24
Viktor
El sitio apestaba a óxido, humedad y a la jodida desesperación de los que habían pasado antes por aquí.
Un viejo almacén abandonado en las afueras, sin cámaras, sin testigos, con nada más que el eco de nuestros pasos resonando en las paredes carcomidas por el tiempo.
La única luz que había provenía de un enorme foco que reposaba en el suelo, el cual no dejaba de parpadear como si estuviera a punto de morir.
El cabrón estaba atado a una silla en medio de la sala. Sangraba por la nariz, tenía el labio partido y un ojo hinchado. Respiraba con dificultad, como si cada bocanada de aire le costara la vida entera. Alexei le había calentado antes de que llegáramos, dejándole claro que no tenía escapatoria.
Me apoyé contra la pared, sacando un cigarrillo del bolsillo y encendiéndolo con calma, dejando que el humo se dispersara en el aire rancio. Observé al hombre, midiendo su miedo, disfrutando del modo en el que su respiración se volvía errática cada vez que Alexei daba un paso en su dirección.
—Sabes por qué estás aquí —gruñó Alexei, con una frialdad que me sorprendió incluso a mí.
El tipo alzó la cabeza con esfuerzo, y esbozó una débil mueca en sus labios, mostrándonos sus dientes cubiertos de sangre.
—Mierda… Si vais a matarme, hacedlo ya —escupió.
Alexei chasqueó la lengua, inclinándose hacia él.
—Si estuvieras muerto, no podrías darnos la información que queremos —murmuró con una sonrisa torcida—. Y créeme, amigo, si no hablas, haré que desees estarlo.
Me crucé de brazos, viendo la escena sin intervenir. Alexei tenía su propia manera de hacer las cosas y, aunque no siempre la compartía, esta vez le dejaría jugar a su manera.
El hombre rio entre dientes, aunque su voz sonó ahogada por el dolor.
—Jódete, Romanov.
«Mal movimiento», pensé para mis adentros. Sin siquiera darle tiempo para parpadear, un fuerte golpe le cruzó el rostro, haciendo que cayese hacia un lado.
Alexei dejó ir un sonoro suspiro, al mismo tiempo que negaba con la cabeza, y justo antes de sacar un cuchillo de su cinturón. Pero no uno cualquiera, sino uno de filo curvo, diseñado para causar el máximo sufrimiento posible.
—Vaya, vaya… —murmuré, exhalando el humo—. Parece que tenemos aquí un jodido valiente.
Sin previo aviso, tomé uno de los machetes que reposaban sobre la mesa, y corté su dedo índice y parte del dedo corazón.
El hombre dejó ir un profundo alarido que hubiese podido helarle la sangre a cualquiera, pero no a nosotros.
Alexei volteó el rostro, fijando su mirada en la mía, aprobando mi gesto.
Antes de decir nada, mi hermano hundió la hoja en su pierna, justo en la parte del muslo, y giró la muñeca con el semblante de un auténtico psicópata.
Alexei era de esos con carita de ángel, pero capaces de desangrar al mismísimo demonio sin siquiera parpadear.
Era sádico, calculador y metódico. Disfrutaba de infligir dolor, los gritos eran música para sus oídos, por lo que los alaridos del hombre que teníamos frente a nosotros eran una delicia.
—¡Hijo de puta! —bramó entrecortado, su cuerpo se retorció en la silla, pero no tenía opción, no podía huir.
Alexei sonrió con la mano aún aferrada al cuchillo, sin sacarlo.
—Mira que intento ser educado… y tú me hablas así.
Giró la hoja de nuevo. El aullido de dolor se volvió ensordecedor. Suspiré, dejando caer la ceniza al suelo.
—Vamos a ahorrarnos esto —comenté sin ganas—. Sabemos que eres el único que conoce la ubicación del cargamento. Sabemos que, sin ti, nadie podría encontrarlo. Y que, si no hablas, Alexei se va a divertir contigo hasta que no quede una sola gota de sangre en tu cuerpo.
