36
Viktor
Su aliento rozaba mi piel como un veneno dulce del que deseaba morir, su mirada se aferró a la mía con un desafío que me hizo arder por dentro. No había miedo ni sumisión en ella. Solo fuego.
—Yo no necesito que nadie me salve, Anubis.
Las palabras quedaron suspendidas en el aire, vibrando entre ambos, cargadas de un poder tan brutal que provocó que un impulso eléctrico me recorriese.
Mi miembro se endureció al instante. Verle con aquella actitud conseguía que perdiese la poca cordura que me quedaba y con la que me juraba que iba a resistirme a la puta tentación que tenía sobre mí.
Alina iba a matarme, o iba a matarla yo a ella.
Y no estaba seguro de cuál de las dos opciones me excitaba más.
La tenía encima, con el cuchillo aún presionando mi garganta, con su peso atrapándome en el asiento, como si realmente pudiese doblegarme, como una diosa capaz de dominar a todo aquel que se cruzase en su camino.
Apreté la mandíbula con tanta fuerza que creí que se me partirían las muelas en cualquier momento. Joder.
Mis manos se deslizaron por sus muslos con lujuria, sintiendo la tensión en cada fibra de su cuerpo, la forma en la que su respiración se volvió más errática cuando presioné mis dedos en la parte interior de sus piernas.
—No sabes lo cachondo que me pone verte así, como una jodida amazona, tigrítsa.
Quise arrancarle el pantalón a mordiscos, enterrarme en ella para que olvidase que estábamos a miles de kilómetros de casa, de que su padre acababa de morir, o que tenía un hermano capullo que quería acabar con ella.
Quise follármela hasta morir, ¿existía un mejor fin que ese? En las nubes, y enredado en su cuerpo.
El filo del cuchillo tembló apenas un segundo sobre mi piel. Ella lo sintió. La chispa. La maldita energía que corría entre nosotros y que llevaba semanas contenida, esperando para explotar.
Antes de que pudiera reaccionar, la tomé. Mis manos se cerraron alrededor de su cintura, y la levanté en un movimiento rápido, haciéndola jadear por la sorpresa, a riesgo de que me apuñalase en cualquier momento. Pero no la solté, no le di oportunidad para retirarse.
—¡Viktor! —bramó, intentando forcejear cuando me la llevé en brazos, con el cuchillo aún aferrado entre sus dedos, pero no hizo nada cuando la empujé contra la puerta del camarote.
El arma cayó sobre la moqueta, provocando un ruido sordo al que apenas le di importancia.
Estampé mis labios contra los suyos, besándola como si quisiera devorarla. No hubo suavidad, ni paciencia. No la necesitaba, no cuando podía sentir como todo su ser reaccionaba al mío, la manera en la que me devolvía cada uno de mis gestos.
Chocamos contra la pared cuando cerré la puerta a nuestra espalda.
Mi boca aplastaba la suya, reclamándola como lo que era: mía.
Alina soltó un gemido contra mi boca, el cual me tragué con una satisfacción perversa.
Su cuerpo se arqueó contra el mío, mientras nuestras lenguas se enredaban con la misma fiereza con la que me había atacado con el cuchillo.
Esto no era amor. No era un romance ni una historia de hadas, como había dicho Nikolai. Era guerra. Era una puta necesidad enfermiza.
Sin soltarla, hice que retrocediese hasta el punto en el que sus piernas se diesen con el colchón.
Sus manos ya se apresuraban, con torpeza, a desabotonar la camisa que acababa de ponerme tras la ducha.
Sonreí ladino, con esa maldad que tanto amaba, viendo cómo la lujuria tomaba el control de su mirada.
Solo me bastó un simple movimiento para deshacerme de su camiseta, dejando a la vista sus turgentes y pequeños pechos.
Cuando logró quitarme la camisa, la lanzó a la otra punta de la habitación, provocando que dos botellas se cayeran al suelo, mientras sus dedos se enredaban en mi cabello.
Su piel ardía contra la mía. Se movía como si el deseo le quemase más que a mí, como si odiara cuánto me deseaba dentro de ella, pero al mismo tiempo no pudiese resistirse.
—Dime que no me deseas y me detendré —gruñí contra su boca, porque ansiaba escucharla.
Me miró como si me odiara, como si quisiera arrancarme la garganta de un mordisco, con las pupilas tan dilatadas que apenas quedó lugar para esos ojos que me quitaban el sentido.
Su pecho subía y bajaba agitado, tenía los labios hinchados y enrojecidos por cada uno de nuestros besos.
Podía mentirse a sí misma, pero no a mí.
