos esto como siempre lo hacemos.
Quise arrancarle el dedo de un mordisco y tirárselo a la cara. Pero me limité a permanecer en silencio mientras veía como se levantaba y se alisaba la chaqueta.
—Y Alina —Se giró antes de salir—, intenta no matar al próximo guardia. Me estás costando demasiado dinero.
La puerta se cerró tras su espalda, y yo solo pude llorar, de rabia, de impotencia y de miedo por sus advertencias.
Pero lo juré en ese preciso instante, por Viktor, por mí, por todo lo que me habían quitado. No iba a permitir que la cosa acabase así.
—Que se preparen para la guerra —susurré con la voz estrangulada—, porque esta vez… no pienso perder.