El legado de los Romanov 39
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Viktor

El agua caliente se apagó, dejando un silencio pesado en la habitación, uno de esos que no tiene nada que ver con la calma, sino más bien con una tensión importable, de esa que se te pega a la piel y que presagia algo que ninguno de los dos estaría preparado para enfrentar.

No era el mismo silencio que nos había envuelto en la ducha, cuando su boca se aferraba a la mía con desesperación y su cuerpo se tensaba bajo mis manos mientras la hacía mía.

Ahora, entre ambos, se extendía un silencio sepulcral, cargado de pensamientos no expresados, de decisiones que cada vez parecían más jodidas, y de una distancia que se abría entre ambos, incluso cuando seguíamos en la misma habitación.

Salí de la ducha tras unos minutos, con la certeza de que, si me quedaba más tiempo bajo el agua caliente, terminaría por arrancarme la piel en un intento inútil de borrar su acto, de arrancarme de la cabeza la imagen de su rostro mientras llegaba al clímax, de la forma en la que sus uñas se aferraban a mi espalda como si no quisiera soltarme nunca.

Pero todo eso ya no importaba.

Cuando volví a la habitación, ella estaba frente a la cama, de pie, con una toalla envuelta en el cuerpo y el cabello cayéndole por la espalda en ondas húmedas, sin mirarme ni desviar la mirada de los leggings y la camiseta blanca que sacaba de su maleta.

Se vistió con la misma calma con la que alguien se pone una armadura, y fue entonces cuando me di cuenta de que ese podía ser el final para ambos.

No me dirigió una sola mirada, ni una palabra o un gesto que indicara que hacía unos minutos jadeaba mi nombre con la voz estrangulada por el placer.

Me limité a hacer lo mismo, permanecer en absoluto silencio.

Me acerqué a la cama, para encenderme un cigarrillo, sin siquiera cubrirme.

Mostrando esa desnudez que sabía que le hacía perder el control.

Saqué del armario unos pantalones deportivos, una camiseta negra, y caminé hasta la cocina sin pronunciar palabra alguna, sintiendo como la tensión se volvía más densa con cada segundo que pasaba.

El problema no era el sexo, nunca lo había sido, porque cuando nos tocábamos no existía nada más en el mundo, ni la mafia, ni las familias, ni las traiciones, ni el hecho de que éramos enemigos por naturaleza.

El problema era lo que venía después, lo que se quedaba cuando el deseo desaparecía y nos encontrábamos con la realidad de que lo nuestro no podía ni debía ser, pero de alguna jodida manera, lo era.

—He comprado algo de comida. —Mi voz rompió el silencio con una calma que no sentía, con la intención de normalizar lo que fuera que estaba pasando entre nosotros—. Es algo típico de aquí.

Ella apenas se giró, lo suficiente como para fijar sus ojos en los míos con esa intensidad con la que siempre lo hacía cuando quería leerme, como si buscara en mi expresión una razón para seguir fingiendo que todo esto no le afectaba, como si intentara convencerse a sí misma de que nada de lo que había pasado en el avión o en la ducha había significado algo.

—¿Desde cuándo te interesa la gastronomía local? —cuestionó con un deje de burla en la voz, arqueando una ceja, y dejando que la ironía la envolviera con el mismo descaro con el que me miraba cuando quería provocarme.

Me encogí de hombros con desinterés, como si me diera igual su pregunta y no estuviera pendiente de cada jodido gesto que hacía, como si no me importara la forma en la que ese estaba forzando a comportarse como si todo esto no estuviera marcándola tanto como a mí.

—No lo hace —respondí sin ganas—. Pero tengo que asegurarme de que no mueras de hambre antes de que volvamos a Moscú. —Sonreí de manera fingida, permitiendo que lo notase.

Su mandíbula se tensó ante mi respuesta, una mueca se esbozó en sus labios, algo similar a una sonrisa, pero sus ojos no decían lo mismo, ya que se oscurecieron por algo que no supe descifrar del todo, porque si bien podía ser rabia, también miedo, o incluso, lo peor de todo: resignación.

Nos sentamos en la mesa sin decir mucho más, con la comida entre nosotros como si de un muro invisible se tratase, como si pudiera evitar lo inevitable o detener la guerra silenciosa que se estaba gestando en ese preciso instante.

—¿Has estado en Mónaco antes? —pregunté, intentando retomar la conversación que, de alguna manera, parecía fuera de lugar, pero que necesitaba para no enloquecer con toda la mierda que comenzaba a cumularse en mi cabeza.

Ella tomó su copa de vino con calma, como si la pregunta no significase nada.

—No —musitó—. Aunque Lev sí. Vino varias veces con mi padre cuando aún estaba vivo.