—Dímelo. —Mi voz fue un gruñido bajo, ronco, cargado de impaciencia que ya vibraba sobre mi piel—. Dime que no es esto lo que deseas.
Llevé mi mano derecha a su rostro, pasando el pulgar sobre su labio inferior, delineando su boca con la calma de un psicópata, el mismo que disfrutaba del jodido momento en el que su presa se daba cuenta de que no tenía escapatoria.
Alina tragó saliva, mientras sus pechos no dejaban de rozarse contra el mío con cada jadeo contenido.
—Vete a la mierda —siseó.
Solté una carcajada y sonreí ladino.
—Lo sabía.
Mi boca descendió hasta su cuello, deslizando mis labios sobre su piel con una lentitud exasperante.
No la besé. No aún. Solo dejé que sintiera mi respiración, el calor de mi lengua recorrer cada centímetro de su piel, el roce de la punta de mis dedos al descender por su cintura, tomando posesión de todo su cuerpo.
Mordisqueé sus pezones erectos, delineé sus pechos con delirio, deleitándome con el dulce aroma que vestía su piel, percibiendo como el vello de su cuerpo se erizaba a cada lamida.
Alina intentó aferrarse al último resquicio de cordura que le quedaba, a esa parte de ella que me odiaba tanto como para no ceder al mejor polvo de su vida.
Pero falló. Lo hizo cuando mis dedos se deslizaron entre sus piernas, en el preciso instante en el que la toqué donde más me necesitaba.
Su espalda se arqueó con un jadeo ahogado, y un profundo gemido se escapó de su interior.
—Mierda —masculló entre dientes, con los ojos cerrados.
Mi sonrisa se ensanchó contra su clavícula.
—No me mires así, princesa —bisbiseé, sintiendo que mi voz se había vuelto ronca por el deseo—. Vas a hacerme creer que, de verdad, disfrutas de esto.
Su respuesta fue una maldición ahogada, pero no importó.
No tenía escapatoria, iba a ser mía le gustase o no, aunque cada vez tenía más claro lo mucho que deseaba ese momento.
Mis labios descendieron hasta el valle de sus pechos, mientras mis dedos no dejaban de hundirse en ella, exigiéndole más, curvándose, llevándola a un punto de desesperación que se negó a aceptar en voz alta.
Clavó las uñas en mis hombros, sus caderas se movieron de manera instintiva contra mi mano, como si no pudiera evitarlo.
—Dilo —le ordené, al mismo tiempo que le abría las piernas lo suficiente como para posicionarme frente a su lugar prohibido.
Joder. Estaba tan húmeda que pensaba ahogarme en su puta esencia si hacía falta. Paseé mi lengua por su abertura, deleitándome con los pequeños espasmos que sufría su cuerpo, con la forma en la que me engullía su sexo.
—Vamos —ronroneé como un maldito gato—. Dilo, o te dejaré así.
Su mirada ardió cuando se encontró con la mía.
—Hijo de puta.
Sonreí contra su piel para, segundos después, torturarla, lamiéndola de arriba abajo, llevándome conmigo ese placer que la invadía. Lo hice con la paciencia de un verdugo que disfruta de su trabajo.
—Eso no es lo que quiero escuchar.
Sus muslos temblaron cuando mi boca volvió a acercarse a donde más me necesitaba, mientras mis dedos no dejaban de masturbarla, aunque lo que de verdad deseaba era follarla como un puto animal.
Y entonces, sin previo aviso, la dejé ir, apartándome por completo.
Alina abrió los ojos con furia, con la respiración agitada y con el cuerpo temblando a causa de la lujuria contenida. Me odiaba más que nunca, y lo cierto era que estaba disfrutándolo de lo lindo.
Me incorporé, mirándola con una media sonrisa cargada de satisfacción, porque sabía que ya había ganado.
Sin mediar palabra, me deshice de los vaqueros que vestía, dejando a la vista la poderosa erección que habían estado conteniendo.
Apuntándola con el arma que más placer le daría.
Llevé una de mis manos a ella, y pude ver cómo Alina se relamía, porque sí, no podía apartar la vista de lo que tanto deseaba.
—Hazlo —musitó en un tono que se me antojó más una súplica que una orden.
Me arrodillé en la cama, colocándome sobre ella como un maldito depredador, porque eso era lo que quería ser. El hombre que la devorase para que nadie más pudiera reclamarla como yo lo hacía.
—Voy a follarte, tigrítsa. —Mi voz sonó ronca, cargada de promesas oscuras—. Lo voy a hacer para que jamás olvides a quién perteneces.
—Jódeme la vida, Viktor —ordenó, y quise postrarme a sus pies para venerarla como la diosa que era.