26
Viktor
Estaba obsesionado.
Y en realidad no me daba miedo admitirlo, porque estaba jodidamente loco por ella.
No solo era por su cuerpo, por la forma en la que me miraba, o por cómo me hablaba. Lo que Alina era capaz de despertar en mí era un sentimiento especial, uno que llegaba al delirio, a ser incluso animal.
Había hablado con Andrei para que me prestase parte de su equipo, alegando que tenía que localizar a uno de los hombres con los que tratábamos a menudo y que llevaba días sin dar señales de vida.
En cierto modo era verdad, solo que no era un hombre al que buscaba,
Ella.
Mi puta condena.
La necesidad por saber dónde se encontraba era tan enfermiza que ni siquiera era capaz de pensar con claridad más allá de las cuatro mierdas que se me ocurrían.
¿Y si Dimitri tenía razón?
A lo mejor me estaba esquivando.
En ese caso no dudaría ni un segundo en demostrarle a quién pertenecía en el instante en el que la viese.
Tal vez estaba loco.
No lo descartaba.
Pero solo de pensar en que pudiese estar con otros hombres, me moría por dentro. Iba a descubrir dónde había estado y con quién.
Los mataría. Iba a acabar con ellos uno a uno, porque si Alina le pertenecía a alguien era a mí, en cualquier momento, y en cualquier lugar.
Apreté la mandíbula con la mirada fija en la pantalla, había revisado cámaras de seguridad, intentado encontrarla desde nuestro último encuentro, pero llegaba un punto en el que la perdía por completo.
Se desvanecía como un fantasma, como si jamás hubiese estado allí, y eso me jodía más de lo que era capaz de admitir.
Saqué un cigarrillo y me lo llevé a la boca, dándole una larga calada.
Me había fumado dos paquetes en menos de veinticuatro horas.
Era una completa locura.
Ya ni siquiera eso era capaz de calmar la ansiedad que me corroía por dentro.
Mi mente iba tan deprisa que decenas de escenarios catastróficos se cruzaban frente a mí descontrolados, haciendo que la imaginase en cada una de esas situaciones.
No podía contactar con su familia, y mucho menos con su hermano, quien no dudaría en intentar cortarme los huevos si le contaba en qué estábamos metidos. No cuando la guerra entre los Orlov y los Romanov estaba en su punto más álgido.
Pero… ¿Cómo demonios iba a dar con ella cuando parecía habérsela tragado la tierra?
Llevaba siete días sin verla.
Siete.
Se habían vuelto agónicos, enfermizos, igual que mi locura, que me había empujado a ir a buscarla cada noche a Aether con la esperanza de que volviese a pesar de todo.
Eso no había ocurrido.
Lo único que había conseguido era que cuatro fulanas intentaran chupármela en medio de la sala, a las que había mandado a paseo antes siquiera de que pudieran tocarme la polla.
Me pasé una mano por el cabello, intentando pensar por un segundo con la poca clama que me quedaba.
No había tantos lugares en la ciudad en los que pudiese estar escondida, y me negaba a pensar que pudiese haber salido del país.
Debería de existir algún tipo de reporte. Los equipos de seguridad de Andrei la habrían localizado mediante su biometría facial.
Era imposible que se hubiese escapado sin dejar un hilo del que poder tirar.
Me puse en pie y comencé a caminar de un lado a otro, como un maldito animal enjaulado, buscando un milagro que me iluminase y me diese una pista para encontrarla.
Obviamente no ocurrió.
Serví una copa de whisky en uno de los vasitos del minibar y me lo llevé a la boca, bebiéndomelo de un solo trago.
Miré por la ventana, fijando la vista en la ventana de su apartamento, porque sí… Estaba tan jodidamente enfermo que había pagado la habitación más cara del hotel que había frente a su piso solo por ver si acudía en algún momento.
Cerré los ojos sintiendo cómo la ira corría por mis venas a un ritmo frenético. Cogí aire y lancé el vaso contra la pared más cercana.
—¡Joder!