22
Viktor
—No te pertenezco y jamás lo haré —escupió con rabia.
Sonreí ladino. Me encantaba esa actitud, ese jodido carácter que me volvía loco, las ganas que tenía de llevarme la contraria, ese desafío en su mirada.
Podía percibir cómo se odiaba a sí misma por haberse dejado llevar con alguien como yo, y lo cierto es que poco me importaba.
Porque sabía que, al final, acabaría en mis redes, y entonces, darían igual los apellidos.
—Lo has sido desde el preciso instante en el que te abandonaste a mí, tigrítsa —aseguré, porque tenía tan claro lo que ambos sentíamos que ni siquiera tendría pudor en aceptarlo—. Lo eres y lo serás para siempre, te guste o no.
—Voy a matarte, Viktor —prometió.
Su voz sonó como un ronroneo afilado, un puñal que quería clavarse en mis entrañas, pero que no podía porque ella ya era mía. Dejé que una mueca burlona se volviese a dibujar en mi rostro, al mismo tiempo que rozaba mis labios con los suyos.
—Hazlo, Alina —susurré, deslizando mi lengua por el borde de su boca—. Pero primero, dime que no te ha gustado.
Me fulminó con la mirada, sentenciándome. Pero lo que no podía esconder es que su cuerpo aún vibraba pegado al mío por el maldito orgasmo que nos había arrollado.
No lo dijo. No podía. Porque ambos sabíamos la verdad.
—Te lo juro.
—¿Antes o después de que vuelvas a correrte para mí, tigrítsa?
Un jadeo de indignación se ahogó en su garganta cuando salí de ella, provocando que todo su ser se estremeciese. Gruñí, percibiendo como toda mi simiente caía entre sus piernas, provocando que mi deseo por ella volviese a crecer. Mi miembro palpitó con fuerza.
Apreté la mandíbula, deseoso de llevármela a cualquier lado para hacerla gemir, para que gritase mi nombre hasta quedarse afónica. Joder. El ansia me estaba matando.
—Déjame ir —siseó, pero el temblor de su tono me lo dijo todo.
Ella no quería que la soltara. Se odiaba por ello. Pero aún me odiaba más a mí por saberlo.
—Dímelo otra vez —murmuré contra su boca, al mismo tiempo que mi pulgar delineaba su labio inferior—. Dímelo sin que te tiemble la voz.
El silencio fue ensordecedor. Ni ella ni yo nos movimos.
La cuidad seguía rugiendo a nuestro alrededor, los ecos lejanos de los coches, y las risas de los transeúntes en la avenida solo eran un recuerdo.
Pero allí, en la oscuridad del callejón, solo existíamos nosotros.
Y la guerra silenciosa que no dejábamos de librar, esa que ambos estábamos perdiendo.
Apreté los dientes, cerrando los ojos un segundo antes de apartarme, lo justo para que pudiera recuperar el aliento.
El frío me caló en los huesos cuando me separé de ella, guardándome el miembro como si no hubiese ocurrido nada.
—Huye ahora, Alina —musité—. Antes de que te obligue a admitir lo que de verdad quieres.
Me miró, con la mandíbula tan tensa que pude escuchar sus dientes rechinar. Y entonces lo hizo. Se giró sin decir una sola palabra más, y comenzó a caminar, permitiendo que sus tacones resonaran en el pavimento mojado, con el vestido aún sin colocar del todo y la respiración errática.
Me quedé allí, en la penumbra del callejón, observando cómo se marchaba con pasos rápidos y tambaleantes, como si intentara huir de lo que acabábamos de hacer.
Como si creyera que la distancia pudiera borrar lo que su cuerpo ya había admitido.
Pobre tigrítsa. No tenía ni idea de lo jodida que estaba.
Solté un gruñido bajo, pasándome la una mano por la mandíbula mientras la adrenalina comenzaba a disiparse, dejando tras sí un ardor que no me abandonaba.
