31
Viktor
La noche en Moscú estaba impregnada de una neblina densa, cargada de la humedad del invierno y el hedor a gasolina y pólvora.
Me apoyé en la parte trasera del coche, sacando un cigarro de la chaqueta mientras observaba el edificio que tenía frente a mí.
No era la primera vez que tenía que reducir a polvo los negocios de los Orlov, pero esta vez era diferente.
No se trataba de simples números, sino de algo mucho más personal.
Esta vez, era sobre ella.
Alina podía odiarme todo lo que quisiera, pero eso no iba a impedir que le demostrara a Lev que había cometido el peor error de su vida al ponerle una mano encima.
—¿Listos? —murmuré, observando a mis hombres en la penumbra de la calle.
Dimitri asintió, comprobando el cargador de su pistola. Nikita estaba apoyado contra el muro con la paciencia de un hombre que disfrutaba demasiado su trabajo. El resto del equipo se dispersó por la zona, asegurándose de que cada salida estuviera sellada.
Lev Orlov tenía un negocio lucrativo con la élite del mundo criminal.
No solo vendían información y armas, sino que también ofrecían protección a empresarios con las manos tan sucias que la cárcel les parecía un chiste.
Y esta noche, uno de sus clientes más importantes se encontraba en el lujoso ático del edificio que tenía justo frente a mí.
Un magnate checheno, Gennadi Mikhaliov, conocido por su red de tráfico de personas en Dubái. Un bastardo con suficiente dinero como para comprar países enteros y con el instinto para pagar a los Orlov para que lo mantuvieran con vida.
Mi objetivo no era solo joder a Lev, sino hacerlo sangrar de verdad.
Porque si un Orlov fallaba en su protección, su reputación caía y, con ella, su maldito imperio.
—No dejes a nadie vivo —ordené en voz baja.
Dimitri sonrió ladino.
—Será un placer.
Al principio pensé en hacerlo todo solo, pero ¿cómo iba a privar a mis hombres de semejante espectáculo?
Entramos en el enorme edificio, el cual estaba desierto.
Andrei se había encargado de inhabilitar las cámaras de seguridad, al menos, por el momento, mientras mis hombres habían reducido a los que se encontraban en la planta baja y custodiando las salidas.
Entramos en el ascensor y subimos al piso más alto, un doceavo. El ding de las puertas abrirse me sonó a gloria, porque supe que en ese instante, los hombres de Gennadi estarían en guardia. El pasillo que llevaba al ático estaba silencioso, pero no por mucho tiempo.
Mi cuchillo se deslizó entre las costillas del primer hombre sin que llegara a emitir un sonido. Su cuerpo se desplomó sobre la alfombra de lujo, y lo aparté con el pie antes de seguir avanzando.
¿Solo un guardia? Me extrañó no encontrarme con nadie más, por lo que supuse que habría algún motivo para ello.
En el interior se escuchaban risas, el sonido del cristal chocando entre sí, el eco amortiguado de una conversación y, de fondo, un partido de fútbol.
Gennadi estaba celebrando algún acuerdo de mierda, sin sospechar que, en cuestión de minutos, su vida terminaría de la peor forma posible.
Me acerqué a la puerta y la empujé con calma, dejando que girase sobre sus bisagras.
Cuatro hombres estaban en la sala principal. Mikhailov estaba sentado en un sillón de cuero, con una copa de coñac en la mano y una sonrisa de autosuficiencia que no tardaría en borrarse. Dos de sus guardaespaldas estaban apostados cerca de la ventana; y el tercero, junto a la mesa de cristal.
—¿Puedo unirme a la fiesta? —pregunté, al mismo tiempo que tomaba una de las copas y me la llevaba a la boca para, segundos después, lanzarla contra el enorme ventanal.
—¿Qué mier…?
No le di oportunidad a terminar.
Saqué la Glock y disparé.
El primer disparo fue directo a la garganta del hombre que estaba más cerca de mí. Su cuerpo se desplomó sobre la mesa, rompiendo el cristal en mil pedazos.
El segundo recibió un tiro en la cabeza antes de que pudiera desenfundar su arma.
Los otros dos se movieron, pero Dimitri fue más rápido. Disparando a uno en la rodilla, dejándolo caer en el suelo con un grito de agonía. El último intentó correr, pero Nikita lo alcanzó y le rompió el cuello con un movimiento seco y la sonrisa de un auténtico loco en los labios.
Silencio.
Solo los jadeos del gordo de Mikhailov llenaban la habitación ahora, ni siquiera el sonido de la televisión era suficiente como para opacarlo.
Se removió en su asiento, con la mirada clavada en los cuerpos de sus hombres, incapaz de creer lo que acababa de pasar.
—Ro…Romanov —balbuceó con la voz teñida de pánico.
Me acerqué a él con calma, observándolo con la misma frialdad con la que uno mira a una cucaracha antes de aplastarla.
—Mikhailov —musité—, cuánto tiempo.
Levantó ambas manos en señal de rendición.
