30
Alina
Grité con todas mis fuerzas, sintiendo como mi garganta se rasgaba a cada sonido que la atravesaba.
No sabía cuántos días llevaba dentro de aquel maldito zulo, ni de dónde me encontraba.
La oscuridad era asfixiante, el aire estaba viciado y cada segundo que pasaba más me hundía en el abismo de la desesperación.
La cabeza me daba vueltas, apenas tenía fuerzas como para mantenerme en pie, pero aun así lo intenté todo. Pateé la pared, forcejeé con las cadenas que me apresaban, tiré de ellas hasta que la piel de mis muñecas se enrojeció y se abrió. Pero de nada sirvió.
Contuve el aliento cuando oí como una puerta se abría en la distancia, para, segundos después, escuchar un enorme estruendo. Mi cuerpo se tensó de inmediato. Sentí las manos temblarme, y por primera vez en mucho tiempo, tuve miedo.
Como un jodido Miura, Lev entró en la sala, irradiando esa energía oscura tan contagiosa que llevaba temiendo toda mi vida. Sus pasos resonaron en la piedra como si el mismísimo diablo se acercara a mí. Y lo cierto era que no había demasiada diferencia.
Desde niña supe que mi hermano no sería un santo, que debía andarme con ojo con él, a pesar de que durante años me engañó, haciéndome creer que de verdad le importaba. Había aprendido a leer su mirada, a reconocer el momento exacto en el que la bestia tomaba el control.
Y estaba claro que ahora mismo no había rastro de mi hermano en esos ojos. Solo quedaba el monstruo.
Ahogué un quejido en el instante en el que su mano cruzó mi rostro.
Cerré los ojos al sentir el dolor extenderse por mi piel como fuego, inclemente, implacable, arrasando todo a su paso.
No grité, no hice ningún maldito sonido.
Apreté la mandíbula con fuerza, reprimiendo las ganas de devolverle la hostia.
Si hubiese podido, ya le habría encañonado con mi arma.
—Eres una puta y una zorra —escupió con rabia—. ¿En serio con un Romanov? —Rio con incredulidad, pero sus ojos estaban tan inyectados en sangre que me helaron hasta los huesos—. ¿Es que no había otro hombre que te follase?
Intenté hablar, pero no me dio tiempo.
—Ni se te ocurra ponerme una jodida excusa, Alina —siseó, inclinándose hacia mí—. Me repugnas.
No tuve oportunidad de defenderme, porque de pronto, sus dedos se cerraron alrededor de mi cuello como un maldito cepo.
El aire dejó de entrar en mis pulmones en el acto, su agarre fue tan firme que mis pies apenas rozaban el suelo.
Me aferré a su brazo con las pocas fuerzas que me quedaban, clavando mis uñas en su piel con desesperación, pero poco le importó.
Mi cabeza empezó a dar vueltas, una punzada ardiente me taladró las sienes y supe que si no hacía algo en los próximos segundos, me desmayaría.
—S… Suéltame —conseguí balbucear.
Una sonrisa maquiavélica tironeó de sus comisuras, haciendo que un escalofrío me recorriese entera.
Esa fue mi jodida alerta.
Reuniendo las pocas fuerzas que me quedaban, alcé la pierna y le golpeé con toda la potencia de la que fui capaz entre las piernas. El impacto lo hizo soltarme al instante. Cayó de rodillas, gruñendo de dolor, con las manos aferradas a su entrepierna mientras me maldecía entre dientes.
El oxígeno entró en mis pulmones de golpe, pero fue tan insuficiente que mi cuerpo se vio sacudido por un ataque de tos. Un ardor terrible me quemaba la garganta, la presión aún latía en mi cuello como un recordatorio cruel de lo cerca que había estado de perderlo todo.
Le miré con el horror dibujado en mi rostro, viendo por primera vez en mi vida al verdadero Lev. El que se ocultaba bajo la fachada de hermano mayor perfecto.
Y lo que vi me hizo estremecer.
—No te atrevas a volver a ponerme una mano encima —le advertí con un hilo de voz, sintiendo las lágrimas arder en mis ojos.
Mis piernas reaccionaron antes de que mi mente pudiera procesarlo.
Corrí escaleras arriba, sin mirar atrás, con la adrenalina golpeando mi pecho como un maldito tambor de guerra.
Las escaleras parecían infinitas, mi cuerpo era una máquina en llamas que se movía con un único propósito: salir de allí.
Cada latido retumbaba en mis oídos, cada paso resonaba en mi cráneo como una advertencia.
Cuando abrí la puerta que daba al exterior, la sangre se me heló.
Me quedé petrificada.
La visión de nuestra casa frente a mí hizo que mi cuerpo se paralizara.
No.
No podía ser.
Mi pecho se encogió con tal fuerza que las lágrimas brotaron de mis ojos antes de poder reprimirlas. Estaba a punto de dar un paso, cuando sentí un escalofrío recorrerme la espalda. No lo escuché.
No lo oí moverse.
Pero lo supe.
Antes de que pudiera reaccionar, una mano se enredó en mi cabello y tiró de mí con una brutalidad aterradora.
Grité. Grité con todas mis fuerzas, pero el sonido se desvaneció en la negrura de mi pesadilla.