Lo último lo dejó ir con retintín, recalcando el hecho de que su padre había muerto y, obviamente, los Romanov habíamos sido los culpables de ello.

Vi como sus dedos se tensaron alrededor del cristal, como el leve temblor de su mano delataba que, en el fondo, el nombre de su padre continuaba atormentándola, que, aunque no lo dijera en voz alta, había una parte de ella que aún no había procesado todo lo que ocurrió en aquella nave.

Y entonces, sonrió, pero no fue una sonrisa real, sino una rota, una de esas que te dejan con mal sabor de boca, de las que te hacen querer arrancarle la rabia con las manos y reemplazarla con devoción. Porque sí, a pesar de todo, deseaba besar cada paso que diese con tal de no verla de esa manera.

—Supongo que ahora ya no importa.

No respondí, porque no supe qué demonios decir. Porque si abría la boca, diría algo que no debía o lo jodería todo aún más.

La cena continuó como si nada, siendo los dos desconocidos que realmente éramos, porque a pesar de que yo quisiese saberlo todo de ella, al final del día eso era lo único que no podíamos fingir. Una amistad. Un amor.

Nos terminamos las dos botellas de vino más rápido de lo que creí que lo haríamos, supuse que el hecho de no hablar tenía algo que ver.

Con el alcohol en sangre, la tensión en la habitación se volvió aún más densa que antes, pero no incómoda, sino llena de una electricidad que ambos conocíamos y que ninguno de los dos quería nombrar.

Pero ahí estaba, colgando de nuestras cabezas como una espada afilada a punto de caer para partirnos en dos.

Alina me miró con los ojos brillantes, con el cabello revuelto cayendo en suaves ondas sobre sus hombros, con esa expresión que no quise entender, porque sabía que, si lo hacía, no habría vuelta atrás.

—Todo esto es una mierda. —Su voz sonó estrangulada con esas cuatro palabras, y joder, sentí cómo me atravesaban por dentro, como su desesperanza se enredaba en la mía y lo hacía todo aún más insoportable.

Asentí con lentitud, porque a pesar de todo lo que una vez había pensado, Alina seguía enraizándome en lo más profundo de mi corazón como un puto cáncer, arrasando con todo a su paso.

—Lo sé —musité.

Ella tomó aire con dificultad, como si lo que fuese a decir le costase más que cualquier otra cosa en su vida.

—No podemos hacer esto, Viktor.

—¿Qué quieres decir?

Soltó una risa amarga y pude ver la pena en sus ojos.

—Ya lo sabes. —Hizo una breve pausa—. Cuando volvamos a Moscú y todo esté solucionado, no hay cabida para esto.

Nos miramos en silencio.

Me dolió el pecho.

Dios si dolió. Lo hizo como si una maldita bala estuviese perforándome la carne. Porque sabía lo que venía. Lo había sabido desde el primer momento en el que la toqué, desde la primera vez que sentí su cuerpo rendirse bajo el mío.

No dije nada, porque si abría la boca, iba a rogarle que se quedara, y yo no rogaba a nadie. No mendigaba amor.

Mis puños se cerraron con tanta fuerza que sentí las uñas clavándose en mi propia piel, el calor subiéndome por el cuello, la furia latiéndome en la sien y el ardor de sus palabras consumiéndome por dentro hasta tal punto que me olvidé de respirar.

Me levanté como impedido por un resorte, sin decir nada, alejándome de la mesa y del salón.

Cerré la puerta de la habitación, porque sabía que como saliese, acabaría matándola o tal vez peor…

Confesándole que me moría por sus putos huesos.

El alcohol ya rugía en mis venas, la rabia me carcomía desde dentro, y antes de poder pensar, golpeé con fuerza la maldita ventana.

El sonido del impacto resonó en la habitación como un trueno, la sangre comenzó a brotar al instante, llenando el suelo de mármol blanco de pequeñas gotas rubí mientras los vidrios astillados se repartían por el suelo.

Pude escuchar los pasos de Alina, y cuando la puerta se abrió, lo que vi en sus ojos me confundió. Puro shock, pesar, dolor.

—¡Viktor! —exclamó al ver como todo el líquido comenzaba a empapar la alfombra que había más allá.

—No.

—Estás sangrando… d-déjame ayudarte —balbuceó.

—Ni se te ocurra ponerme una mano encima, Orlov —escupí con asco.

Mi voz salió más dura de lo que esperaba, pero no me importó. Me dio igual que le doliese, o que sus intenciones fuesen buenas. No cuando su decisión aún me latía en el pecho como un puñetazo directo al alma.

Alina se quedó en el umbral de la puerta, con las manos temblorosas y la boca entreabierta, y fue entonces cuando supe que ese instante marcaba un punto de no retorno.