Cada centímetro de mi piel estaba impregnado de su olor, de su jodida esencia.
Y mi cuerpo… mi cuerpo seguía en guerra con mi mente, exigiéndome más de ella.
Como si con solo una vez fuera suficiente.
Con una maldición, me separé de la pared, enderecé la chaqueta y eché a andar, metiéndome las manos en los bolsillos mientras el aire frío de Moscú intentaba enfriar el infierno que llevaba en el pecho.
No funcionó.
Nunca lo hacía.
Encendí un cigarro, inhalando la nicotina con la esperanza de que quemase el nombre de Alina Orlov de mi maldita cabeza.
Se había grabado a fuego en mi interior, como si de una marca inevitable se tratase.
Joder. Tomé la ruta más larga de regreso a casa, permitiendo que el ruido de la ciudad me envolviera, que el caos nocturno me distrajera de la sensación que no dejaba de consumirme.
Ese jodido ansia que me prendía en llamas sin que pudiera hacer nada por evitarlo.
No sabía qué coño iba a hacer con ella. La tenía en la cabeza, en las venas, como una droga de la que no podía desengancharme. Y eso, además de cabrearme, me hacía peligroso.
No tardé demasiado en llegar a mi edificio.
Subí las escaleras en silencio, con la mente aún atrapada en el recuerdo de su mirada cuando la tuve contra la pared, en la forma en la que su cuerpo me había recibido sin reservas a pesar de las malditas amenazas, en cada uno de los gemidos que se le habían escapado.
E incluso, en la manera en la que me había dicho que me mataría con los labios aún hinchados por mis besos.
Sonreí guasón. Que me matara, si tenía cojones.
Abrí la puerta y me deshice de la chaqueta, dejándola sobre el sofá antes de encaminarme hacia la cocina. Saqué una botella de vodka del estante y serví un trago, sintiendo cómo el líquido ardía en mi garganta al mismo tiempo que un pitido me hacía girar la cabeza.
El móvil comenzó a sonar con insistencia sobre la mesa. Fruncí el ceño, cogí el dispositivo y miré la pantalla.
Alexei.
Contuve el aliento, ¿qué demonios estaba ocurriendo? Llevaba días sin saber de él, más de lo normal. Respondí al instante, dejando que mi espalda se apoyara contra la encimera.
—¿Qué ocurre?
Silencio.
Algo en mi interior se tensó al notar el peso contenido en la respiración de Alexei al otro lado de la línea. No era normal que me llamara así, y menos a estas horas.
—Viktor… —Su voz sonó tensa, nerviosa e incluso titubeante. No era miedo, no, mi hermano nunca temía a nada, pero sí había una urgencia que hizo que mi agarre en el vaso de vodka se endureciera—. Necesito tu ayuda.
Me enderecé como impedido por un resorte.
—¿Qué ha pasado? —cuestioné furibundo.
Silencio de nuevo. Y entonces, su respuesta llegó, baja, con una seriedad que me hizo apretar la mandíbula.
—No puedo explicártelo por teléfono. Solo… dime dónde estás y voy a buscarte.
La sensación de alerta se instaló en mi pecho de inmediato.
—Estoy en casa —contesté, con la mirada clavada en la pared como si pudiera darme las respuestas que no tenía—. ¿Dónde estás tú?
Un soplido.
—Cerca. Sal en diez minutos.
Y la llamada se cortó.
Bajé el teléfono con lentitud, mirándolo durante un largo segundo antes de soltar una maldición y apurar el trago de vodka de un solo golpe. Algo no iba bien. Fuera lo que fuera, Alexei no era de los que pedían ayuda si no era por algo realmente jodido.
Tomé mi chaqueta de nuevo, asegurándome de que la Glock estuviera en su sitio antes de salir del apartamento. La noche seguía igual de fría, igual de ruidosa, pero la sensación en mi pecho había cambiado. Algo estaba por venir. Y tenía la sensación de que no iba a gustarme una mierda.