El legado de los Romanov 40
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Alina

El eco de su voz aún resonaba en mi cabeza, golpeándome con la misma fuerza con la que lo hizo su negativa, esa sentencia seca, cortante y llena de furia con la que me había prohibido acercar, con la que me alejó, marcándome un límite que sabía que no debía cruzar.

Me quedé en el umbral de la puerta, observándolo entre las sombras, viendo cómo su cuerpo se tensaba mientras la sangre continuaba emanando de su puño, y su mandíbula parecía tan apretada que en cualquier momento se rompería en pedazos.

Pero no, su orgullo fue más fuerte que el dolor. No me dejó entrar para limpiarle la herida, ni siquiera me permitió intentar entender qué demonios acababa de pasar entre nosotros, cómo habíamos pasado de follar hasta perdernos en la piel del otro a este jodido abismo que se abría entre ambos.

Tal vez lo que no quería que viese era la herida que se reflejaba en su mirada, esa que no mostraba, la que tenía en lo más profundo de su ser.

Me di la vuelta antes de que pudiera ver cómo la rabia también me alcanzaba a mí, porque sí, sus palabras me habían perforado el pecho con la misma brutalidad con la que había golpeado el cristal.

En mi mente no podía hacer más que repetir una y otra vez su voz diciendo: «Ni se te ocurra ponerme una mano encima, Orlov». Había sentido su odio, el maldito rencor con el que me miraba, y joder si dolió.

Me encerré en mi habitación, dejándome caer sobre la cama con el cuerpo tan cansado que apenas podía sentirlo, pero con la mente bullendo por todo lo que acababa de pasar.

¿Qué demonios se suponía que debía hacer?

¿Fingir que no era uno de los mayores enemigos de mi familia?

¿Que su hermano no había matado a mi padre?

¿Hacer como si todo eso no hubiese ocurrido y jugar a las casitas?

Intenté dormir, convencerme de que nada de esto debía afectarme, de que lo que habíamos dicho —y lo que no— era lo mejor, que todo esto tenía que acabar, porque en nuestras vidas no había un destino juntos.

Aquel pensamiento me dolió en el alma. Era la peor mentira que hubiese querido creer en toda mi vida. Todo era una jodida mentira.

Cerré los ojos con fuerza, obligándome a no pensar en él, a no recordar sus manos sobre mí, o la sangre brotando de ellas.

No funcionó.

No supe cuánto tiempo dormí, ni siquiera si llegué a hacerlo en algún momento, pero cuando abrí los ojos, la noche seguía presente más allá de los ventanales mientras que una tenue luz permanecía encendida.

La sensación de ahogo en el pecho no había desaparecido, el cansancio pesaba en mis huesos, pero mi mente se negaba a concederme ese descanso que tanto ansiaba.

Me levanté con el cuerpo entumecido, y salí de la habitación a hurtadillas, sin hacer ruido, solo dejándome llevar por el impulso de caminar, para así alejarme de mis propios pensamientos.

El apartamento estaba en completo silencio.

El lugar estaba tan impoluto como cuando llegamos.

El único rastro del desastre acontecido estaba en la mesa, con dos copas de vino vacías, la segunda botella casi terminada y el aire impregnado de ese aroma a alcohol y cenizas.

Me pasé una mano por la cara, intentando despejarme, y avancé con la mirada perdida en la penumbra, permitiendo que mis pasos me guiaran hasta una pequeña estantería cerca del pasillo, una que, a simple vista, parecía vacía, salvo por algunos libros alineados a la perfección y unos pocos objetos personales que desentonaban con la frialdad del lugar.

Y entonces fue cuando mis ojos se posaron en una cajita de madera que reposaba sobre una de las repisas. Era pequeña, discreta, pero aun así, llamó mi atención sobremanera. No tenía llave, ni ningún sello que indicase que debía mantenerse cerrada.

Pese a todo esto, me sentí como una ladrona a punto de obtener el secreto mejor guardado.

Me mordí el labio, sintiendo esa punzada de culpa por estar haciendo algo que no debía, pero mis dedos se movieron más rápido de lo que deberían, y cuando quise darme cuenta, ya tenía la tapa abierta.

Contuve el aliento.

Dentro, había algunas cosas sin aparente importancia: un reloj de hombre viejo, una medalla de San Miguel, algunos billetes antiguos… y fotografías.

Mi pecho se contrajo con fuerza en el instante en el que las saqué de la cajita, y las vi bajo la tenue luz que iluminaba la estancia. Eran de Viktor. Pero no era el hombre que yo conocía.

