El legado de los Romanov 38
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Alina

El avión aterrizó en Mónaco con una suavidad que no coincidía con la tormenta que tenía en la cabeza.

Fuera, la noche se extendía sobre el mal como un vuelo oscuro, salpicado de luces doradas que se reflejaban en el agua.

Era hermoso, sofocante y, al mismo tiempo, se me antojaba como una maldita prisión.

Viktor no me había dicho ni una sola palabra desde que nos vestimos, después de que termináramos de follar como animales en la jodida habitación. Tras dejar que me tomara como si yo le perteneciera. Y lo peor de todo era que, por un instante, me gustó sentirme suya.

Caminé tras él con la mandíbula apretada, observando cómo se movía con la seguridad de quien sabe que todo y todos le pertenecen. El coche negro ya estaba esperándonos en la pista privada, con un conductor que no dijo ni una sola palabra mientras subíamos.

No pregunté dónde íbamos. No porque confiara en él, sino porque sabía que, aunque lo hiciera, no me respondería.

El trayecto hasta el piso franco fue silencioso. La ciudad se deslizaba por la ventana como un desfile de edificios y calles desiertas. No pude evitar peguntarme qué demonios hacía aquí y cómo había llegado a ese punto.

¿Era un secuestro? ¿O una decisión que no estaba dispuesta a admitir que había tomado por mí misma? Podría haberle reducido en mi apartamento, pero no lo hice, y ese fue mi error. Le di el margen suficiente como para que me inyectase el sedante.

Cuando el coche se detuvo, Viktor salió primero. No me ofreció la mano, ni me dirigió una sola mirada, y eso me jodió más de lo que debería.

—No te quedes ahí, princesa —murmuró con la voz ronca—. No quiero tener que cargarte hasta arriba.

Le fulminé con la mirada y bajé del automóvil.

El piso franco al que me había traído no era lo que esperaba.

No era un refugio oscuro y decadente, no había humedad, ni ratas corriendo por los rincones, ni armas esparcidas por todos lados.

Era un enorme apartamento de lujo con una vista que cortaba la respiración.

Los ventanales daban directos al mar, la brisa salda se filtraba por la recién abierta puerta que deba a la terraza.

El mobiliario era minimalista pero caro, con tonos oscuros y líneas limpias.

Nada parecía improvisado. Todo en el lugar decía una cosa: Viktor Romanov tenía un pie en el mundo del crimen y otro en la realeza.

Y, de alguna manera, yo ahora formaba parte de todo eso.

—Voy a comprar algo de comida. —Su voz interrumpió el torrente de pensamientos que cruzaba mi mente—. No toques nada, ni se te ocurra intentar salir, ni llames a nadie.

Me crucé de brazos.

—¿Y si lo hago?

Se detuvo en la puerta, mirándome con esa media sonrisa suya que hacía que quisiera arrancarle la garganta a mordiscos.

—No lo harás —sentenció y, sin esperar respuesta, salió.

Me dejé caer en el sofá, sintiendo el cansancio asentarse en mis músculos. ¿Cómo demonios había llegado a esta situación?

Hacía apenas unos días tenía un plan claro: sobrevivir.

Huir del país, escapar de Lev, tomar las riendas de mi vida.

Pero ahora… Ahora estaba en Mónaco, en un apartamento que no me pertenecía, con un hombre al que apenas conocía, pero al que sentía que sí pertenecía.

Me negaba a dejar que mi mente divagase en esa dirección.

No podía permitir que esos pensamientos fuesen reales, y mucho menos verbalizarlos.

Me llevé las manos al rostro y exhalé con frustración. Pero ¿por qué lo que estaba haciendo estaba mal?

Por mi familia.

Mi maldita familia me había dejado tirada.

Mi padre estaba muerto, y mi hermano quería el mismo destino para mí.

¿Por qué demonios debía seguir aferrándome a un código que no pertenecía?

Siempre me habían tratado como a una cría, y no como a la estratega que había nacido para ser.

Me habían subestimado, y no permitiría que siguiesen haciéndolo.

Si Viktor me deseaba de aquella forma tan visceral, ¿qué problema había en que yo también lo hiciese?

Éramos dos adultos, o al menos, él lo era.

La diferencia de edad era más que visible, Viktor debía de ser al menos nueve años mayor que yo, ya que según tenía entendido había sido compañero de Lev en la escuela. Pero ¿qué demonios importaba eso?

El agua caliente cayó sobre mi cuerpo, envolviéndome con un vapor denso que se aferraba a mi piel, como si pudiese sanar todas y cada una de las heridas que marcaban mi cuerpo y mi alma.

No supe cuánto tiempo llevaba ahí, con la frente apoyada en los azulejos oscuros de la ducha, con el líquido resbalando sobre mis hombros y la espalda. Intentando no pensar en él, la manera en la que su boca se deslizaba por mi piel. Borrándolo de mi mente.

Pero entonces, lo sentí.

Un escalofrío recorrió mi columna antes incluso de que escuchara la puerta abrirse.

No me giré. No hacía falta. Pude escuchar el sonido de su ropa cayendo al otro lado de la mampara de diseño.

El calor de su cuerpo se filtró a través del vapor cuando se metió dentro de la ducha, y posó sus labios sobre mi hombro izquierdo.

—No puedes dejarme en paz ni cinco minutos, ¿eh, Romanov? —musité al mismo tiempo que me daba la vuelta para fijar mi vista en la suya.

Sus manos se apoyaron en la pared, a cada lado de mi cuerpo, atrapándome sin tocarme, sin siquiera rozarme.

