43
Viktor
Desperté con un dolor punzante que me atravesaba la cabeza, como si un mazo de hierro me hubiese golpeado sin piedad una y otra vez.
Lo primero que percibí fue el sabor metálico de la sangre en mi lengua, seguido del frío acero de la silla en la que mis manos estaban atadas con bridas.
El aire estaba cargado de humedad, óxido y un leve hedor a moho que me revolvió el estómago.
Abrí los ojos con pesadez, forzándolos a adaptarse a la penumbra.
Una bombilla desnuda colgaba del techo, parpadeando con debilidad, iluminando un sótano mugriento con paredes desconchadas y llenas de algo que no supe descifrar.
Miré a mi alrededor, estaba atado a una silla de metal, firme y que permanecía anclada en el suelo.
No había salida fácil; lo supe al instante.
Me removí, probando la firmeza de las ataduras.
El gesto provocó que una punzada de dolor me atravesase el costado.
Genial, probablemente tuviese una costilla rota.
Mi mente iba a mil por hora. Lo último que recordaba era estar con Alina.
Sus ojos estaban llenos de odio, su lengua era tan afilada y viperina que jamás me lo imaginé.
Y su rabia… Era demasiada como para contenerla toda en un cuerpo tan pequeño.
Había tomado la decisión de jugármela a una carta, de manera calculada, pero algo había salido mal.
Había subestimado las consecuencias de usarla como ficha en este maldito juego.
Y ahora, no solo estaba pagando el precio, sino que también había puesto en peligro a toda mi familia.
Mis pensamientos se desviaron hacia Nikolai.
Si algo sabía de mi hermano era que en este momento estaría moviendo cielo y tierra para entender lo ocurrido.
Las imágenes de su mirada severa, y la de Alexei intentando calmarlo me atormentaron.
Había salido al borde de todo por protegernos…
por protegerlo. Y ahora, lo único que había conseguido era provocar otra maldita guerra.
El sonido de unos pasos lentos y deliberados interrumpió mis pensamientos, sacándome del ensimismamiento en el que estaba metido.
Giré la cabeza hacia la puerta, ignorando el ardor en mi cuello.
La puerta chirrió al abrirse y un hombre apareció bajo el umbral, vestido con un traje negro impoluto que destacaba con el sótano inmundo en el que me encontraba.
Su porte me recordó al de mi hermano Nikolai, alto, fuerte y seguro de sí mismo, era el de alguien acostumbrado a mandar.
Una mueca socarrona se dibujó en sus labios, pero no logró alcanzar su mirada.
—Viktor Romanov. —Alzó la voz, con un acento italiano que daba peso a cada una de las sílabas—. ¿Sabes lo que dicen en mi tierra? Que el enemigo de mi enemigo… puede ser mi juguete.
No respondí. Mantuve mis ojos fríos clavados en él, evaluando cada uno de sus gestos. Su postura era relajada, a pesar de que su mirada estaba teñida de una amenaza tan grande que no osé respirar. Entonces caí en la cuenta, no era un hombre cualquiera. Me sonaba de algo, pero no sabía de qué.
—Ah, veo que eres del tipo silencioso —continuó, dando un par de pasos hacia mí.
Cada movimiento estaba calculado, como si quisiera que supiera que estaba en desventaja—.
Me presentaré, por cortesía, claro. —Sacó un puro del bolsillo de su americana y se lo llevó a la boca—.
Soy Luca Moretti, y tengo una oferta para ti.
Luca se encendió el puro con una calma casi irritante, exhalando el humo mientras su mirada recorría mi rostro.
—¿Sabes lo que me gusta de los Romanov? —preguntó, ladeando la cabeza—. Que siempre creen que están un paso por delante. Pero dime, Viktor… —Se inclinó hacia mí, dejando que el humo cálido flotara entre ambos—. ¿Cómo piensas jugar a este juego cuando ni siquiera sabes las reglas?
Le observé quedo. El apellido me resultó demasiado familiar.
Los Moretti eran una de las familias más antiguas de la mafia italiana, con raíces profundas en negocios que cruzaban fronteras y generaban guerras.
Se caracterizaban por lo sanguinarios que eran, y es que muchos de los grandes nombres de la bratva habían contado con ellos como si de sicarios se trataran para acabar con ciertos asuntos.
Si él estaba aquí, significaba que había algo más en juego, algo que aún no veía con claridad.
—¿Oferta? —murmuré, sintiendo como mi voz sonó grave y rasposa, por apenas haber podido hablar.
Luca sonrió con maldad, y se inclinó hacia mí.
—Oh, sí —aseguró—. Digamos que tengo ciertos intereses que coinciden con los tuyos… y con los de los Romanov. Pero primero, tendrás que demostrarme que eres digno de mi ayuda.
Mis ojos lo estudiaron con fijeza mientras las piezas del rompecabezas iban colocándose a medias en mi cabeza.
Su postura, su tono, la ligera inclinación de su cabeza: todo en él gritaba que estaba jugando con ventaja.
Pero lo que no sabía era que yo también lo estaba evaluando, buscando un punto débil que pudiese explotar.
La bombilla sobre mí parpadeó, lanzando destellos erráticos que apenas iluminaban la habitación. Fue en ese momento cuando una mueca divertida cruzó mis labios. Porque incluso en el peor de los escenarios, cuando todo parecía perdido, los Romanov nunca nos rendíamos.
