32
Viktor
El rugido del motor se confundía con el latido constante en mis sienes, un tambor de guerra que marcaba el ritmo de la noche.
Esta vez no era solo un ataque, ni una misión más para destruir a los Orlov.
No. Esta vez, el golpe sería más profundo, más personal.
Nikolai no iba a salir de esa nave sin Elena, y yo…
yo no iba a salir de ahí sin hacer que Lev sintiera en su piel lo que significaba perderlo todo.
Mi hermano había hecho sonar la alerta máxima, y a pesar de no dejar de discutir, no dudé un solo segundo en presentarme en la casona a ofrecer mi lealtad, como había hecho siempre.
Lo que vi me destrozó, porque allí no encontré a mi superior, ni a mi hermano, me encontré un despojo culpándose de todo mal.
La nave industrial donde tenían a Elena se alzaba en la distancia, una estructura oxidada y maldita, iluminada por las farolas mortecinas que proyectaban sombras como espectros entre los escombros. No había tiempo para dudas, no había margen para errores. O salía con vida o moría ahí dentro.
—Esto no me gusta —gruñí, con la mirada fija en el edificio—. Es demasiado sencillo.
Nikolai no apartaba la mirada del edificio.
Era un hombre al borde del colapso, pero demasiado peligroso como para permitir que ese estado lo frenara.
Íbamos a hacer que esos hijos de puta pagasen por la ofensa que nos habían hecho, o por el solo hecho de haberse atrevido a pensarlo.
A los Romanov nadie nos ponía una mano encima, y ahora, Elena era una de nosotros.
Si había algo que odiase era la traición.
Nos habíamos separado en cuatro equipos.
Éramos la maldita élite, de allí no iba a salir ni Dios con vida.
Desvié la vista hacia Alexei, quien, con semblante serio, no dejaba de observar a Nikolai.
Aún no le había contado nada sobre el incidente que vivimos, y es que eso era lo último que necesitaba para entrar en el modo destructor que una vez casi le costó la vida.
—Entramos, sacamos a Elena y destrozamos todo lo que los Orlov han construido —dije en voz baja, cargando mi arma.
Dimitri rio desde el asiento delantero, disfrutando demasiado, anticipándose a la violencia que viviríamos en el interior. Sonreí ladino, porque al igual que yo, amaba mi familia, habíamos crecido juntos, mano a mano, y aunque no llevase nuestro apellido, siempre sería un Romanov.
—Solo dímelo, y esta puta ciudad arde.
No respondí. La orden ya estaba dada.
Nadie habló cuando llegamos. No era necesario.
Dimitri y Andrei tomaron posiciones en la entrada, asegurándose de que nuestros hombres comprendían la situación para que ningún desgraciado escapara.
Nikita se deslizó entre las sombras con la paciencia de un hombre que disfrutaba de lo que hacía.
Y Nikolai… Nikolai se movió como una bestia a punto de desmembrar a su presa, con la respiración pesada y las manos aferradas al arma, con la certeza de que esta noche se teñiría de sangre.
Andrei se había encargado de anular las cámaras de seguridad con un solo clic, mientras Nikita afilaba el cuchillo con una paciencia enfermiza.
—Dos en la entrada, tres en el pasillo del almacén, y seis en la zona de los conteiners donde tienen a Elena —informó Andrei sin apartar la vista del monitor portátil que llevaba anclado a su muñeca—. Hay movimiento en la segunda planta, tres hombres saliendo.
No hizo falta que lo dijera. Sabía que era Lev. Estaba huyendo como la maldita rata que era.
—Asegurad las salidas —ordené—. Si alguien intenta escapar, lo quiero muerto antes de que pise la calle.
Dimitri asintió con una sonrisa ladina que sería capaz de helar el mismísimo infierno.
Nos infiltramos en el edificio sin problemas.
Sus hombres no estaban preparados para nosotros, ni siquiera lo vieron venir.
Silenciamos a los primeros guardias con la misma facilidad con la que se apaga una vela en mitad de una tormenta.
Disparos secos, cuchillos abriendo la carne con una precisión quirúrgica, cuerpos desplomándose sobre el suelo sin hacer apenas ruido.
Era casi decepcionante lo sencillo que había sido abrirnos paso.
Avanzamos por los pasillos estrechos, donde el olor a humedad y a metal oxidado impregnaban el aire, mezclándose con el hedor a tabaco rancio y a desesperación.
No tardé en escucharla, y fue entonces cuando el corazón me dejó de latir.
Desvié la mirada hacia mi hermano, quien parecía estar completamente ido.