—Podría decir lo mismo de ti, princesa.

El agua descendió por su cuerpo, y no pude evitar fijarme en la manera en la que las gotas comenzaban a deslizarse por su pecho tatuado, por cada uno de los músculos que le cubrían, y por un instante deseé ser yo quien lo recorriese con la lengua.

Me mordí el labio inferior de manera inconsciente, a sabiendas de que el hombre que tenía frente a mí iba a hacerme perder la poca cordura que quedaba en mi interior y que me suplicaba que me dejase llevar.

Cuando alcé la vista, me encontré con la mirada de una bestia, de esas que cuando atrapan una presa, no tienen intenciones de dejarla ir. Contuve el aliento, sintiendo como mi sexo se humedecía. Lo cierto era que yo tampoco deseaba que lo hiciera.

—Déjame en paz, Viktor —bisbiseé fingida al mismo tiempo que posaba una mano sobre su duro pecho.

Por un instante creí que me derretiría allí en medio. Viktor no se movió, únicamente se limitó a sonreír ladino, a sabiendas de lo que estaba a punto de ocurrir. Su boca se estampó contra la mía, devorándome con delirio, y fue entonces cuando supe que estaba perdida.

No hubo besos suaves, ni paciencia. Solo el ansia de dos cuerpos necesitados de algo más.

Sus manos descendieron por mi espalda, fuertes, posesivas.

Cuando llegaron a mi trasero, tiraron de mí de manera brutal, obligándome a pegarme a él.

Su erección presionó mi vientre y un gemido traidor se escapó entre mis labios.

—No tienes ni idea de lo mucho que quiero follarte ahora mismo, tigrítsa.

Mi respuesta fue envolver mis piernas alrededor de su cintura y hundir mis dedos en su cabello. Ya no había excusas ni mentiras. El primer roce de su miembro contra mi entrada me hizo jadear de inmediato, mientras la calidez del agua contrastaba con la brutalidad de su tacto.

La mirada del hombre que tenía frente a mí se había vuelto tan oscura que por un instante se me antojó el demonio, pero lo cierto fue que eso me gustó aún más, sobre todo, cuando sus labios volvieron a buscar los míos con impaciencia.

Me aparté lo suficiente como para que este emitiese un gruñido, desaprobando mi gesto, pero por unos segundos me tomé la libertad de observarle de cerca, como nunca había hecho.

Viktor era el hombre más brutalmente sexy que hubiese visto jamás.

Sus ojos eran verdes, cambiantes, letales, como él.

Sobre su ceja izquierda tenía una pequeña marca, una cicatriz que aún se resistía a desaparecer.

Mientras que sobre su nariz descansaban unas pocas pecas que le daban un aire distinto, y que contrastaban con todo lo demás.

Sus labios eran finos, pero al mismo tiempo lo suficientemente carnosos como para desear mordisquearlos a cada segundo del día.

—Viktor… —musité contra su boca cuando su sexo se restregó contra el mío.

No me dejó terminar.

De una sola estocada se hundió en mí con una brutalidad que me arrancó un grito que murió ahogado en mi garganta. Todo mi cuerpo respondió a él, engulléndolo con delirio, de la misma manera que me miraba sin dejar de entrar y salir.

—Joder —masculló pegado a mi cuello—. Estás tan caliente y húmeda... —ronroneó contra mi oído, sujetándome con fuerza, consiguiendo que su miembro me atravesase en cada una de las acometidas.

Sus movimientos se volvieron cada vez más lentos, llevándome al delirio, provocando que mi espalda se arquease, chocando contra los azulejos, mientras su boca devoraba la mía con la desesperación de alguien que no tiene intención de detenerse.

—Eres mía, tigrítsa. —Su voz se rompió en un gruñido gutural cuando me embistió más fuerte, tan profundo que no pude evitar jadear—. Solo mía.

El agua caía a nuestro alrededor, resbalando por nuestros cuerpos entrelazados, convirtiendo cada roce en un maldito incendio.

Sus dedos rodearon mi garganta con una fuerza calculada.

No me ahogaba, pero me tenía. Y lo peor de todo era…

que me gustaba. Me excitaba, haciéndome sentir que, de alguna jodida manera, podía terminar conmigo en cualquier instante, mientras su pulgar comenzó a trazar círculos sobre mi piel.

Al mismo tiempo que su otra mano se aferraba a mi cadera, guiando cada uno de sus movimientos con una intensidad que me hizo querer morir en sus brazos.

—Dilo, tigrítsa —me ordenó, lleno de lujuria.

Mi sexo palpitó, sintiendo como la oleada de placer estaba cada vez más cerca, cómo el roce de nuestras pieles provocaba estragos en mí.

—Vete a la mierda, Viktor —siseé en el instante en el que apresó con más fiereza mi cuello.

Su respuesta fue lanzarse a mis labios, mordiéndolo y tirando de ellos con tanta saña que llegó a provocarme una herida. No dejó de moverse en aquel baile frenético en el que estábamos metidos, delirante, sensual, y capaz de llevar a cualquiera a la maldita locura.

—Me vuelves loco, Alina —musitó.

Y no necesité nada más para notar cómo todo mi cuerpo se tensaba al mismo tiempo que lo hacía el suyo. Me dejé ir, gritando su nombre amortiguado en su boca, mientras él no dejaba de moverse, ido, gruñendo, escuchando como el eco de nuestros jadeos se ahogaba bajo el sonido del agua.

No podía fingir que lo que hacíamos estaba mal. No después de algo así. No cuando todo mi cuerpo aún ardía con su nombre escrito en cada jodido centímetro de mi piel.