El legado de los Romanov 35
36%

35

Alina

Desperté jadeando, con el corazón encogido y mi pecho oprimiéndose como si me hubieran sumergido en una balsa de hielo.

El aire a mi alrededor parecía denso, cargado de algo que no supe identificar.

Mis pulmones lucharon por encontrar las fuerzas para respirar, pero mi mente aún estaba atrapada en la negrura de un sueño que se evaporaba como la arena de la playa entre las manos, demasiado rápido.

Los oídos se me embotaron. Abrí la boca intentando hacer desaparecer esa sensación tan desagradable.

Miré a mi alrededor, sin saber dónde me encontraba, ni qué demonios había pasado.

Solo sentía la urgencia de huir hacia cualquier lado.

Me incorporé de golpe, con la piel pegajosa por el sudor, los músculos tensos y el corazón latiéndome con tanto fervor en el pecho que creí que en cualquier momento me daría un infarto.

La habitación era extrañamente silenciosa, iluminada por un tenue resplandor dorado de dos apliques que reposaban sobre la cama.

Fruncí el ceño, fijándome en las pequeñas ventanillas que había en el lado derecho.

No había ruido de tráfico, ni el eco distante de la ciudad.

Solo un leve zumbido constante.

Un avión.

Mis ojos recorrieron el espacio con rapidez, asimilando los detalles con la velocidad del rayo.

El mobiliario de lujo, las sábanas de seda marfil, el olor a cuero y a whisky impregnado en el aire, la sutil vibración bajo mis pies.

Estaba volando, y no era un sueño. Entonces, lo recordé.

El apartamento, Viktor, el forcejeo… Y la puta aguja perforando mi piel.

Un escalofrío me recorrió la espalda, encendiendo un fuego en mis venas, provocando que la rabia comenzase a consumirme. Apreté los dientes, sintiendo la furia expandirse en mi pecho como un incendio en pleno bosque. Ese hijo de puta me había drogado.

Aparté las sábanas de un tirón y salté de la cama sin importarme si mi cuerpo estaba aún entumecido por el tranquilizante, o incluso por las, aún latentes, heridas que Lev me había hecho. Pero nada de eso iba a hacer que me quedase ahí como un pasmarote.

Empujé la puerta con tanta fuerza que golpeó la pared con un sonido seco.

Viktor estaba ahí, reclinado en un sillón de cuero negro, con una copa de whisky en la mano y un cigarro entre los labios, observándome con esa jodida calma que tenía, como si ya conociera todos y cada uno de mis movimientos. Como si mi furia le divirtiera.

Me odié por la forma en la que su imagen me golpeó en lo más hondo.

Por lo atractivo que pensé que se veía en la penumbra, con la camisa negra remangada hasta los codos, sus tatuajes asomando bajo la tela, las venas de sus antebrazos marcadas por la tensión de su agarre.

Y esos ojos grisáceos que se tornaron cada vez más oscuros, y que me devoraban con un ansia brutal mientras me deleitaba con su imagen.

Pero lo que más me jodió fue el hecho de que ni siquiera pareciera sorprendido.

Antes de que pudiera abrir la boca para soltar alguna de sus frases llenas de arrogancia, crucé la distancia entre nosotros y le solté una bofetada que habrían escuchado desde Moscú.

El sonido de mi mano contra su piel resonó en la cabina como una jodida detonación, provocando que su rostro girase hacia un lado.

Su mandíbula se tensó al instante, pero no dijo nada. No me detuvo.

—¿Te crees con derecho a decidir sobre mi vida? —escupí, con la voz llena de rabia y la mano aún alzada, ardiendo por el impacto.

Viktor giró la cara con lentitud, hasta que me miró. Sus ojos brillaban con esa peligrosa intensidad que tanto me ponía y que al mismo tiempo me alertaba de que Viktor no estaba para juegos.

—Lo hice por tu bien.

Solté una carcajada sin una pizca de humor, dando un paso hacia él con el pecho alzado y los puños apretados.

