El legado de los Romanov 34
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Viktor

El silencio en el apartamento era sofocante, cargado de electricidad, de esa que anuncia una tormenta. La luz de la calle se filtraba por las cortinas, proyectando sombras alargadas en las paredes, como si la misma oscuridad se retorciera con anticipación ante lo que estaba a punto de ocurrir.

Ella no me había escuchado entrar, estaba demasiado ocupada luchando contra sus propios sentimientos, demasiado asustada e incluso demasiado indefensa como para creer que alguien podría colarse en su espacio seguro.

Cerré la puerta con la precisión de un ninja, moviéndome entre las sombras hasta verla frente al espejo, con los ojos perdidos en su reflejo, en ese rostro marcado por la sangre seca y el polvo de la muerte.

Una punzada de dolor me atravesó el pecho.

No se reconocía, y lo peor de todo era que yo sí.

Ella ya era uno de los nuestros.

Antes de que pudiera reaccionar, me deslicé detrás de ella, cubriendo su boca con una mano firme, sintiendo el sobresalto en su cuerpo cuando el instinto la obligó a reaccionar. Pero era demasiado tarde.

—Cállate —murmuré contra su oído, con el tono bajo y rasposo de quien sabe que el menor ruido puede costarle la vida.

Su respiración se volvió errática contra mi piel, su cuerpo se tensó en un segundo y su instinto la empujó a luchar, a intentar revolverse, pero no le di margen.

—Tienes cuatro hombres apostillados en la puerta —continué, sintiendo el calor de su aliento chocar contra mi palma—. Los ha enviado tu hermano, y han venido a asegurarse de que no escapes, pero por suerte para ti, te he atrapado antes que ellos.

Eso la hizo permanecer quieta, en shock.

Mi miembro se endureció al sentir como su pecho subía y bajaba tan pegado al mío que ni siquiera el aire sería capaz de pasar entre ambos. Noté como esta sonreía bajo mi mano, por lo que comenzó a refregarse con lujuria, provocando que dejase ir un profundo gruñido que me rasgó la garganta.

Antes de que pudiese decir nada, pude ver como una chispa se encendía en su mirada. Alina Orlov no era una mujer que aceptara órdenes. Lo supe en el instante en el que sus dientes se hundieron en mi piel. La punzada de dolor fue aguda, rápida, brutal.

No era un mordisco superficial, no era un intento de soltarse. Ella quería arrancarme un pedazo de carne.

—¡Joder! —bramé, apartando la mano con la sorpresa aún latente en mi piel, al mismo tiempo que la sangre caliente comenzaba a empapar la manga de mi chaqueta.

La miré enfurecido, casi ido, con el instinto asesino vibrando por mi columna vertebral hasta llegar a mis sienes, y con la certeza de que había cometido el peor error de su jodida vida. Sus ojos destellaban con desafío, con la respiración agitada y el pecho subiendo y bajando con violencia.

—¿Crees que puedes venir a mi casa y someterme como si fuera una de tus putas? —escupió con desprecio, con una rabia que le nublaba el juicio.

No me moví.

Apreté la mandíbula porque en el momento en el que abriese la boca, todo se acabaría.

No respondí.

Saqué la jeringa de mi chaqueta con la calma de un hombre que ya tenía planeado cada jodido paso, y antes de que pudiera dar otro golpe, se la clavé en el cuello.

Un jadeo quedó atrapado en su garganta, los ojos se le abrieron con desmesura, y pude ver en ellos una mezcla de sorpresa e incredulidad cuando el líquido comenzó a recorrer su sistema, entumeciéndolo, provocando que sus músculos comenzaran a fallar.

—Hijo de puta… —musitó, tambaleándose un paso atrás, aferrándose al borde de la cómoda en un intento inútil de mantenerse en pie.

La sostuve antes de que su cuerpo se cayese al suelo, sintiendo como su resistencia se desvanecía entre mis brazos, como su calor se fundía con mi piel mientras el sedante hacía efecto.

Sin dudarlo un solo instante, la tomé. Mi brazo se deslizó bajo sus piernas y la levanté con la facilidad de quien carga algo que ya le pertenece. Su cabeza cayó contra mi hombro, la respiración se le volvió más pausada, tranquila, permitiendo que su laxo cuerpo se relajara.

—Lo siento, princesa —murmuré, acomodándola contra mi pecho mientras su cabeza caía sobre mi hombro—. Pero no voy a dejar que mueras en este maldito juego.

Me colgué la bolsa que había estado preparando en el hombro, y me tomé un segundo para observar su hermoso rostro, para ver la furia aún latente en su expresión, incluso dormida. No iba a perdonarme lo que acababa de hacer, pero poco me importaba.

No iba a dejarla atrás.

No esta vez.

El jet privado rugió en la pista, cortando la noche con el estruendo de su potencia, alejándonos de Moscú en cuestión de minutos.

Dejé a Alina en la habitación privada, tumbada en la cama, permitiéndole descansar sin que nadie la perturbase.

Al menos no hasta que se despertase. El teléfono vibró en mi bolsillo antes de que siquiera pudiera acomodarme en el asiento, impidiéndome llevarme a la boca el vaso de whisky que me había servido.

Nikolai.

Apoyé la cabeza contra el reposabrazos y deslicé el dedo sobre la pantalla, aceptando la llamada.

—¿Qué cojones has hecho? —Su voz estalló a través del altavoz, con la furia y el veneno que solo se destilaban cuando Nikolai Romanov estaba al borde de la puta locura.

Sonreí con desgana, dejando el vaso sobre la mesita, y frotándome la sien con los dedos.

—Supongo que ya te has enterado —musité.

—¡La has cagado, Viktor! —bramó encolerizado—. ¡La has secuestrado porque te has enamorado de ella, imbécil!

Solté una carcajada oscura, dándole una calada al cigarro que acababa de encender, consumiéndolo casi por completo.

—Estás delirando.

—Te la has follado dos veces —espetó con desdén—, y ya te crees que podrás tener el cuento de princesas que tanto te gustaría.

El humo se me atascó en la garganta. Mi mandíbula se tensó al instante con tanta fuerza que sentí un crujido en mi propia cabeza. Me enderecé en el asiento, con la mirada clavada en la puerta de la habitación en la que reposaba Alina, con la certeza de que Nikolai no iba a detenerse ahí.

—Ella es mía —bisbiseé con la voz ronca, sintiendo cómo las palabras me ardían en la boca, cómo la verdad se aferraba a mi piel como un veneno del que no podía escapar.

Silencio.

Ni siquiera la respiración de Nikolai era audible.

Cuando volvió a hablar, su tono fuer más bajo, más oscuro.

—No tienes ni puta idea de lo que acabas de hacer.

La llamada se cortó.

El avión siguió su rumbo.

Y Alina… Alina Orlov acababa de convertirse en mi maldita ruina.