El legado de los Romanov 29
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Alina

Unos días antes.

El aire de mi apartamento se me antojó distinto en cuanto crucé la puerta. Había algo denso, algo pesado suspendido en el ambiente, como si el oxígeno mismo se hubiera enrarecido con la amenaza latente de lo que estaba por venir.

Me detuve en seco, con los dedos aún aferrados al pomo, mientras el eco de la puerta cerrándose resonaba a mis espaldas en el silencio sepulcral. Un escalofrío me recorrió la columna. Algo no iba bien.

Contuve el aliento, y la sangre se me heló cuando le vi.

Lev estaba allí, sentado en la butaca que solía usar para leer cuando quería escapar de todo, con una pierna cruzada sobre la otra y una copa de coñac oscilando entre sus dedos. Su postura era relajada, pero su mirada… Su mirada me dejó sin aliento.

No había ira desatada en sus ojos, no todavía. Lo que vi fue algo peor: una calma tensa, de esas en las que se gestan tormentas como en un horizonte a punto de arrasar con todo a su paso.

Mi pecho se comprimió con fuerza. No sabía qué esperaba de mí, pero sí sabía que no estaba aquí para una charla de buenos hermanos.

—¿Qué haces aquí? —cuestioné con un hilo de voz, sintiendo cómo mis propios pasos resonaban en el suelo de madera al mismo tiempo que avanzaba.

Lev giró la muñeca con parsimonia, moviendo el coñac en la copa antes de dar un pequeño sorbo, como si estuviera degustando el momento, como si estuviera saboreando mi incertidumbre, regodeándose en ella.

—¿Sabes, Alina? —Su voz fue suave, demasiado tranquila—. Siempre me he preguntado cómo era posible que, con la sangre que corre por tus venas, seas capaz de actuar con tanta irresponsabilidad.

El tono de reproche en sus palabras me hizo tragar saliva. Lev se puso en pie y comenzó a acercarse a donde me encontraba, con el gesto impasible.

—¿De qué estás hablando?

La pregunta apenas había salido de mis labios cuando todo estalló en mil pedazos.

El golpe llegó sin previo aviso. Su palma se estrelló contra mi mejilla con tal brutalidad que mi cabeza giró con violencia, y el ardor inmediato me cegó por completo.

Sentí el sabor metálico de la sangre inundando mi boca antes de que mi cuerpo perdiera el equilibrio y se desplomara sobre el suelo.

Todo se movió a cámara lenta. La habitación comenzó a girar a mi alrededor, los latidos en mis oídos se convirtieron en un estruendo ensordecedor, y un dolor sordo se expandió desde mi mejilla hasta la mandíbula.

La madera bajo mis palmas estaba fría, pero no lo suficiente como para calmar la furia que comenzó a hervir en mi interior.

—Lev… —jadeé, intentando incorporarme.

Pero él ya estaba sobre mí.

El siguiente golpe no me dio tiempo a esquivarlo.

Su rodilla se hundió en mi abdomen con tal fuerza que todo el aire se escapó de mis pulmones en un grito ahogado. La agonía fue inmediata y cegadora, un dolor profundo me hizo encogerme sobre mí misma, llevándome los brazos al estómago en un reflejo instintivo.

—No tienes ni idea de cuánto me estás decepcionando, Alina. —Su voz estaba cargada de veneno, de rabia contenida y de algo más oscuro que no alcancé a comprender.

Con un gesto brusco, lanzó un fajo de fotografías al suelo, frente a mí. Luché por recobrar el aliento mientras mis manos temblorosas se deslizaban hasta ellas. Las imágenes se desparramaron como hojas muertas, y en cuanto las vi, sentí como si me hubieran arrancado el suelo bajo los pies.

Cada una de ellas era un reflejo brutal de la verdad que tanto me había esforzado en ocultar.

Seis imágenes.

La primera, Viktor y yo en el callejón. Mi cuerpo estaba atrapado entre la pared y el suyo, podía sentir la electricidad que brillaba entre ambos tan solo viendo nuestras miradas.

La segunda, yo con el vestido mal puesto y las mejillas enrojecidas.

La tercera, mi mirada desencajada.