—Demostrarlo no será un problema.
Sabía que estaba atrapado, pero también sabía algo más: las cosas siempre pueden girar a tu favor si tienes la suficiente paciencia como para esperar el momento adecuado.
Utilizaría esta nueva baza a mi favor, solo tenía que buscar la forma.
Todo esto no era más que un papel que debía cumplir, lo podía ver en la forma en la que Luca me miraba, cómo todo su ser respondía con chulería al mío. Sonreí ladino, pero entonces, la imagen de Alina volvió a irrumpir en mi mente como si de una descarga eléctrica se tratase.
A mi mente vinieron cada uno de los recuerdos del momento en el que se nos llevaron, la forma en la que su cuerpo quedó lacio en brazos de un desconocido, la rosa cayendo al suelo, sus ojos apagándose mientras gritaba mi nombre.
La angustia me atravesó con una ferocidad devastadora, como un cuchillo al rojo vivo que se hundía en mi piel para desgarrarme por dentro.
Me removí en la silla como un poseso, tirando de las bridas con una fuerza desesperada, ignorando el ardor de mis muñecas, el dolor sordo en todo mi cuerpo, y el escozor de la sangre seca en mis labios. No me importaba nada. Solo ella.
—¿Dónde está? —rugí, sintiendo como la rabia comenzaba a bullir en mis venas, con una desesperación que no me gustó oír en mi propia voz—. ¿Qué cojones habéis hecho con ella?
El cabrón de Luca no se inmutó. No dio un paso atrás.
Ni siquiera levantó una ceja. Se limitó a exhalar el humo del puro con la misma calma irritante con la que uno contempla la lluvia desde una ventana.
Estaba acostumbrado a ver hombres derrumbarse, a verlos gritar, sangrar y suplicar.
Pero yo no era uno de ellos. O al menos, eso me gustaba pensar.
—Tranquilo, Romanov —comentó sin gracia—. Tu querida Alina está bien.
Quise creerle. Dios, quise hacerlo más que nunca. Pero la rabia que ardía en mis entrañas me decía lo contrario, me gritaba que todo aquello era una trampa, un teatrillo montado para hacerme perder el control, para someterme a cada una de las peticiones que hubiese para mí, y joder si me cabreaba.
—Ella no tiene nada que ver con esto —añadió—. No es por ella… En realidad, esto es por tu hermano.
El aire se me atascó en los pulmones y, durante unos segundos, ni siquiera fui capaz de respirar. El dolor de todo mi cuerpo pasó a un segundo plano, porque en mi mente solo podía arrepentir una y otra vez sus palabras: «es por tu hermano».
—¿Qué cojones estás insinuando? —cuestioné enfurecido.
A la familia no se la tocaba, y él empezaba a jugar con lo más sagrado. Luca sonrió ladino, pero fue una mueca sin alma, una de esas que preceden a la sentencia de muerte.
—Estoy diciendo —replicó con la seguridad de alguien que ya ha ganado la partida de ajedrez—, que esto no tiene nada que ver contigo, ni con tu piccola.
Es un asunto viejo, un problemilla que me está tocando los cojones a dos manos…
y digamos que Nikolai no es el único Romanov que sabe mover piezas a espaldas del tablero.
En mi mente resonó su nombre. Alexei.
Una punzada helada me recorrió la espina dorsal. Porque algo dentro de mí, algo que había aprendido a ignorar durante todo este tiempo, me dijo que había verdad en sus palabras. Que había hilos que ni siquiera yo veía moverse.
Permanecí en silencio, porque por más que intentaba mantener el control, por más que me aferraba a continuar con esa máscara de frialdad que había perfeccionado durante años, no podía quitarme la imagen de Alina de la cabeza.
Necesitaba saber que estaba bien, no bastaba con cuatro palabras vacías.
Quería verla, tocarla, comprobar con mis propios ojos que todo seguía bien, recorrer cada centímetro de su piel a besos, y cerciorarme de que su cuerpo no yacía inerte en algún rincón oscuro de este maldito edificio.
—¿Dónde está?
—Podrás verla en cuanto aceptes el encargo.
—¡Dime dónde cojones está! —bramé ido, alzando tanto la voz que resonó entre las cuatro paredes del lugar en el que nos encontrábamos—. ¡He aceptado! ¿Qué más quieres, italiano de mierda? ¿Mi puta calavera?
Luca alzó una de sus manos, pidiéndome una calma que no podía aceptar y que no estaba dispuesto a asumir.
—La tienen en una suite —continuó Luca con una tranquilidad abrumadora que me sacaba aún más de mis casillas—. Con todos los lujos que podrías imaginar. Seguridad veinticuatro horas, ni siquiera su hermano podría acercarse, atención médica y un chef privado si lo desea.
—¿Qué sabes tú de su hermano?
—Más de lo que crees, Romanov —respondió con un tono que se me antojó más a una advertencia que a cualquier otra cosa—. Está a salvo… de momento.
Sus palabras flotaron en el aire como promesas envenenadas, como migajas lanzadas a un perro rabioso.
No me creí una sola puta palabra. Pero lo cierto era que, por primera vez en toda mi jodida existencia, me descubrí rogándole a la vida que fuesen ciertas.
Porque si algo le pasaba a Alina… si la tocaban…
si le hacían daño… El mundo ardería. Y yo con él.