El hombre no dejó de jadear, con la cabeza gacha, mientras su rostro brillaba, perlado por el sudor.
Alexei bufó, exasperado, y sacó el cuchillo de su pierna de un solo tirón, provocando que la sangre brotara en un espeso charco oscuro. El tipo se quejó con fuerza, doblándose sobre sí mismo. Me acerqué con calma, dejando que los pasos resonaran en la enorme nave.
—Lo que no tiene ni puta idea es de lo que pasa cuando nos desafían, amigo. —Mi voz descendió a un tono bajo, letal—. Y créeme, no quieres averiguarlo.
El cabrón no dejó de temblar, estaba a punto de romperse.
—Dímelo ahora y acabaremos rápido —susurré cerca de su oído—. Hazme perder el tiempo y Alexei probará todas las formas que existen para hacer sufrir a un hombre.
Vi la pelea interna en su mirada. El orgullo luchando contra el instinto de supervivencia.
—Vale, vale… —farfulló con la respiración entrecortada—. Está… está en un almacén en los muelles. —Paseé una de mis navajas por su rostro al mismo tiempo que una mueca burlona se dibujaba en el mío—. Contenedor 73C. Pero no podréis entrar sin la clave de seguridad.
—Dámela.
Él cerró los ojos con fuerza, como si intentase recordarla.
—Joder… —exclamó al ver como Alexei rebuscaba algo en el maletín de las armas—. Es D-8-4-9-K.
Silencio.
Mantuve mi mirada en él unos segundos, analizando si había dicho la verdad o intentaba jodernos. Su nerviosismo y mi intuición me dijeron que estaba cantando todo. Me giré hacia Alexei y le hice una señal que nuestro acompañante captó.
—¡Espera, espera! —balbuceó—. Hay algo más.
—¿Qué? —inquirió mi hermano.
—Hay una descodificación biométrica.
—Perfecto —espeté, al mismo tiempo que veía como mi hermano sacaba su arma y, sin dudar un segundo, disparaba. Una sola bala, directo a la cabeza.
Su cuerpo se desplomó, la sangre salpicó el suelo y el sonido del disparo retumbó en el almacén antes de que el silencio absoluto lo consumiera todo.
Me acerqué al hombre y, de la misma manera que lo había hecho antes, le corté la mano derecha, guardándola en una bolsa de plástico, y le arranqué el ojo del mismo lado.
—Rápido y limpio —comenté sin emoción.
Me limpié las manos con un pañuelo de tela blanca, y volví a cruzarme de brazos. Mi hermano guardó el arma con movimientos tranquilos, aunque pude percibir como sus manos temblaban. No lo suficiente para que alguien normal lo notara, pero yo no era alguien normal.
—Nadie más puede saberlo —musitó—. Este cabrón era el único que tenía la ubicación exacta. Si lo hemos hecho bien, nadie encontrará el cargamento antes que nosotros.
No me gustaba una mierda la forma en la que lo decía, como si estuviera en una jodida carrera contra el tiempo, y eso me escamó.
—Alexei —le llamé con la voz tensa.
Se giró hacia mí, pero desvió la vista hacia un lateral.
—Viktor, confía en mí —me pidió—. Solo necesito un poco más de tiempo antes de contártelo todo.
Mis puños se apretaron a los lados.
—Esta es la última vez que te cubro sin saber la verdad —le advertí—. Si las cosas se ponen feas, no esperes que pueda salvarte el culo otra vez.
Alexei asintió, pero sabía que era un puto mentiroso, y yo era más listo que un zorro, sabía que me estaba metiendo en algo que iba a estallar tarde o temprano. Pero cuando lo hiciera, me aseguraría de que mi hermano no terminara con una bala en la cabeza.
Guardé mi arma y me giré hacia la salida, sabiendo que esto no había terminado. Era solo el puto principio.