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Viktor.
El silencio que se instauró entre ambos después de su confesión no era de esos que alivian, no tenía nada que ver con la calma o el entendimiento, sino con una tensión sorda, profunda, como un peso que se te queda colgado del alma, arrastrándote por dentro y jodiéndote más de lo que estás dispuesto a admitir.
Durante toda mi vida había oído muchas cosas, confesiones, traiciones, muertes, amenazas, ruegos desesperados… Había visto morir a hombres que se arrepentían en el último segundo de su existencia. Joder… Había escuchado de todo. Pero jamás algo como lo que Alina me había dicho.
Solo tú.
Tan simple, crudo y devastador. Había sentido cada una de letras pegándose a mis entrañas, reconcomiéndome por dentro, sin que pudiera hacer nada por evitarlo, porque a pesar de todo, eso era lo que deseaba oír.
Una parte de mí quería abrazarla, llevarla a casa, besarle cada maldita cicatriz, prometerle que no volvería a estar sola, que iba a protegerla de todo, incluso de mí mismo.
Pero la otra… la otra estaba paralizada, presa de un miedo que ni siquiera sabía qué existía, y que en cierto modo venía condicionado por mi pasado.
Porque si la amaba, si le decía que yo también lo sentía, y joder, lo sentía tanto que me dolía el pecho, todo lo demás se vendría abajo.
Así que tragué saliva, y con la voz más grave que me salió, le dije:
—Vamos a casa.
Ella asintió sin responder, y durante unos segundos caminamos sin rozarnos, sin siquiera mirarnos, como si lo que había ocurrido fuese una línea más en el libro que estábamos escribiendo sin ser conscientes de que cada página que pasaba nos acercaba un paso más al infierno.
—Antes… —murmuró—. Necesito comprar un par de cosas, no sé cuánto tie..
—¿Qué cosas? —le interrumpí.
—¿Es que acaso estoy secuestrada? —inquirió.
—Responde —le ordené—. Cuanto menos tiempo estemos en la calle, mejor.
—Un cargador de móvil —respondió, alzando los hombros—. Y unas pastillas.
—¿Qué pastillas? —cuestioné sin acabar de fiarme de lo que estaba diciéndome.
Se quedó en silencio. Tardó unos segundos en responder.
—No es importante —aseguró—. Solo necesito ir a la farmacia un momento.
No insistí. No porque no me importara, sino porque su voz tenía esa nota de «no preguntes» que me era demasiado familiar. Cada uno de nosotros cargaba con fantasmas. Ella también. Y si en ese momento no quería hablar de ellos, estaba bien. Por ahora.
Fuimos primero a una tienda de electrónica, a pesar de que estaba seguro de tener múltiples cargadores en el piso.
Alina se movió con rapidez, comprando el cargador sin mirar demasiado, por lo que me mantuve a unos pasos de distancia, observándola.
No podía apartar la mirada de la forma en la que se recogía el pelo detrás de la oreja, del leve temblor de sus dedos cuando sacaba la tarjeta que le había entregado, de esa expresión endurecida que ahora parecía llevar tatuada en la cara.
Tras salir de allí, fuimos directos a la farmacia más cercana, donde no me dejó entrar.
Me dijo que prefería hacerlo sola y, en cierto modo, le permití ese pequeño lujo, dándole un voto de confianza.
La miré desde fuera, con los brazos cruzados y el ceño fruncido, sintiéndome un puto perro guardián sin correa.
Por suerte, apenas pasaron más de cinco minutos.
Salió con una bolsita blanca entre las manos, con el semblante descompuesto, pero sin emitir ni una sola palabra. No pregunté.
Volvimos al apartamento dando un paseo por la costanera, caminando uno al lado del otro, sin apenas tocarnos.
Había algo incómodo en el aire, como si ambos estuviésemos pisando tierras movedizas que ante cualquier movimiento brusco nos engullirían sin darnos tiempo a reaccionar.
Me mordí la lengua, sintiendo como el corazón me latía como un tambor de guerra en el pecho.
Quería decirle que la amaba, que llevaba demasiado tiempo callándome, adicto a su puta esencia.
Pero las palabras se me agolpaban en la garganta, como si temiera que al decirlo en voz alta fuese a joderlo todo.
Nikolai tenía razón, me moría por sus huesos.
Puede que no solo la hubiese secuestrado por joder a su hermano, por salvarla, sino porque sabía que en el momento en el que ese cabrón le pusiese una mano encima, en el que la matase, mi condena sería vivir en un mundo sin ella.
Desataría el infierno en la tierra, sin temor a represalias.
Me adelanté unos pasos, buscando aire. Fue entonces cuando lo vi.
Un puesto de flores a la izquierda nada más cruzar la calle, junto a una de esas esquinas sacadas de una postal.
Me detuve en seco, girando hacia el vendedor, un hombre anciano con semblante amable y manos llenas de heridas.
Desvié la vista un segundo, viendo como ella se había detenido a atarse los cordones de las zapatillas.
—Una rosa —le pedí—. Solo una.
—Los hombres como tú no compran flores —comentó, dejando que una ligera mueca se dibujase en sus labios.
—Los hombres como yo compramos imperios, no te equivoques —aseguré—. Una rosa.
—Entonces debe ser una mujer muy especial, ¿eh?
No respondí, me limité a extender el billete mientras el hombre rebuscaba entre las flores.
Y entonces, lo oí. Un grito. Pero no uno cualquiera, sino agudo, cortante, desesperado. El tipo de sonido que te parte el alma en mil pedazos, de esos que reconocería incluso siendo sordo. Alina.
Mi cuerpo reaccionó antes que mi cerebro.
Me giré con brusquedad, con la rosa aún a medio camino entre mi mano y la del florista, y lo que vi me heló la sangre.
A unos metros, un hombre la tenía agarrada por la cintura, arrastrándola hacia el interior de una furgoneta con cristales tintados.
Ella no dejaba de forcejear, golpeando, gritando mi nombre con una desesperación tan real que me perforó los huesos.
—¡Alina! —rugí, corriendo hacia ella.
Esta logró soltarse durante un segundo y corrió en mi dirección, tropezando con los adoquines del suelo. Vi como su mano se estiraba hacia mí, vi su boca formar mi nombre, vi el terror en sus ojos. Y entonces, lo inevitable.
Otro hombre salió de la nada, de la sombra tras la furgoneta. Agarró a Alina por el brazo con una fuerza descomunal y, sin darle tiempo a reaccionar, le clavó algo en el cuello.
—¡No! —bramé, sintiendo como todo se me venía abajo.
La rosa cayó al suelo.
La vi mirar su propio brazo, como si no entendiera nada.
Sus piernas comenzaron a ceder, tropezó.
El hombre la sostuvo por la cintura, y a pesar de que intentó resistirse, el efecto del tranquilizante fue demasiado rápido.
Sus párpados se cerraron a medias, sus labios musitaron algo que no alcancé a entender.
Y entonces, todo fue oscuridad. Para ella y para mí, que sentí como una punzada de dolor se clavaba en mi cuello.
—Joder… —logré mascullar.