—No soy una moneda de cambio, Viktor —siseé—. No soy algo que puedas tomar cuando te convenga.

Se puso en pie de un salto, como impedido por un resorte, observándome con esa superioridad que siempre portaba, dejando el vaso de whisky olvidado sobre la mesa de mármol. Su cuerpo era imponente, más de lo que recordaba, llenaba todo el espacio entre ambos, pero no retrocedí.

—Lev va a matarte. —Su voz fue un gruñido bajo, contenido, como si estuviera al borde de perder la paciencia—. Y no pienso dejar que lo haga.

Mi mandíbula se apretó con tal fuerza que dolió.

—No necesito que me protejas.

—No es protección. —Dio un paso más, obligándome a inclinar la cabeza para sostener su mirada—. Es venganza.

Solté una risotada que me rasgó la garganta.

—¿Venganza? ¿Para quién? ¿Para ti? —Lo empujé con ambas manos, presionando su pecho, sintiendo sus músculos tensarse bajo la tela de la camisa—. No me jodas, Viktor. No necesito que juegues a ser mi salvador.

—¡Tú no entiendes una mierda! —rugió enfurecido, y su voz fue un látigo que me golpeó de lleno—. Quiero matarlo por todo lo que ha hecho. Por como te ha tratado, por cómo te usó, por cómo te quiere muerta ahora que no puede controlarte.

La rabia se mezcló con algo más oscuro en mi pecho, algo caliente, hirviente, algo que odiaba tanto como deseaba. ¿Era orgullo lo que sentía? Me lo negué a mí misma, no iba a dejar que él tuviera la última palabra.

Con una velocidad que no esperaba, deslicé la mano por mi muslo y saqué el cuchillo que llevaba oculto siempre en la liga. Su error fue no haberme registrado bien.

No era suficiente con golpearlo, ni con gritarle. Quería que supiera que podía matarlo, que si me lo proponía podía hundirle la hoja en el cuello y ver cómo su sangre llenara todo el jet.

Viktor reaccionó en el acto, esquivando por instinto cuando lancé el primer corte hacia su rostro. Sus ojos se abrieron con sorpresa, pero también con diversión, y con algo parecido a la maldita excitación.

—¿En serio, princesa? —Su voz fue un ronco murmullo de satisfacción cuando bloqueó el siguiente movimiento.

—Deberías saber que nunca me rindo —le escupí, girando la muñeca para intentar otro golpe, pero me atrapó en el aire, obligándome a girar sobre mí misma para esquivar su agarre.

Nos movimos en el reducido espacio como dos depredadores en plena caza, cada ataque y bloqueo estaba calculado, cada giro, diseñado para joder al otro. Era una pelea en la que ninguno de los dos estaba dispuesto a perder.

Viktor me atrapó por la cintura y me empujó contra la pared con un gruñido. Mi sexo ardió con fuerza, tanto que no pude evitar ahogar un gemido que se me agolpó entre los labios. Le di un puñetazo en el vientre y entonces no me lo pensé.

Aproveché su fuerza contra él, y me impulsé hacia arriba, cruzando la pierna alrededor de su cadera para inmovilizarlo. Su aliento chocó contra el mío cuando el filo del cuchillo se deslizó por su garganta. Su duro miembro palpitó entre mis piernas, provocando que todo mi ser ardiese. Lo tenía.

Mi respiración era un jadeo furioso contra su piel, mientras que su pecho subía y bajaba con violencia contra el mío.

Tenía las pupilas tan dilatadas que apenas podía ver el color de sus iris, pero me miraba con una intensidad que debería estar prohibida.

Su boca estaba apenas a unos milímetros de la mía, y por un segundo mi mente gritó: «bésame».

Apreté el cuchillo contra su piel, sintiendo como su pulso latía bajo la hoja.

La tensión fue tan densa, sofocante, que se me antojó como un abismo de violencia y deseo contenido al que deseaba lanzarme. Y por primera vez desde que todo esto comenzó… Viktor Romanov sonrió.

—Yo no necesito que nadie me salve, Anubis —bisbiseé.