—Espera, podemos hablar —aseguró, hecho un manojo de nervios—. Podemos negociar.
Negociar.
La jodida palabra me hizo sonreír.
—Dime, ¿cuánto le pagas a los Orlov por tu seguridad?
Su respiración se aceleró y, por un instante, creí oír el latir frenético de su corazón.
—Lo que sea que te hayan ofrecido, puedo doblarlo.
Sonreí ladino, al mismo tiempo que cogía su copa y me la bebía de un sorbo, para después, lanzarle los hielos encima. Saqué el cuchillo de la funda y lo giré entre mis dedos.
—¿Dices que puedes pagar más? —arqueé una ceja—. Eso suena a una traición para Lev.
La palidez en su rostro me indicó que había entendido el punto. Si aceptaba, los Orlov lo matarían por traidor. Si no aceptaba… bueno, el resultado sería el mismo, solo que el verdugo sería yo de todas formas.
Era una trampa, y él lo sabía. Su mandíbula se tensó y pude ver cómo sus ojos se bañaban en lágrimas. Se llevó las manos a la boca, hecho un manojo de nervios, y, por un momento, sentí compasión por él. Luego, recordé a qué se dedicaba, la trata de personas, y se me olvidó todo.
—Por favor…
Me incliné sobre él y apoyé la punta del cuchillo en su pecho, justo sobre su corazón, delineando un pequeño corte.
—¿Sabes? —musité—. Esto no se trata de dinero, sino de lealtad.
—Viktor… —susurró.
—Lev no va a poder protegerte, Mikhailov —dije con un pesar fingido, al mismo tiempo que sentía la adrenalina corriendo por mi piel—. Nadie va a poder hacerlo.
Y entonces, sin darle oportunidad a rogar una vez más, hundí la hoja en su pecho. Se estremeció, sus labios se abrieron en un grito ahogado y su sangre caliente empezó brotar de la herida, empapando mis manos como si de agua se tratase.
El cuerpo inerte de Mikhailov cayó de lado, empapando la alfombra de lujo con el líquido rojizo. Ese era el final que merecían todos aquellos hombres que, como él, jugaban con la libertad de las personas, con esa necesidad de salir del infierno en el que están para entrar en uno peor.
Le lancé un escupitajo y ya no hubo nada más. Silencio absoluto.
Un segundo después, me enderecé y limpié el cuchillo en la manga de su chaqueta de diseñador y sonreí.
—Nos vamos —ordené.
La noticia de la muerte de Mikhailov se esparciría como fuego entre la mafia rusa.
Los Orlov quedarían como incompetentes, y Lev perdería millones de acuerdos con otros clientes que ya no confiarían en él.
Había destrozado su imagen o, al menos parte de ella, jodido su economía y dejado una marca imborrable en su reputación.
Ningún socio de la mafia aceptaría que alguien que prometía protección, y que no podía, siquiera, defender a uno de los suyos.
Pero esto no solo iba de negocios, ni de una simple venganza. No. Esto era algo personal, más de lo que creía.
Saqué otro cigarro y lo encendí, dejando que el humo amargo me llenara los pulmones mientras observaba la ciudad pasar a través de la ventana del coche.
Moscú estaba envuelta en una penumbra opaca, con el resplandor de los neones difuminándose entre la bruma de la noche.
Siempre me había gustado la ciudad a esta hora, cuando todo el mundo parecía dormido y solo quedábamos los que, como yo, entendían que la oscuridad era el único lugar seguro.
Mis pensamientos, de un modo inevitable, me arrastraron de vuelta a Alina.
No debería haberme importado, no debería estar en mi cabeza siquiera. Pero el recuerdo de su cuerpo cubierto de moretones, del agarre de su cuello, el temblor de su cuerpo, los gritos cuando despertó en mi casa, me quemaba más que la brasa encendida entre mis dedos.
Odiaba lo que me provocaba.
Me jodía admitir que algo en su maldita testarudez me hacía querer ver qué tan lejos podía llegar antes de romperse. Me crispaba que su mirada, a pesar de todo lo que había pasado, siguiera sosteniendo la mía con esa mezcla de desafío y rabia.
La última vez que la vi, me miró como si odiara todo lo que representaba. Y aun así, sus ojos no se apartaron de los míos.
Me llevé el cigarro a los labios, dándole una larga calada, soltando el humo con lentitud. Lev no sabía lo que había hecho. Cuando le puso una mano encima a su hermana, cuando la dejó en ese estado, cuando creyó que podría quebrarla… selló su propio destino.
Los Orlov habían cometido el error de olvidar con quién estaban jugando, y yo estaba para recordarles todo su puto pasado. Lo haría de la forma más cruel posible. Desearían morir, porque lo que les esperaba era el infierno en la tierra.
Me incliné en el asiento, apoyando un brazo en la ventanilla, y cerré los ojos por un momento, disfrutando la paz efímera de saber que la guerra había comenzado y que, cuando terminara, no quedaría nada de los Orlov más que cenizas.
No tenían ni idea de lo que se les venía encima, y eso era lo que más iba a disfrutar.