El legado de los Romanov Epílogo
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Epílogo

Luca Moretti

La noche de la subasta.

El despacho estaba en silencio.

Un silencio caro, pulido, de esos que no existen por casualidad, sino porque han sido comprados. Las paredes de madera oscura absorbían cualquier sonido, y la luz cálida de las lámparas hacía que se crearan sombras sobre la mesa de cristal donde reposaban los documentos.

Estaba sentado frente a él, impecable, con la espalda recta y expresión neutral.

Frente a mí, La Mort y su asistente, quien sostenía la carpeta abierta, señalando con precisión cada cláusula del contrato.

—La transacción se completará esta misma noche —explicó—. Pago íntegro. Sin intermediarios. Sin devoluciones.

Deslicé la mirada por las páginas, sin prisa. No necesitaba leerlas, me las sabía de memoria. Cada palabra, cada condición, cada trampa legal escondida entre frases aparentemente inocuas.

—¿Nombre del activo? —preguntó.

—Eve.

Nada más.

Ni apellido. Ni origen. Ni historia.

Como si fuera un objeto al que no merecía la pena dotarle de un pasado.

Apreté la mandíbula, pero no lo dije. Tomé la pluma estilográfica y firmé con un trazo limpio, firme. Sin titubeos. El sonido de la punta sobre el papel resonó demasiado fuerte en la estancia.

El asistente cerró la carpeta y la sujetó contra su pecho.

—La Mort agradece su… colaboración —aseguró.

Me incliné ligeramente hacia atrás en la silla, entrelazando los dedos frente a mí.

—El placer es mío.

El hombre se puso en pie, y fue entonces cuando ocurrió.

La capa negra que llevaba se enganchó en la esquina del escritorio al dar el primer paso. El tejido tiró hacia atrás con brusquedad, y el asistente soltó una maldición ahogada. Pude ver el pánico en su mirada, cómo su respiración se volvía agitada.

—Lo siento, discúlpeme —suplicó al mismo tiempo que agachaba la cabeza, como si no hubiese visto nada.

—Lárgate —ordenó La Mort.

Su voz sonó baja, firme, cargada de una autoridad que no admitía réplica, y por primera vez oí su verdadero tono.

El hombre salió casi corriendo del despacho, cerrando la puerta tras de sí.

El silencio volvió a caer, pero ya no era el mismo.

Mis dedos se aferraron al reposabrazos de la silla, sin darme cuenta.

—Esto… —comencé a decir.

La Mort se deshizo de la tela negra que aún le cubría parte del rostro, dejándola a un lado. Inclinó ligeramente la cabeza, observándome con una calma que me heló la sangre.

—¿Decepcionado? —preguntó.

Tragué saliva.

—Sorprendido —corregí.