La cuarta, mis manos rojas de apretar las maderas.

La quinta, Viktor saliendo de allí con esa maldita arrogancia tatuada en la piel y una sonrisa triunfante en los labios.

La sexta…

La sexta mostraba mi rostro roto tras darme cuenta de todo lo que sentía por Viktor era tan real como lo que acababa de ocurrir.

El labio me tembló, la respiración se me tornó entrecortada, y el dolor en mi vientre me impidió moverme con normalidad, pero no podía permitirme mostrar debilidad frente a él. Aquello era un maldito testimonio gráfico de mi derrota. De mi pecado.

—¿Te violó?

La pregunta de Lev llegó como un mazazo, destilando una furia tan pura que no supe si iba dirigida a Viktor o a mí. Levanté la mirada, sintiendo el ardor de mi mejilla, el latido pulsante en mi costado, pero ignorándolo todo porque esa pregunta… Esa pregunta me revolvió algo en las entrañas.

¿Debía mentir? ¿Decir que Viktor me había violado para salvarme el culo?

¿Tirarlo a los leones después de lo que acababa de hacerme Lev?

Contuve el aliento, sintiendo como el mundo se me venía encima, porque a pesar de que debía odiarle, Viktor Romanov se había convertido en algo más que un simple enemigo.

Negué con la cabeza.

—No —susurré, con la voz rasgada, apenas audible.

Pero eso solo empeoró todo.

Lev permaneció en silencio por un segundo, su respiración se volvió errática, y entonces lo vi… Vi cómo todo él se quebraba, cómo la ira lo consumía desde dentro como un incendio incontrolable.

No fue un golpe.

Fue la furia personificada, la rabia contenida en un solo puño que se estrelló contra mi rostro con una brutalidad descomunal. Mi cabeza rebotó contra el suelo, y un destello de luz blanca cegadora nubló mi visión.

El sabor metálico de la sangre se expandió por mi boca.

El sonido del impacto aún vibraba en el aire cuando sentí como mi consciencia comenzaba a desvanecerse. Mi cuerpo, mi mente, mi maldita alma se hundieron en una negrura absoluta mientras el eco de la respiración acelerada de Lev se desdibujaba en la distancia.

—Pienso matarte en cuanto papá desaparezca. —Oí en la lejanía, como un susurro.

Y entonces, la nada.

Una oscuridad fría y absoluta que se llevó todo consigo.

No sabía cuánto tiempo estuve sumida en la inconsciencia, pero cuando mis sentidos comenzaron a despertar, lo primero que sentí fue el dolor punzante en cada rincón de mi cuerpo.

La cabeza me latía con una fuerza descomunal, y el zumbido ensordecedor inundaba todo mi interior.

Un regusto metálico se adhería a mi lengua, confirmándome que la sangre seguía ahí, impregnando cada resquicio de mi boca.

Parpadeé con dificultad, intentando procesar dónde estaba, pero todo era un maldito borrón de sombras y luces difusas. El sonido de pasos resonó sobre la madera, y no necesité ver su rostro para saber que Lev seguía allí, aguardando como un jodido depredador.

Intenté moverme, incorporarme, hacer algo para recuperar el control sobre mi propio cuerpo, pero mi cuerpo no respondió.

Estaba demasiado débil, demasiado rota.

—Eres una vergüenza.

Su voz sonó como un cuchillo deslizándose sobre mi piel, erizando cada vello de mi cuerpo.

—Te lo di todo, Alina. Te protegí, te defendí… ¿y así me lo pagas? —Su respiración se volvió errática, y cada palabra caía sobre mí como una condena—. ¿Te has vuelto una cualquiera?

No respondí. No podía.

Cada parte de mi ser estaba quebrada, desmoronándose en fragmentos imposibles de recomponer. Pero en el fondo, en lo más oscuro de mi mente, una idea comenzó a crecer. Un pensamiento venenoso, lleno de peligro, imparable.

Viktor tenía razón. No importaba cuánto lo negara, cuánto luchara contra ello. Siempre acabaría volviendo a él. Y ahora, después de esto, no había duda.

Lev había cometido el peor error de su vida.

Me había convertido en su enemiga.

Y pensaba hacer que lo pagara con sangre.