En la primera fotografía se veía más joven, sin la carga de la mafia marcada en los ojos, sin la dureza en su expresión, con una sonrisa ancha, relajada, tan despreocupada que se me antojó ajena a él, como si ese muchacho no tuviese nada que ver con el mafioso con el que había follado horas atrás. Y a su lado, una mujer.

Era hermosa, tanto que dolía. Tenía el cabello oscuro, ojos grandes, piel clara y una risa que parecía atrapada en aquella instantánea. Viktor tenía su brazo rodeando su cintura, la sostenía con cariño y una familiaridad que me hizo apretar los dientes sin darme cuenta.

Parpadeé con rapidez. Mi mano tembló.

¿Quién era ella? Y, ¿por qué me importaba tanto?

Pasé a la siguiente fotografía con un nudo en la garganta que apenas me dejaba respirar con normalidad.

En esta, él la besaba en la mejilla mientras ella se reía, y supe, sin necesidad de preguntar, que había sido importante para él.

Que, en algún punto de su vida, Viktor Romanov había tenido un corazón latiendo capaz de amar de manera incondicional.

Sentí una presión en el pecho que no quise reconocer como mía.

Sentí celos.

Celos de una mujer cuyo nombre ni siquiera conocía. De esa que pudo ver una versión de él que nadie más vio, una que yo nunca conocería, porque lo que sea que hubo en él antes, lo que le hacía sonreír de aquella forma, ya no existía.

Yo no era la causa de su felicidad, y jamás lo sería.

Me odié por pensarlo. Pero aún más porque lo sentí en lo más profundo de mi corazón.

Respiré hondo, guardé las fotografías con una rapidez absurda, deseando lanzarlas a lo más profundo del océano, cerré la caja con torpeza, y me aparté de la estantería como si me quemara, como si lo que acababa de ver fuera un golpe en las entrañas que no estaba preparada para recibir.

Como una cría insegura, abrí la puerta de su habitación con cautela, apenas lo suficiente como para deslizarme en el interior sin que el ruido del pasillo lo despertara. El lugar estaba a oscuras, iluminado solo por la luz de la ciudad filtrándose entre las cortinas.

Viktor estaba acostado en la cama, de lado, con el brazo cubriéndole el rostro y el otro extendido sobre las sábanas.

Parecía un maldito ángel, uno oscuro, lleno de dolor, pero tan perfecto como cualquier dios.

Me sentí como una furtiva, observándole con delirio, fijándome en cómo su pecho subía y bajaba con una tranquilidad contagiosa.

Avancé en silencio, dejando que mis pies descalzos amortiguaran cada uno de mis pasos hasta que llegué al borde de la cama. No sabía qué demonios estaba haciendo, pero tampoco me detuve.

Con el pulso desbocado, me deslicé entre las sábanas, acomodándome a su lado, deseando cobijarme entre sus brazos, permitiéndome esa cercanía que me había estado prohibiendo desde que le conocí.

No supe si fue el colchón hundiéndose bajo mi peso o la presencia de mi cuerpo tan cerca del suyo, lo que hizo que me tomase por la cintura, pegándome a él, consiguiendo que nuestros rostros quedasen a apenas unos centímetros.

El corazón me latía tan fuerte dentro del pecho que creí que en cualquier momento se me saldría por la boca.

Rocé mis labios con los suyos y, de manera inconsciente, me correspondió, besándome con una sensualidad que provocó que mi sexo se humedeciese al instante. Ahogué un gemido cuando sus ojos se abrieron.

Viktor gruñó con la voz ronca por el sueño y el cansancio acumulado.

—¿Qué demonios estás haciendo? —Su voz sonó más rasposa de lo normal, más vulnerable, más jodida de lo que jamás había dejado ver.

No me moví.

Ni siquiera me atreví a responder, porque lo que de verdad deseaba era jurarle amor eterno y perderme, de nuevo, en sus brazos. Tenía el ceño fruncido y la mandíbula tensa, mientras me observaba con una mezcla de desconcierto y exasperación.

—Vas a volverme loco.

Cerré los ojos, permitiéndome saborear por un segundo la forma en la que me había mirado.

—No podía dormir —musité—. ¿Puedo quedarme?

Con un leve gruñido, accedió, con los ojos cerrados, y una calma que no logré entender. Aunque lo cierto es que poco importó, porque no es que no pudiera dormir, sino que me negaba a hacerlo si no era con él.