37
Alina
Quería pertenecerle, perderme en cada uno de sus gestos, de sus gruñidos, porque sí, me obsesionaba sacarle de quicio.
Viktor me miraba como si fuese la única mujer sobre la faz de la tierra, esa a la que sería capaz de entregarle su corazón sin mediar palabra.
Contuve el aliento al ver como su abultado miembro se colaba entre mis piernas completamente desnudo, dispuesto a darme le placer que tanto ansiaba.
—¿Te gusta mirar cómo entra en tí? —cuestionó con la voz tan ronca que consiguió erizar cada vello de mi cuerpo.
Asentí mordiéndome el labio inferior, y antes de que pudiera esperármelo, se adentró en mí de una sola estocada, permitiéndome ver como cada centímetro de su erección se adentraba en mi sexo con una facilidad insultante.
Viktor era el hombre más atractivo que había visto jamás. Sus ojos eran tan verdes y cambiantes, que nunca sabías lo que escondían.
Una hermosa sonrisa ladina se dibujó en sus labios cuando un profundo gemido se me escapó, rasgándome la garganta.
Alzó la ceja izquierda, esa que aún tenía la cicatriz que le habían hecho de pequeño y que le daba un aire peligroso que me volvía loca.
Apreté los dientes, cuando comenzó a moverse con más violencia, cuando el bombeo se tornó duro y seco, haciendo que nuestra unión resonase en toda la estancia.
—Estás tan prieta… —musitó—. Podría correrme en cualquier momento y no me sentiría mal.
Arrugué el entrecejo.
—Pero antes voy a hacerte estallar, tigrítsa.
Aquello sonó más a una promesa que a algo dicho al aire.
—Vas a tener que demostrármelo —le reté.
—Te demuestro lo que quieras.
Su simple respuesta hizo que mi sexo palpitase ansioso, engulléndole.
Estampó sus labios contra los míos con firmeza, devorándome con la misma ansiedad que yo sentía. Porque sí, le detestaba, pero algo en mí me hacía desearle cada vez más.
Ahogué un quejido cuando atrapó mi labio inferior entre sus dientes y tiró de este.
Al separarnos tuve que coger una bocanada de aire, intentando llenar mis pulmones de algo que no fuese esa necesidad que me corroía por dentro.
Me observaba con la perdición en la mirada, con esa jodida obsesión que era capaz de hacerme perder la poca cordura que me quedaba.
Quería olvidarme de quién era, de todo lo que había entre nuestras familias, de lo que él había hecho, y de lo que yo misma había sido capaz de hacer por su culpa.
Durante demasiado tiempo me había sentido mal por haberme enganchado así a un Romanov, pensé que traicionaba a todo lo que siempre había sido, pero después de lo que hizo Lev, todo había cambiado.
—¿En qué piensas? —me preguntó, al verme ausente.
—En el pasado… —musité.
—Deja que te ayude a olvidarlo —me pidió rozando sus labios contra los míos, aunque se me antojó más a una súplica.
Una parte de mi mente así quería que fuese, como si después de bajar de ese avión el pasado no existiera, como si Alina Orlov se hubiese quedado en Moscú.
Eso jamás ocurriría.
No cuando estábamos metido en un mundo como lo era el nuestro, donde la traición se pagaba con sangre, y la familia era sagrada.
Apreté los labios sintiendo como los ojos se me llenaban de lágrimas y fue entonces cuando comenzó a besar mi rostro, llevándose consigo el dolor para traer al presente un sentimiento mejor.
—Hazme tuya —musité.
Viktor dejó ir una sonora carcajada que retumbó por toda la estancia, y me miró con picardía.
—¿Aún no te has dado cuenta?
Achiqué los ojos, sin comprender del todo a qué se refería. Se detuvo en seco, acercándose a mí lo suficiente como para que sus labios rozasen mi oreja.
Contuve el aliento al sentir como el vello de mi cuerpo se erizaba ante ese simple contacto.
—Siempre has sido y serás mía.