El legado de los Romanov 28
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Viktor

La llevé a mi apartamento en cuestión de minutos. La senté al borde de la cama y desaparecí en el baño, sacando el botiquín de emergencias que tenía guardado en el armario. El agua caliente de la ducha comenzó a correr, llenando el aire con el vapor y el sonido sordo del agua golpeando la cerámica.

Cuando volví a donde se encontraba, seguía en la misma posición, inmóvil, en silencio. Me arrodillé frente a ella, tomé un paño limpio, lo humedecí en el agua caliente y lo escurrí con cuidado, sintiendo el calor filtrarse entre mis dedos antes de llevarlo a su rostro.

—Esto va a doler. —Mi voz sonó más baja de lo que esperaba.

Esta asintió sin mirarme. El primer contacto la hizo estremecerse. Un leve jadeo escapó de sus labios cuando la tela tocó la herida. Su piel se tensó bajo mis dedos, pero no se apartó, yo tampoco lo hice.

—Tranquila —murmuré en voz baja.

Ella no respondió, pero su respiración se volvió más errática cuando pasé el paño con lentitud por la comisura de su boca, limpiando la sangre saca con la paciencia de un hombre que no estaba dispuesto a dejar ni un solo rastro de lo que le habían hecho.

Mis dedos siguieron la curva de su mandíbula con un toque apenas perceptible, recorriendo el contorno de su rostro, grabándolo a fuego en mi memoria. Sus pestañas temblaron, y su boca se entreabrió en un reflejo involuntario.

Joder.

No debería estar disfrutando de esto, pero lo hacía. Porque a pesar de la rabia que me carcomía por dentro, del deseo de salir corriendo a buscar a ese hijo de puta, este momento era solo nuestro.

Deslicé el trapo por su mejilla, con más suavidad de la necesaria, dejando que mis nudillos rozaran su piel con cada movimiento. Sus labios se movieron, como si quisiera decir algo, pero lo único que salió de su boca fue un leve suspiro.

Mis ojos descendieron hasta su cuello. Había un moretón en el lateral, justo donde su piel era más delicada.

—Alina… —susurré su nombre como una plegaria maldita, como si al decirlo pudiera transferirle la promesa silenciosa de que esto no iba a quedar así.

Ella giró su rostro hacia mí con lentitud. Sus ojos eran uno océano oscuro, repletos de tormentas, de cosas que no decía.

—Sigue —murmuró.

No fue una orden, sino una súplica. Y joder si lo iba a cumplir. Incliné la cabeza, presionando el paño con más firmeza sobre su cuello, limpiando cada maldita marca que le habían dejado, cada rastro de dolor, como si pudiera borrar el pasado con un simple toque.

Cuando terminé con su rostro, bajé la mirada hacia sus muñecas.

Las marcas de los amarres estaban ahí, como un puto recordatorio de lo que había sufrido.

Cogí una de sus manos con delicadeza, envolviéndola con la mía.

Sus dedos estaban fríos. La giré con lentitud, deslizando mi pulgar sobre las líneas moradas que se dibujaban en su piel.

Alina tembló. No de miedo. De algo más.

—Te duele —afirmé, sin dejar de recorrer las marcas con la yema de mis dedos.

Tragó saliva.

—No —mintió.

No la creí, no podía.

—Mentirosa —musité, sin apartar la vista de su mano, observando la forma en la que su respiración cambiaba con cada caricia—. Me gustaría poder quitarte esto con un solo toque.

Y lo dije en serio, pero no podía.

Ella dejó escapar un suspiro. Sus hombros se relajaron un poco y, por primera vez desde que la encontré vagando por las calles, dejé de verla como una mujer lista para la guerra. Porque ahora mismo, en este preciso instante, no era una Orlov.

No era la hija de nuestro mayor enemigo.

No era la mujer que había jurado matarme.

Era Alina. Y yo solo Viktor.

Sin poder evitarlo, me incliné, dejando que mi aliento chocara con su muñeca antes de presionar un beso sobre su piel herida.

Fue apenas un roce. Un susurro. Pero su reacción fue inmediata.

Su otra mano voló hasta mi rostro, atrapándome con los dedos, enredándolos en mi cabello, como si de pronto el contacto fuera lo único que la mantuviera anclada a la realidad.

Nuestros ojos se encontraron, y el mundo dejó de existir.

Mis labios seguían sobre su piel, y lo único que pensé en ese momento fue que jamás en mi jodida vida había querido a alguien como la quería a ella.

—Esto no cambia nada —susurró con la voz entrecortada.

La misma frase que me había dicho después de cada vez que caía en mis brazos. Pero esta vez, sonreí contra su muñeca. Porque lo cambiaba todo.

—Te juro que le haré pagar por lo que te ha hecho. —Mi tono fue letal, definitivo, como una jodida condena que estaba dispuesto a impartir.

Ella no respondió, pero cuando bajé la mirada, vi como sus dedos se cerraban con firmeza alrededor del borde de la sábana.

—No tienes que protegerlo —aseguré, al mismo tiempo que tragaba saliva, a sabiendas de que aquello estaba destrozándola.

