El legado de los Romanov 44
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Viktor

El sótano seguía sumido en una penumbra opresiva, con la bombilla desnuda parpadeando de manera intermitente, proyectando sombras inquietantes en las paredes desconchadas.

El hedor a humedad y óxido impregnaba el aire, calando hasta los huesos.

Las muñecas me ardían por culpa de las bridas que las mantenían sujetas a la silla de metal, y cada intento de moverme provocaba que una punzada me atravesase.

Mi mente era un torbellino de pensamientos desordenados, tratando de encajar las piezas de este juego mortal y despiadado en el que estábamos metidos.

Alina estaba a manos de un tirano que apenas conocía, y la incertidumbre sobre su bienestar me consumía.

La culpa se enredaba en mi pecho como un peso insoportable; había fallado en protegerla, en anticipar el peligro que nos acechaba.

Cada segundo que pasaba sin saber de ella era una tortura que me corroía por dentro.

Además, la mención de Luca sobre Nikolai, o sobre los supuestos tratos ocultos de Alexei añadía una nueva capa de traición y desconfianza.

Si el pequeño, nuestro propio hermano, estaba involucrado en este embrollo, significaba que las raíces de esta conspiración se extendían en más profundidad de lo que jamás imaginé.

Le advertí de que si seguía metiéndose en esa clase de asuntos no podría protegerle, e hizo oídos sordos.

La familia era sagrada, y la mera idea de que uno de los nuestros pudiera estar jugando en contra me mataba por dentro.

Mi mente no dejaba de divagar, de darle vueltas a todo, incluso a la última conversación que había tenido con Nikolai.

¿Cómo demonios iba a explicarle todo lo ocurrido en las últimas horas?

Alcé la vista al techo, sintiendo como todo mi mundo se venía abajo.

Lo que tenía más que claro era que iba a hacer que Luca Moretti pagase por lo que acababa de hacer, costase lo que costase, sobre todo, después de haberme amenazado con entregar a Alina al despreciable de su hermano.

Las horas transcurrían en una monotonía angustiante, interrumpida solo por el sonido distante de las gotas de agua que caían desde la tubería agujereada contra el cemento. El tiempo se dilataba en este encierro, cada minuto se estiraba hasta parecer una jodida eternidad, torturándome en silencio.

Cerré los ojos, sintiendo como ya no me quedaba paciencia para seguir fingiendo que no ocurría nada.

Estaba dispuesto a abrir esas malditas bridas costase lo que costase, sin importarme si tenía que perder un dedo para ello.

Pero entonces, y como si el universo no quisiera que eso ocurriera, el chirrido metálico de la puerta al abrirse acabó con mis planes.

Luca Moretti apareció en el umbral, impecable con su traje negro, con esa aura de control absoluto que me resultaba insoportable.

Su expresión era la de un hombre que sabía que tenía ventaja, y eso encendía aún más mi furia.

Se paseó con las manos en los bolsillos como si el olor no le afectara, como si estuviese en el salón de su maldita casa y no en un puto agujero de mierda donde me tenían retenido como un animal.

—Viktor —me saludó con una sonrisa ladina que quise borrar de un puñetazo, avanzando con tranquilidad hacia donde me encontraba—. Espero que la estancia esté siendo de tu agrado.

No le concedí respuesta alguna, manteniendo mi mirada fija en la suya, fría y distante. No iba a darle el placer de verme suplicar o mostrar debilidad, ya no.

—Vaya… parece que no estás de humor.

Sacó un puro del bolsillo de su americana, lo llevó a sus labios y lo encendió con un zipo, permitiendo que el fuego consumiera la punta de este, dándole largas caladas hasta llegar a fumarlo con normalidad.

—Voy directo al grano, entonces —continuó Luca, deteniéndose a una distancia prudente, a pesar de que yo deseaba tenerle más cerca, lo suficiente como para darle un cabezazo que le arrancase esa sonrisa de los labios—. Tengo una propuesta que podría beneficiarnos a ambos.

Mi silencio fue la única respuesta que obtuvo, instándolo a continuar.

—Tu hermano, Alexei, ha estado jugando con fuego —reveló, al fin con esa tranquilidad que en cualquier otro hombre habría parecido cortesía, pero en él era puro veneno disfrazado de elegancia—.

Un cargamento importante, propiedad de mi familia, ha desaparecido bajo circunstancias que no me hacen ninguna gracia.

Y el único que conocía su paradero… está muerto.

Obviamente, mi cara no fue de sorpresa, ya que yo mismo había estado ayudando a Alexei a acabar con aquel hombre. Lo que no tenía ni idea era de que el asunto estuviera ligado de manera directa con los Moretti y mucho menos, que fuese todo cosa de la mafia italiana.

—¿Y qué coño quieres de mí? —inquirí con la voz áspera, a sabiendas de que la respuesta no me iba a gustar.

Luca sonrió de lado, esa clase de sonrisa que solo tienen los psicópatas cuando huelen la sangre.

—Es muy sencillo —comenzó a decir, al mismo tiempo que daba un par de pasos hacia mí, para golpearme con la mano en el rostro.

Apreté la mandíbula, deseoso de arrancarle un dedo de un mordisco.

—Quiero que me traigas dos cosas —comentó—, es muy sencillo, ya verás —añadió con sorna—. El cargamento es una de ellas, y… a tu querido hermanito pequeño.

Mis músculos se tensaron de golpe. Lo miré como si me hubiese escupido en la cara y por un momento pude ver la diversión en sus ojos.

—¿Estás de coña? —cuestioné incrédulo—. ¿Mi hermano?

—¿Te parece que estoy bromeando? —Alzó una ceja, mientras exhalaba el humo de su puro en mi dirección—. Uno de los dos tiene que pagar eso, Romanov. Y dado que fue Alexei quien firmó los papeles, el que hizo las gestiones y se encargó de organizar la entrega… todo apunta a que ha sido él.

Contuve el aliento, a punto de admitir falsamente que había sido yo quien mató a aquel hombre para ayudar a mi hermano.

—No voy a entregar a mi sangre —gruñí, sintiendo como cada palabra se me clavaba en el pecho—. No lo haré.

—Entonces será Alina quien la pague —espetó con una frialdad que me cortó la respiración incluso a mí—.

Y créeme, hay muchas formas de hacer que una mujer sufra antes de morir.

Maneras que ni tú, con toda tu podredumbre, serías capaz de imaginar —juró, agachándose frente a mí—.

Creo que no es necesario decir que cuando acabe con ella vendrás tú, Alexei, Elenita, Nikolai y toda tu puta familia de desgraciados.

Apreté los dientes con tanta fuerza que creí que en cualquier momento saltarían por los aires sin que pudiera hacer nada por evitarlo.

Permanecí en silencio. No porque no tuviera nada que decir, sino porque en ese instante sentí como mi alma se desgarraba.

Me tenía acorralado. Y la pieza que debía entregar…

era la que menos estaba dispuesto a soltar.

—Tienes hasta mañana para decidirte —añadió antes de girar sobre sus talones—. O me traes el cargamento y a tu hermano, o me quedo con tu mujer.