El legado de los Romanov 41
38%

41

Viktor

El primer rayo de sol se coló entre las cortinas a medio cerrar, proyectando un resplandor pálido y mortecino sobre la habitación, pero no fue eso lo que me despertó, sino el puto silencio.

Uno espeso, pesado, de esos que no te acarician la piel, pero que se te enroscan en el pecho como una serpiente dispuesta a morderte justo en el corazón.

Abrí los ojos con dificultad, sintiendo un leve escozor en los párpados, y ese cansancio que se te pega a los músculos cuando sabes que has dormido mal, no por el cuerpo, sino por el alma.

Llevaba demasiadas noches sin dormir en mi apartamento, encolarecido por la situación, luchando por rescatar a Elena… Y ya empezaba a pasarme factura.

Extendí el brazo hacia el otro lado de la cama, buscando el calor que aún debería estar ahí, el cuerpo que había sentido entre mis brazos unas horas antes, pero lo único que encontré fue la frialdad de las sábanas revueltas.

Me incorporé despacio, con una maldición silenciada arrastrándose por mi garganta como un dulce veneno.

No había ni rastro de Alina. Ninguna nota.

Ningún mensaje. Nada que indicase que aquello que había pasado entre nosotros la noche anterior había sido real.

Por un instante me cuestioné todo, si no habría sido una ilusión de mi mente, una alucinación provocada por el cansancio, el alcohol y las putas emociones que me carcomían.

¿Y si lo había soñado todo? Esa mujer me volvía loco, tal vez esa fuese la respuesta a mis preguntas.

Pasé una mano por mi rostro, y me levanté sintiendo el cuerpo agarrotado a causa de la tensión de los últimos días.

Casi arrastrando los pies, fui al baño, encontrándome con una expresión que no reconocí como propia.

La barba de tres días comenzaba a ensombrecerme el rostro, mis ojos estaban enrojecidos y opacos, reflejando una furia sorda que no entendía de palabras.

Parecía consumido, como si la ira hubiese hecho estragos en mí.

Me lavé la cara con agua fría y salí de baño sin siquiera preocuparme en vestirme.

Fue entonces cuando lo vi. Una de las fotografías que solía guardar con cuidado, oculta entre mis cosas, yacía en el suelo, boca arriba, como un maldito reproche.

Me agaché, la recogí con delicadeza y me quedé mirándola durante varios segundos.

Aquella imagen del pasado era como un maldito eco de una vida que ya no existía, una que jamás volvería a tener.

Pasé la punta de mis dedos sobre el hermoso rostro de Linnet, y la dejé de nuevo en su cajita, sin hacer preguntas, aunque el nudo en mi estómago ya me decía quién las había visto.

No me acerqué a su habitación, dándole un espacio que pensé que le vendría bien. Si había decido marcharse a mitad de la noche, o peor, si lo había soñado, no tenía potestad ninguna para entrar y reclamarla como si fuese mi trofeo.

La cafetera burbujeaba en la cocina mientras el aroma amargo del café comenzaba a llenar el apartamento.

Me encendí un cigarrillo, dejando que se colase entre mis labios, y con cada calada intentaba, en vano, calmar la ansiedad que me golpeaba el pecho con más fuerza que cualquier puñetazo que hubiese recibido en toda mi vida.

Me acerqué a la mochila de Alina, la que había preparado con todo lo necesario para sobrevivir lejos de Moscú, como si hubiese anticipado lo que iba a acontecer.

Rebusqué hasta encontrar el móvil que había guardado en ella cuando Alina estaba inconsciente, por si en algún momento necesitaba contactarme sin que nadie lo supiera. No había ni rastro.

Eso me extrañó, si Alina continuaba durmiendo, ¿qué sentido tenía que se hubiese llevado el teléfono a la habitación? No iba a poder llamar a nadie más aunque quisiera, todos los números estaban bloqueados.

Con pasos decididos y hecho un Miura, me fui para su habitación y lo que vi al abrir me dejó sin habla.

La cama estaba hecha, tenía el pijama doblado sobre la almohada, y no había ni rastro de la ropa que había llevado el día anterior, ni de las botas.

Solté un fuerte alarido, iba a matarla en cuanto la encontrase.

Rebusqué las llaves de casa, las había guardado de manera estratégica para que no las encontrase, pero cuando fui a cogerlas, no estaban. Apreté las manos en puños, sintiendo como un terrible dolor me subía hasta el codo.

—Mierda —bisbiseé al recordar las heridas de la noche anterior.

Marqué su número, a punto de estampar el teléfono contra la encimera para hacerlo picadillo. Una vez.

Dos.

Tres.

Nada.

El puto silencio me respondió con la misma frialdad con la que se había marchado.

Me serví café. Sabía a tierra y derrota, a que había sido un puto necio al creer que podría controlarla sin estar presente. Dejé la taza a medio terminar sobre la encimera y cogí mi chaqueta de cuero. No sabía dónde demonios se habría ido, pero eso no iba a impedirme encontrarla.

