El legado de los Romanov 27
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Viktor

El tráfico de Moscú era una puta pesadilla. La nieve caía en copos gruesos, cubriendo la ciudad con un manto blanco que se ensuciaba rápido bajo el peso de los coches y el ajetreo incesante de la vida nocturna. Pero yo no estaba en condiciones de apreciar una mierda.

Mi cabeza aún seguía atrapada en la discusión con Nikolai.

Joder, qué manera de tocarme los huevos.

Había intentado sonsacarme información sobre Alexei.

Sabía que nuestro hermano menor estaba en algo sucio, y como líder, no le gustaban las putas sorpresas, cosa que en cierto modo entendía.

Pero yo había cerrado la boca, fiel a la promesa que le había hecho a Alexei, y eso me dejaba en una situación jodida.

Nikolai tenía un maldito radar para las mentiras, y aunque no me había confrontado de manera directa, el mensaje estaba claro: No me jodas, Viktor.

Dejé el coche en el parking y, al salir, resoplé, encendiéndome un cigarro mientras doblaba la esquina de mi calle. Iba con el ceño fruncido, el abrigo abierto y las manos metidas en los bolsillos. No tenía paciencia para mierdas esa noche.

Hasta que la vi.

Primero creí que era un espejismo; pero después me percaté de que lo que veía era tan real como mi maldita vida.

La silueta tambaleante de una mujer caminando sola, sin rumbo, como si estuviera completamente ida. Bajo las luces parpadeantes de la farola más cercana, la reconocí de inmediato. Alina.

El puto mundo se detuvo.

El corazón se me encogió en el pecho y la rabia subió por mi garganta en cuestión de segundos, como un veneno hirviendo. No podía creerlo. Había pasado casi nueve días buscándola, volviéndome loco sin saber dónde coño estaba, y ahora… ahora estaba ahí, frente a mí, con el rostro cubierto de sangre.

Corrí hacia ella, lanzándome al suelo sin dudarlo en el momento en el que se desplomó. Tomé con mimo su cabeza, apoyándola sobre mis piernas, sintiendo como la adrenalina estallaba en mí.

—Alina. —Su nombre salió de mi boca como un susurro maldito, como una súplica y una condena al mismo tiempo.

No levantó la cabeza. Le aparté el cabello como pude y, por un instante, fue como si no me viera, como si estuviera demasiado atrapada en su propia mierda como para percatarse de que era yo quien la sujetaba.

La imagen me golpeó con violencia hasta dejarme sin aire.

Apreté la mandíbula con tanta fuerza que podía escuchar el rechinar de mis muelas a punto de estallar.

Iba a matar al hijo de puta que le hubiese puesto la mano encima y me daba igual de quién cojones se tratase, pero con ella no se jugaba.

Tenía los labios partidos.

El pómulo derecho inflamado.

Un rastro de sangre seca en la comisura de su boca.

Dos lágrimas emanaron de sus ojos enrojecidos, bañando su rostro, arrastrando el líquido rojizo.

La coloqué de pie, pero sus piernas flaqueaban con cada paso, como si apenas tuviese fuerzas para mantenerse.

Iba vestida con una camiseta fina y unos pantalones oscuros, sin abrigo, sin protección contra el gélido frío de la ciudad.

La tomé de los brazos, con fuerza, con una desesperación que me consumía, como si al soltarla fuera a desvanecerse en la noche.

—¿Quién te ha hecho esto, tigrítsa? —pregunté con la voz tan baja y afilada que apenas me reconocí.

Ella pestañeó con lentitud, con los ojos encharcados en lágrimas. Estaba sufriendo un shock, un puto estado de trance que me heló la sangre en las venas.

—Dímelo —le ordené, sintiendo el fuego de la rabia carcomiéndome las entrañas—. Pienso arrancarle el corazón del pecho, Alina.

No respondió.

No lo necesitaba.

Porque en cuanto la sujeté un poco más, la vi encogerse.

La forma en la que su cuerpo se tensó y un leve quejido se le escapó de entre los labios fue lo único que necesitaba.

Me aparté un poco, recorriéndola con la vista de pies a cabeza.

Fue entonces cuando me di cuenta de la forma en la que se abrazaba a sí misma, como si intentara protegerse de un daño invisible. Y lo vi.

Marcas en sus muñecas.

Putas marcas moradas en su piel. Como si alguien la hubiera atado, como si la hubieran retenido contra su voluntad. No era un simple ataque en medio de la ciudad, la habían tenido secuestrada, por eso no supe nada de ella en los días anteriores. Entonces, todo mi mundo se volvió oscuro.

El rugido ahogado de pura furia me retumbó en los oídos, pero lo único que hice fue quitarme el abrigo para cubrir su diminuto cuerpo, inclinándome hacia ella para tomar su magullado rostro entre mis manos con todo el cuidado que pude.

—Alina, ¿qué te han hecho? —Mi voz sonó ronca, despojada de toda burla, de toda arrogancia.

Ella me miró y, por primera vez, me vio. En su mirada no había desafío, ni odio, solo agotamiento. Un puto abismo de desesperación.

Entonces lo entendí todo.

—Lev. —Escupí su nombre con la certeza absoluta de que tenía razón.

No hizo falta que me lo confirmara. Su silencio fue sentencia, la manera en la que apartó su mirada, la tensión en sus hombros, todo me dio la respuesta.

Su propio hermano. Ese hijo de puta.

Si antes estaba cabreado, ahora estaba en un estado de furia tan visceral que tuve que hacer un esfuerzo sobrehumano para no soltarla y salir corriendo directo a la casa de los Orlov a destripar a ese cabrón y a toda su puta familia.

Pero ella me necesitaba, y era ahora o nunca.

—Voy a matarlo —juré, mi voz fue apenas un murmullo, pero estaba cargada de una verdad que era absoluta.

Alina me miró y, por primera vez, vi miedo en sus ojos. No hacia mí, no, sino hacia la situación en la que se encontraba.

No le di tiempo a responder. La tomé por la cintura, con la misma facilidad con la que se sujeta a alguien que se está cayendo, y la pegué a mi cuerpo, cubriéndola con el abrigo. No pesaba nada. La sentí más frágil de lo que jamás la había visto.

—Vas a venir conmigo. —No era una sugerencia. No era una pregunta. Era una jodida orden.

No opuso resistencia. No encontré ese desafío en su mirada, esa Alina que en otro momento habría soltado barbaridades por su boca.

No dijo nada. Solo se dejó llevar.

Y eso fue lo que más me jodió.