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Viktor
Sentí el corazón latirme en las sienes, cómo la presión se volvía cada vez más fuerte, pero también una determinación que me impulsaba a tirar adelante. Ese maldito hijo de puta no iba a salir de allí con vida, al menos no si estaba en mis manos decidirlo.
Sonreí ladino, ahí estaba mi oportunidad.
Corrí tras él, subiendo las escaleras de dos en dos, con la sangre latiéndome en las venas y la certeza de que no iba a dejar que escapara esta vez. No cuando la sangre de su familia ya regaba este suelo, no cuando la guerra estaba en su punto más alto.
Alcé mi arma, dispuesto a volarle los sesos, pero no lo hice.
Iba a conseguir que sufriese por todo lo que le había hecho a Alina, por intentar extorsionarme, por todo lo que le había provocado a mi familia.
Apreté el gatillo, pero antes de que pudiera alcanzarlo, antes de que pudiera cerrar mis manos alrededor de su maldito cuello, el bastado saltó por una de las ventanas rotas y cayó de espaldas sobre una pila de cajas de cartón, con un gemido de dolor que se perdió en el rugido de los coches en la distancia.
Cuando me incliné sobre el borde de la ventana para buscarlo, ya corría entre los callejones.
Me llevé el cigarro a los labios y lo encendí con calma, observando cómo la silueta de Lev se perdía en la oscuridad como el cobarde que era. La próxima vez que lo tuviera frente a mí, no le daría la oportunidad de huir.
Giré sobre mis talones y descendí de nuevo, justo a tiempo para ver cómo Nikolai terminaba lo que había venido a hacer.
Vadim Orlov estaba de rodillas, con la cabeza baja y la piel empapada de sudor.
Sabía que era su final. No osó suplicar, no lloró ni intentó negociar.
Solo alzó la mirada y se encontró con los de mi hermano, con esa sentencia fría e inevitable que había perseguido a los Orlov desde que todo esto comenzó.
Nikolai no dijo nada. Solo apretó el gatillo.
El disparo resonó en la nave como un trueno, ensordecedor, definitivo. Vadim cayó de bruces contra el suelo, su sangre se expandió bajo su cuerpo, empapando todo bajo él.
El silencio se apoderó del lugar. Se escuchaban las respiraciones entrecortadas de los hombres, el crujido de los escombros bajo nuestras botas, el eco de la muerte aferrándose a las paredes de la maldita nave.
Y entonces, la vi.
Alina estaba allí, entre las sombras, con los labios entreabiertos y la piel más pálida que nunca. Sus ojos no estaban puestos en su padre. No miraba su cadáver, ni la sangre, ni siquiera la pistola que todavía humeaba entre las manos de Nikolai.
Me miraba a mí.
Sus pupilas se clavaron en las mías con la misma intensidad con la que lo había hecho la primera vez que nos enfrentamos, con esa mezcla de odio e incredulidad, aunque con algo más oscuro, algo que no podía nombrar pero que sentí reptando bajo mi piel.
No aparté la mirada.
No lo hice porque en ese momento tomé una jodida decisión.
Pero no sería ahora. Lo haría cuando saliera de la nave, cuando la noche se tragara los gritos de los muertos, cuando el polvo se asentara y la sangre se secara en nuestras ropas, me la llevaría conmigo.
No importaban las consecuencias.
No importaba si esto terminaba de joderlo todo.
Porque eso era lo único que podía hacer para ganar esta maldita guerra y acabar con Lev Orlov antes de que fuese él quien pusiese punto y final a esta historia.
Alina
Corrí. Lo hice como si el infierno me persiguiera, como si mis pies fueran lo único que aún me mantenían con vida, como si el aire frío que rasgaba mis pulmones fuera la única prueba de que aún estaba viva.
La sangre de uno de los hombres de mi padre se había secado en mi piel después de mancharme, adherida como un recordatorio cruel de lo que acababa de presenciar, de lo que acababa de perder. Pero no me detuve, no podía.
La imagen de mi padre desplomándose en el suelo, con la sangre expandiéndose a su alrededor como un maldito río carmesí, no dejaba de repetirse en mi cabeza.
Un solo disparo fue suficiente para acabar con su miserable vida.
Un instante, y todo había terminado. No le había llorado, ni gritado, y mucho menos había sentido el temblor recorrer mi piel.
Solo me quedé allí, mirando cómo Nikolai hacía lo que mejor sabía hacer: matar sin siquiera pestañear.
Había oído muchas leyendas de su padre, lo letal que eran los Romanov, e incluso de lo despiadado que era el mayor de ellos.
Sabía a qué se dedicaban, o al menos a parte de ello, ya que muchos de sus tratos pertenecían a un mundo oscuro al que no se me había invitado por el simple hecho de ser mujer.
Me relegaron, dejándome como una simple aliada, cuando era la mejor estratega del país.
El mundo estaba desenfocado bajo mis pies, como si no fuera del todo real.
Las luces parpadeaban a mi alrededor y a lo lejos, el eco de mis pasos resonaba entre los edificios y cada bocanada de aire era una batalla contra el dolor lacerante en mi pecho.
A mi mente vino la amenaza de mi hermano, me mataría en el momento en el que tuviese oportunidad, y la muerte de mi padre no era más que una excusa para tomar el control de todo.
Contuve el aliento, no sabía si Lev me había visto, pero de lo que sí que estaba segura era de que Viktor se había percatado de mi presencia en el almacén. Él estaba allí, observándome desde las sombras, con esos ojos que me devoraban sin tocarme. No iba a dejarme escapar.
Media hora más tarde, y tras haber cogido un taxi en el que permití que mi dolor aflorara, mi apartamento apareció ante mí como un reflejo en mitad de la bruma, esa pequeña jaula dorada que me había servido de escondite y prisión a la vez.
Mi único espacio seguro en un mundo construido con sangre y mentiras.
Atravesé la entrada con el corazón golpeándome las costillas, cerrando la puerta tras de mí con tanta urgencia y fuerza que el eco resonó en cada pared de la estancia.
Tenía que salir de aquí antes de que Lev volviera, porque una vez me encontrase, no habría vuelta atrás.
Mis pasos me llevaron a la habitación, donde cada objeto parecía mirarme con la misma intensidad con la que lo había hecho Viktor en aquella nave. Frío. Inmutable. Sentencioso. Como si hubiese tomado una decisión inamovible, y eso, en cierto modo, me inquietaba.
Mi cuerpo se movió por instinto, con la precisión de alguien que ya ha planeado esta huida antes, aunque nunca se hubiera atrevido a llevarla a cabo.
Tal vez es que, en lo más profundo de mi ser, sabía que llegaría el instante en el que tendría que desaparecer de la faz de la Tierra para que ni Lev ni mi padre pudieran encontrarme.
Saqué la bolsa bajo la cama, repleta de ropa de emergencia, documentos, armas, botas, dinero y armas preparadas para salir corriendo en cualquier instante.
Mis dedos temblaron al cerrar la maleta. No había tiempo para pensar en eso.
Mi reflejo en el espejo me devolvió una imagen que casi no reconocí.
El rostro cubierto de polvo y sangre, los labios entreabiertos y la mirada vacía.
¿Cuándo había comenzado a parecerme a ellos?
Una lágrima descendió por mi rostro, creando un pequeño reguero que llegó hasta mi barbilla.
Estaba rota, otra vez, o puede que nunca me hubiese podido recomponer.
Antes de que pudiera hacer nada, sentí su presencia, y no me hizo falta nada más para saber que estaba perdida y que no saldría del apartamento sin pagar un precio demasiado alto.