El sol ya brillaba con fuerza sobre las calles de Mónaco, contrastando con la negrura que se estaba gestando en mi interior, y que ya arrasaba con cualquier ápice de tranquilidad.

El bullicio de la ciudad era suave, casi elegante, con turistas caminando, risas lejanas y el sonido de los yates en la distancia.

Pero yo no veía nada de eso. Solo tenía un objetivo: encontrarla.

Y entonces, la vi.

Estaba a una manzana del apartamento, con la cabeza gacha, envuelta en una chaqueta técnica que apenas protegía su cuerpo de las primeras luces del día.

Caminaba deprisa, con los pasos torpes de quien no sabe hacia dónde va, solo que necesita escapar.

Pero no estaba sola. Achiqué los ojos y fue cuando me percaté de que un cabrón la seguía, hasta que llegó a ella, acercándosele por detrás.

Hablaba rápido, con gestos agresivos, invadiendo su espacio personal, interponiéndose en su camino.

No la dejaba avanzar. Y Alina… Mi Alina...

no respondía. Solo tensaba los hombros, intentando alejarse del bullicio, esquivándolo sin fuerza, como si el alma se le hubiese caído a los pies.

Algo en mí se partió en mil pedazos.

Apreté la mandíbula y las manos en puños. No pensé. No respiré. Solo corrí.

Cuando llegué hasta ellos, ni siquiera me molesté en preguntar.

El tipo se giró con una sonrisa burlona, una de esas que prometen dolor, pero lo único que recibió fue mi puño impactando con una brutalidad desmedida en su mandíbula.

Cayó hacia atrás, tambaleándose, y antes de que pudiera abrirla boca, le propiné otro golpe, esta vez en el estómago.

Lo tomé por el cuello de la camisa, arrastrándolo a una calle contigua.

Lo alcé con un simple movimiento, a pesar de que el hombre pesaría al menos ochenta kilos.

No había técnica, ni control. Solo una furia ciega, animal, que me nublaba la vista y me hacía perder cualquier noción de límite.

Mi puño se estrelló contra su rostro una y otra vez, sintiendo cómo los huesos se le fracturaban bajo mi piel, cómo su sangre se mezclaba con la mía, cómo el crujido de su nariz al romperse sonaba a música dentro del caos.

Ni los gritos de los transeúntes ni el sonido de las sirenas lejanas me detuvieron.

Solo paré cuando sentí que su cuerpo dejaba de moverse, cuando la vida se le había escapado entre los labios partidos y el cráneo abierto.

Me levanté, con los pulmones ardiendo, las manos cubiertas de sangre y temblando de la rabia que lo había arrasado todo a su paso. Alina estaba allí, a unos pasos, inmóvil. No lloraba. No gritaba. Solo me miraba.

La tomé con fuerza de la muñeca, alejándonos de todo lo que nos rodeaba. Porque sabía que si no lo hacía, en cualquier momento llegarían las autoridades y solo nos serviría para añadir un nuevo problema a la interminable lista que teníamos.

Me giré hacia ella, con los dientes apretados y el pecho latiéndome como un tambor de guerra.

La furia aún me recorría las venas, pero lo que me quemaba por dentro era otra cosa.

Algo más primitivo, más jodido. Verla allí, temblando, con los ojos vidriosos y el alma al borde del colapso, mientras me observaba como si no entendiera nada de lo que acababa de hacer.

—¿Por qué no dices nada? —escupí con el alma en carne viva—. ¿Por qué mierdas me miras así?

—Porque no entiendo qué esperas de mí —susurró, con la voz hecha trizas—. No sé si debo agradecerte o huir de ti.

—¿Es que no te he demostrado ya lo que siento?

—bramé, y la voz me salió ronca, como un rugido salvaje—.

¿Qué cojones quieres, Alina? —inquirí lleno de rabia—.

¿Una declaración? ¿Una promesa que no puedo cumplir?

¿O quieres que me arranque el corazón y te lo entregue para que sepas que ya no me pertenece?

Se llevó las manos a los ojos, limpiando las pequeñas lágrimas que ya aforaban de ellos, y negó con la cabeza.

Una parte de mí murió en el instante en el que negó, creyendo que se refería a que jamás podríamos estar juntos, pero entonces, su mirada tornó de la furia a la ternura, al amor más puro que hubiese podido ver jamás.

—Te quiero a ti, Viktor. —Su voz se quebró—. Me importa una mierda mi familia, mi apellido, mi pasado… —juró—. Solo tú.

La rabia se convirtió en algo peor. Dolor.

Me dejé caer de rodillas en el suelo empapado de sangre, con las manos temblorosas, y el alma hecha trizas.

Porque ahora lo sabía, ya no había escapatoria. Alina era mía. Y yo, llevaba siéndolo desde el primer puto segundo en el que la vi.