El legado de los Romanov 25
32%

25

Viktor

Encendí otro cigarro, inhalando la nicotina con fuerza mientras observaba a Alexei de reojo. Mi hermano menor tenía la mandíbula tensa, las manos metidas en los bolsillos de su chaqueta de cuero y ese puto brillo en la mirada que me decía que ya tenía una decisión tomada.

Lo peor de todo era que no iba a gustarme una mierda.

—Voy a ir yo solo a por el cargamento —soltó de repente, con la voz baja y firme.

Exhalé el humo con lentitud, dejando que las palabras se asentaran en el aire y giré la cabeza hacia él con una calma sobrehumana. Lo estudié durante unos segundos, viendo la rigidez de su postura, la tensión en sus hombros y el puto nerviosismo disfrazado de falsa confianza.

No le creía.

—Estás de coña, ¿no? —espeté, arqueando una ceja, sabiendo de antemano que la conversación no iba a terminar bien

Alexei chasqueó la lengua, desvió la mirada hacia un punto muerto en la pared del almacén y apretó los labios con fuerza. Su paciencia pendía de un hilo. La mía, en cambio, ya había desaparecido.

—Esto es algo que necesito manejar yo solo, Viktor —insistió.

Mi mandíbula se tensó.

—No me jodas, Alexei —gruñí—. No puedes meterme en este lío y después decidir que vas a jugar solo.

—Puedo y voy a hacerlo —replicó con una calma casi irritante—. Lo tengo todo controlado.

Estuve a punto de agarrarle por el pescuezo para tirar de él y llevarlo ante Nikolai, para que se dejase de tonterías y entrase en razón.

Lo que estaba haciendo no estaba bien, aunque en cierto modo, ¿quién era yo para juzgarlo?

Estaba follándome a una Orlov, y lo peor de todo era que la situación empezaba a carcomerme con una ansia sobrehumana.

Le sostuve la mirada, viendo la determinación en su rostro, pero también el rastro de una jodida mentira. No lo tenía controlado. Sabía que la estaba cagando, pero aún no se daba cuenta de cuánto.

—Si te metes en una mierda más grande de lo que puedes manejar, no voy a poder sacarte de ahí —le advertí—, ni siquiera Nikolai podrá.

—No necesito que me saques de nada.

Su respuesta fue un puñetazo directo a mi orgullo.

Quise replicarle, porque una parte de mí continuaba viendo al niñato que siempre había sido, con ese cabello negro y esos ojos grises tan vivarachos que siempre había tenido.

Lo analicé durante unos segundos más, y al final, bufé, pasándome una mano por el rostro y tirando la toalla.

—Haz lo que te salga de los huevos, Alexei —espeté con cansancio, a sabiendas de que aquello no llegaría a buen puerto—. Pero si todo se va a la mierda, serás tú quien se encargue de explicárselo a Nikolai.

Su mandíbula se apretó con tanta fuerza que creí que en cualquier momento le estallarían las muelas. No me lo discutió porque sabía tan bien cómo yo que estaba en lo cierto.

—Una semana —anunció—. Una semana y esto estará resuelto.

—No la cagues, Alexei —le advertí—. En una semana tenemos la boda, y nada puede salirse de los planes, suficiente tenemos con los Orlov como para tener que preocuparnos también por una panda de sicarios.

—Te lo prometo.

No dije nada más. Solo lo vi alejarse con pasos decididos, con la cabeza alta y la falsa seguridad de alguien que estaba caminando directo a la boca del lobo sin darse cuenta. Y yo, estaba permitiéndoselo.

Pasaron los días.

La primera noche me dije a mí mismo que no me importaba.

La segunda, ya no estaba tan seguro.

Pero la tercera, sabía que algo no iba bien.

Alina Orlov era un puto enigma. Siempre aparecía donde no la esperaba, me sorprendía con sus reacciones, con su puta boca insolente y su manera de desafiarme con esa mirada que me prendía en llamas.

La última vez que la vi, nos habíamos devorado en la penumbra del callejón, y su despedida había sido una amenaza de muerte.

Lo peor de todo no era eso, sino que parecía habérsela tragado la tierra. No estaba en ninguna parte, ni Aether, ni la mansión de los Orlov, ni su apartamento… En ninguno de los lugares donde esperaba encontrarla.

Lo intenté todo. Pregunté a mis contactos, llamé a los hombres que vigilaban los movimientos de los Orlov, incluso pasé por lugares que solía frecuentar. Pero nada.

Ni rastro.

El cuarto día empecé a inquietarme.

El quinto, a desesperarme.

Para el sexto, ya me había vuelto completamente loco.

Esa condenada había desaparecido y no podía hacer nada para encontrarla, y eso me quemaba por dentro como una maldita enfermedad.

—Viktor, estás fumando demasiado —gruñó Dimitri desde el otro lado de la mesa, al mismo tiempo que me observaba con el ceño fruncido.

Ignoré su comentario. Estaba en mi apartamento, con la botella de vodka casi vacía y el puto cenicero repleto de colillas.

Me había peleado con seis hombres la noche anterior, tenía el cuerpo amoratado, pero poco me importaba.

No dormía bien, no pensaba con claridad.

Lo único que ocupaba mi cabeza era ella.

—¿Cuánto tiempo llevas sin verla? —preguntó, apoyando los codos sobre la mesa.

Me pasé la lengua por los dientes, dejando la colilla en el borde del vaso.

No le había confesado lo que sentía por Alina, pero sí que estaba preocupado por lo que pudiera traerse entre manos después de haberme amenazado.

Había mentido, sí. Lo único que quería era arrastrarla a mi apartamento y follármela, confesarle la manera en la que me destruía no tenerla cerca, ver la devoción con la que me observaba a pesar de que su boca dijese lo contrario.

—Una semana.

Dimitri dejó escapar un suspiro pesado, pasándose la mano por la nuca.

—Tal vez solo está evitando encontrarse contigo —comentó—. No sería raro después del encontronazo que tuvisteis.

Gruñí, negando con la cabeza.

—No. No creo que sea eso.

Porque Alina no huía. No de mí. Si no aparecía, significaba que algo iba demasiado mal, y yo iba a descubrir qué coño estaba pasando, costase lo que costase.

Me puse en pie como impedido por un resorte, sacando el móvil del bolsillo. Dimitri me miró con el ceño fruncido, fulminándome con la mirada.

—¿Qué demonios vas a hacer?

Lo observé ido, porque sí, estaba perdiendo la puta cabeza y la cordura con ella.

—Voy a encontrarla —anuncié—. Y al cabrón que se atreva a ponerle una mano encima, lo voy a desmembrar con mis propias manos.

Y lo peor era que no estaba exagerando. Si alguien se había atrevido a tocarla… iban a conocer al verdadero Viktor Romanov, al que no tenía piedad, al que no dejaba cabos sueltos. Al que estaba dispuesto a quemar el mundo por ella.