Sentí el tirón en mi cabello y el ardor en mi cuero cabelludo cuando una mano cruel me arrastró de nuevo a las sombras, de vuelta al infierno.
Mis uñas se clavaron en la piel invisible de mi captor, mi hermano.
Mis piernas patearon el aire en un intento inútil de librarme, pero la presión era insoportable, inevitable.
—No puedes escapar. —Oí como un eco retumbaba en mi pecho.
El suelo desapareció bajo mis pies.
Desperté de golpe, jadeando, con el corazón martilleando en mi pecho como un tambor de guerra.
Mis pulmones lucharon por tomar aire, pero era como si estuvieran llenos de fuego, de esa ira que me abrasaba por dentro.
Tenía la piel empapada de sudor, pegajosa, como si la pesadilla aún me retuviese entre sus brazos.
Ahogué un quejido lleno de dolor, porque a pesar de que tan solo había sido un sueño, lo había vivido con tanta fuerza que me creí de nuevo en aquel maldito agujero en el que Lev me había tenido encerrada.
Parpadeé, intentando reconocer mi entorno a través de la bruma del terror que aún nublaba mi mente.
No estaba en aquel maldito sótano. No estaba encadenada, ni perdida en el abismo de mi propia desesperación.
Estaba en una cama amplia, con sábanas de seda negra y un aroma familiar impregnado en el aire: whisky, tabaco y algo más. Algo que solo podía pertenecerle a él.
Viktor.
Cerré los ojos con fuerza, abrazándome a mí misma, obligándome a contener el temblor que aún recorría mi cuerpo. No podía permitirme esto. No podía permitirme ser débil, no aquí, no con él.
Pero mi ser parecía no entenderlo.
Las pesadillas eran cada vez más vívidas, cada vez más implacables.
Y lo peor de todo es que cada vez que despertaba de ellas, la realidad no era mucho mejor.
Respiré hondo y me forcé a moverme. Mi cuerpo protestó con cada centímetro de piel herida que rozaba con las sábanas.
Dolía. Cada músculo, cada fibra de mi ser sentía el castigo de lo que había pasado.
Pero la sensación más dura y letal no venía de mis heridas, sino de algo más profundo, algo que no tenía derecho a sentir.
Me levanté con dificultad y salí de la habitación, con la respiración aún desacompasada.
Sentía el cuerpo entumecido, tanto que apenas podía soportarme a mí misma.
Llevaba una camiseta ancha de Viktor que apenas me llegaba a mitad del muslo, pero lo cierto era que poco me importaba.
El pasillo estaba sumido en la penumbra, iluminado apenas por la luz tenue que provenía del salón. Un destello ámbar llamó mi atención.
Lo vi antes de que pudiera prepararme para ello, percibiendo como mi pecho se hinchaba de algo que apenas podía reconocer.
Viktor estaba allí, apoyado en el marco del ventanal, sosteniendo una copa de whisky entre los dedos, y un cigarrillo en los labios. La brasa al rojo vivo iluminaba su rostro por momentos, resaltando los ángulos más afilados de su mandíbula, la sombra oscura de su mirada, la tensión de sus hombros.
No dijo nada.
Ni siquiera se giró de inmediato, como si supiera que lo estaba observando como una furtiva acechando a su presa.
Mis entrañas se retorcieron.
Era la segunda vez que lo veía así, tan despojado de su armadura que podría haber caído rendida a sus brazos si me lo hubiese pedido. Le había odiado tanto, o al menos eso me decía a mí misma. Pero esta vez era diferente.
El humo del cigarro se mezcló con su exhalación cuando por fin se giró, fijando su mirada gatuna en la mía.
Lo que vi en sus ojos me destruyó por dentro.
No era la frialdad de siempre, no era la arrogancia del hombre que sabía que el mundo entero se postraba ante sus pies.
No era el Viktor Romanov que todos temían.
Era algo más. Algo que no podía permitirme leer en él. Compasión.
Mi garganta se cerró.
No. No podía dejar que me mirara así. No quería su compasión, no quería su piedad, no quería que me viera como una víctima, o como a alguien que necesitaba ser salvado.
Fue cuando sus ojos descendieron por mi cuello cuando la tensión se dibujó en su mandíbula al notar la marca amoratada que Lev había dejado en mi piel.
Su agarre en la copa se volvió más fuerte, provocando que sus nudillos se emblanquecieran por la presión.
Su respiración se volvió agitada, y por un instante vi al animal que contenía en su interior, a la bestia que se despertaba con un solo propósito. La venganza.
Y lo peor era que una parte de mí… lo quería. Me odié por ello, tanto como lo había hecho Lev.
Quise decir algo, romper el silencio denso que se instauró entre ambos, pero la única respuesta de Viktor fue levantar su vaso hacia mí. Un brindis silencioso, un gesto sin palabras que lo decía todo.
Eres más fuerte de lo que crees.
Esa era su manera de decirlo. Sin caricias, sin susurros de consuelo.
Solo una mirada, un maldito brindis y el peso de todo lo que no podía permitirse decir en voz alta.
Mi pecho ardió con algo que no supe cómo contener, así que en lugar de hablar, me giré, marchándome, alejándome de su compasión, de esa mirada que me devoraba sin tocarme.
Porque si me quedaba un segundo más, haría algo que no podía permitirme.
Confiar en él.
Y eso, sería mi ruina.