Los gemidos de dolor.
El sonido sordo de un golpe.
El crujido de un cuerpo cayendo al suelo.
La respiración entrecortada de una mujer que luchaba por mantenerse consciente.
Elena.
Nikolai se tensó a mi lado en el instante en el que la reconoció.
Sus nudillos se volvieron blancos alrededor de la pistola, y sus pasos más rápidos, más violentos, como si contenerse fuera una tortura aún mayor que la que le infligían a ella.
Cuando abrió la puerta de un solo empujón, el infierno se desató.
Elena estaba en el suelo, con las muñecas atadas a la espalda, el cabello pegado al rostro y la sangre seca formando surcos oscuros en su piel. Un hombre la sujetaba del pelo, obligándola a mirarlo mientras otro le susurraba algo al oído, una amenaza, una burla, una promesa de algo peor.
—¡Basta! —rugió Nikolai ido, dando un paso adelante.
Ella gimió de dolor, intentando incorporarse, pero no tuvo tiempo. De las sombras emergió el cobarde de Vadim Orlov, tan imponente como lo era mi hermano, mientras en su rostro se mostraba una satisfacción asquerosa.
—Nikolai Romanov —dijo con una sonrisa burlona en los labios—, qué bonito espectáculo, ¿no crees? —añadió jocoso—. Tu reina humillada, maltratada y arrodillada frente a su rey.
—Suéltala, Vadim —le exigió mi hermano, apuntándole con mi arma.
—Oh, claro que lo haré… Si sobrevives lo suficiente.
Con un simple gesto, hizo llamar a las decenas de hombres que salieron de las sombras para rodearnos sin darnos opción a nada. Nos habían tendido una puta trampa y, como tontos, habíamos caído en ella.
—Esto no termina aquí —aseguró Nikolai, sin apartar la vista de él.
Vadim dejó ir una carcajada que reverberó por todo el almacén como si de un eco siniestro se tratara. Alexei y yo nos movimos, colocándonos en posición, apuntando hacia los pasillos superiores mientras el resto de nuestros hombres se deslizaban por el lugar.
—No, Nikolai —escupió con rabia—, esto sí que termina aquí y ahora.
Parpadeé y, segundos después, una explosión sacudió el lugar, provocando que todos diéramos un bote en nuestro sitio.
Los hombres que estaban en las pasarelas volaron por los aires, como si no fuesen más que peleles.
A través de la densa humareda, apareció Irina Petrov, flanqueada por sus hombres, armados hasta los dientes.
—Lamento la tardanza, había un poco de tráfico —dijo con su sarcasmo tan habitual, apuntando con una semiautomática a los hombres de Vadim—. ¿Estorbo?
El caos estalló en un momento, sin que nadie pudiese hacer nada por evitarlo. El primer hombre cayó antes de que pudiera comprender lo que estaba pasando. La bala le voló la cabeza, provocando que su cuerpo se desplomara sobre el de Elena, haciéndola soltar un quejido.
Lo que siguió fue un intercambio de balas brutal.
Alexei y yo nos encargamos de cubrir los flancos de Nikolai, disparando con una precisión letal; mientras Andrei se encargaba de liderar a otro grupo de hombres en un ataque por la retaguardia.
Por su parte, Irina no dejaba de moverse de un lado a otro, como pez en el agua.
Nikolai avanzó entre todo el mundo, mientras su mujer no dejaba de revolverse en el suelo.
El segundo hombre intentó reaccionar, pero antes de que pudiera alzar el arma, mi hermano ya lo había acuchillado en el abdomen.
Lo retuvo un segundo, lo suficiente como para ver el miedo en su rostro, para sentir como la vida se le escapaba, para asegurarse de que su muerte no fuera rápida ni limpia.
Elena no dijo nada. No intentó moverse, no suplicó, no se rompió. Solo se quedó ahí, observando cómo su marido se había vuelto el mismísimo diablo, cómo sus ojos se habían oscurecido.
La sacamos de ahí sin perder tiempo. Su cuerpo estaba débil, pero su orgullo la mantenía en pie y es que a testaruda no la ganaba nadie.
Nikolai pasó un brazo alrededor de su cintura, y ella se aferró a él sin dudarlo, sin pestañear, como si por primera vez en su vida entendiera que había alguien que realmente estaba dispuesto a morir por ella.
Pero aquello no había terminado.
El sonido de un disparo nos hizo girar.
En la parte superior de la nave, entre las sombras del piso de metal, una figura se movía con desesperación.
Lev Orlov.