Alina dejó ir un suspiro tembloroso, lleno de dolor y rabia, pero al mismo tiempo contenido.

—No lo hago.

La miré a los ojos y por fin la vi de verdad. El miedo, la traición, la lucha interna. Deslicé la mano por su mentón y la obligué a mirarme.

—Estás a salvo, tigrítsa —juré—. Conmigo, nadie volverá tocarte.

Su labio inferior tembló, y entonces, por primera vez, se derrumbó. No lo hizo con lágrimas, ni con palabras. Sino con un simple gesto: se dejó caer contra mi pecho, soltando la bocanada de aire que había estado conteniendo durante días.

La abracé. Fuerte. Feroz. Y supe que, pasara lo que pasara a partir de ahora, no dejaría que nadie volviera a hacerle daño.

Me enderecé, tomando su rostro entre mis manos, obligándola a fijarse en mí de nuevo. Sus ojos estaban enrojecidos y cansados, devolviéndome la mirada con una mezcla de desafío y vulnerabilidad que me partió el alma por la mitad. Nunca la había visto así, no una Alina tan jodidamente frágil.

—Vamos a hacerte entrar en calor, ¿sí? —murmuré con voz grave, deslizando los dedos por su mejilla herida con la suavidad que nunca había tenido con nadie.

Ella no dijo nada. No se apartó, pero tampoco asintió.

Solo se dejó hacer, y eso me confirmó lo mal que estaba.

La ayudé a levantase con cuidado, sintiendo como su cuerpo se tambaleaba al principio.

Su ropa estaba hecha jirones, manchada de sangre seca y mugre pegada a su piel como un recordatorio imborrable de lo que había sufrido.

La guie hasta el baño sin emitir una palabra.

No había nada más decir. Cerré la puerta tras nosotros, y abrí la ducha permitiendo que el vapor comenzase a llenar la estancia.

El calor contrastó con el frío de su piel cuando deslicé la cremallera de sus pantalones y dejé que cayeran al suelo, al mismo tiempo que me deshacía de su camiseta.

Mis ojos recorrieron cada marca, cada jodida huella de lo que había soportado.

Tenía el torso lleno de hematomas, los brazos con pequeños cortes y las piernas repletas de manchas violáceas que gritaban la violencia con la que la habían tratado.

Me mató verla así, me dolió de una manera que jamás había sentido antes.

Alina permaneció inmóvil, con la respiración agitada y los labios entreabiertos. Sus pezones se endurecieron por el contraste de la temperatura y la vulnerabilidad del momento, pero no me permití pensar en eso. No ahora.

Deslicé mis manos por sus caderas con una delicadeza impropia en mí, como si fuera de cristal y pudiera romperse con un solo toque.

Bajé su ropa interior con lentitud, sintiendo como su pecho subía y bajaba con irregularidad.

Cuando quedó desnuda por completo ante mí, no aparté la vista, pero tampoco la miré igual que lo había hecho en otras ocasiones, no con esa lujuria que me consumía.

No era el momento. Solo la observé, memorizando cada golpe, cada cicatriz nueva que no debería estar ahí, y juré, en silencio, que haría pagar por cada una de ellas.

Alina tragó saliva con dificultad y bajó la mirada, pero no intentó cubrirse. No había vergüenza en su postura, solo cansancio. Solo una rendición silenciosa que me jodió aún más.

—Ven aquí, tigrítsa —susurré, tomando su mano y guiándola bajo el agua caliente.

Cuando esta cayó sobre su piel, dejó escapar un suspiro tembloroso. Su cuerpo pareció relajarse un poco, lo suficiente como para que supiera lo que estaba sintiendo. Me metí con ella, sin importarme que mi ropa se empapara. No iba a dejarla sola.

Tomé una esponja con suavidad y la impregné de jabón.

Con movimientos suaves y calculados, recorrí su espalda, limpiando la suciedad y la sangre seca con extremo cuidado.

Cada vez que rozaba una herida, ella temblaba, pero no se quejaba.

Era tan jodidamente fuerte que me daban ganas de arrodillarme ante ella como la maldita reina que era.

Apreté la mandíbula cuando mis manos descendieron por sus brazos, bajaron por su vientre plano y subieron por sus costillas, sintiendo cada centímetro de su piel bajo mi toque.

No la toqué de manera íntima, pero el solo hecho de tenerla ahí, de poder limpiarla con mis propias manos, de cuidarla de una manera en la que nunca había cuidado a nadie… Me quemaba el alma.

Cuando llegué a su cuello, incliné la cabeza y presioné un beso justo debajo de su mandíbula, un roce que apenas fue perceptible, pero que la hizo estremecerse.

—Estoy aquí —juré contra su piel—. Nadie volverá a hacerte daño.

Ella no respondió, pero su cuerpo se relajó levemente contra el mío, como si por primera vez en mucho tiempo se permitiera confiar en alguien.

Continué limpiándola con la misma devoción, recorriendo cada rincón de su piel, borrando los rastros de la violencia, de la humillación, del dolor. Y con cada movimiento, mi resolución se hacía más fuerte.

Alina Orlov era mía.

Y aquel que se atreviera a tocarla de nuevo… No viviría para contarlo.