21
Viktor
El frío me mordía la piel, pero el verdadero incendio ardía entre mis manos. Alina estaba allí, atrapada entre mi cuerpo y la pared húmeda del callejón. Su pecho subía y bajaba a un ritmo frenético, su mirada brillaba encendida por el odio y por algo más oscuro, eso que se negaba a admitir.
—Mátame, tigrítsa —murmuré de nuevo, con una sonrisa perezosa, cargada de una seguridad que llegaba a ser, incluso, peligrosa—. Sé que lo estás deseando.
Su mano voló en un intento desesperado de apartarme, pero la atrapé en el aire. Nuestros cuerpos se pegaron más. Su respiración caliente chocó contra mi cuello, y pude oler el vodka y la furia en su dulce aliento.
—Eres un cabrón —siseó entre dientes.
Sonreí ladino contra su piel, percibiendo como mi miembro palpitaba, imaginándose resguardado en lo más profundo de su interior.
—Y tú una mentirosa.
Llevé mi boca a su oído, dejando un beso justo debajo de su mandíbula, sintiendo cómo contenía el aliento.
—Dime que no me deseas —susurré, dejando mis labios a escasos milímetros de los suyos—. Dime que no estás empapada solo porque te tengo aquí atrapada.
Un jadeo se ahogó en su garganta cuando mis manos, crueles y expertas, se deslizaron sobre su ropa hasta llegar a su rincón prohibido, de nuevo. Dios, estaba tan cachondo que podría haberme corrido solo de sentir el ardor de su sexo.
—Viktor, para… —pidió en un leve murmullo, pero su tono no fue una orden, sino una súplica, una que me gritaba que la tomase toda para mí.
Y eso fue suficiente para romper lo que quedaba de mi control.
Estampé mis labios contra los suyos, devorándola con una fiereza que no reconocí, la misma que solo ella era capaz de despertar.
Al principio, Alina intentó resistirse, pero, segundos más tarde, todo su cuerpo clamaba mi atención, correspondiéndome cada uno de los besos que le daba.
Un jadeo se le escapó cuando separé mis labios de los suyos, tirando del inferior, lo que dibujó una sonrisa gatuna en mi rostro.
Y allí estaba, al borde de la locura, dispuesto a arrodillarme frente a la hija del mayor enemigo de mi familia, a punto de claudicar y servirle mi vida.
El sonido de unas voces masculinas llegó desde el final del callejón, sacándome de la burbuja de pensamientos en la que me encontraba.
Joder.
Sin pensarlo, la giré con brusquedad y la empujé contra un montón de cajas apiladas, cubriéndola con mi cuerpo. Mi mano se deslizó por su boca antes de que pudiera soltar una maldición, acallando cualquier sonido.
—No hagas ruido —murmuré, pegando mis labios a su oído.
Ella forcejeó, pero yo ya estaba hundido en su piel. Mis manos viajaron por su cuerpo con la misma brutalidad con la que ella intentaba resistirse. Deslicé los dedos por sus muslos, sintiendo cómo su piel ardía bajo mi toque.
—Viktor… —susurró, en un tono tan peligroso que hizo que mi miembro palpitara con pura ansiedad.
Le subí el vestido con un solo movimiento, dejando al descubierto unas bragas de encaje negro que se ceñían a su lugar prohibido, chorreantes por su humedad. Dios, estaba tan jodidamente lista para mí que quise arrancárselas con los dientes.
Besé su cuello, succionando la piel justo donde sabía que la haría perder el control. Porque sí, yo estaba al borde del colapso, pero lo que el cuerpo de Alina revelaba era aún mayor que lo que me gritaba su mirada.
—Dime que esto no es lo que quieres —le desafié, al mismo tiempo que mis dedos se adentraban en su sexo con una facilidad insultante.
Una sonrisa chulesca tironeó de la comisura de mis labios, y no pude evitar soltar un gruñido al sentir como su interior me engullía tan hambriento como lo estaba yo.
Me aparté un segundo de ella, lo suficiente como para poder ver su rostro en la penumbra, cómo tenía la boca entreabierta, hinchada a causa de los besos, y por un momento, deseé romperla.
—Vamos —gruñí entre dientes, acercándome un poco más a su oído—. Dime que no quieres que te folle —le ordené.
No lo hizo.
No se apartó.
Solo dejó caer la cabeza contra mi hombro, con la respiración agitada, quemándome con su aliento, con las piernas temblorosas y su cuerpo rindiéndose a la realidad que tanto se esforzaba por negar.
Los hombres pasaron de largo, hablando entre ellos, sin siquiera prestarnos atención. Para ellos no éramos más que dos sombras en la ciudad. Dos desconocidos envueltos en la penumbra, ajenos al mundo.
Pero ella… ella estaba perdida, y yo estaba a punto de destruirla.
Apreté mi erección contra su sexo, empujándome con una necesidad primitiva, sintiendo cómo el calor de su cuerpo me consumía. El vestido aún estaba subido, las bragas estaban empapadas, pegadas a su piel, y mis manos no encontraban la manera de apartarse de sus muslos.
—Eres mía, tigrítsa —sentencié contra su oreja—. No importa cuánto intentes huir, siempre acabas viniendo a mí.
Alina ahogó un gemido que me supo a gloria, al mismo tiempo que mordía su labio con tanta fuerza que creí que se haría sangre.
—Esto no cambia nada —musitó.
Sonreí con perversión, sabiendo que estaba tan perdida como yo.
—Lo cambia todo.
Mis dedos continuaron moviéndose en su interior, sintiendo la humedad pegajosa que confirmaba lo que ya sabía.
Ella me deseaba. Me odiaba por ello. Pero al mismo tiempo me quería.
—Me das asco —escupió, pero entonces, mis acometidas se volvieron más fieras.
—Dilo otra vez, tigrítsa —murmuré con la voz ronca, deslizando mis dedos dentro y fuera de ella con una lentitud tortuosa, notando su cuerpo estremecerse contra el mío—. Pero mírame a los ojos mientras lo haces.
No lo hizo.
No pudo.
Sus manos se aferraron a las cajas de su lado, sus uñas se clavaron en la madera al mismo tiempo que su espalda se arqueaba en el momento exacto en el que uno de mis dedos se posicionó en su pequeño botón, haciéndola jadear.
—Hijo de puta —susurró, temblando.
Me reí contra su cuello, hundiendo mi nariz en su cabello, como un puto pervertido, inhalando su aroma a jazmín mezclado con el perfume embriagador del deseo.
—Dilo fuerte —la desafié, frotando mi pulgar contra su clítoris en pequeños círculos.
Su cuerpo se tensó con violencia, consiguiendo que se rozase contra mi abultado paquete, arrancándome un gruñido.
Joder.
Mi mano abandonó su centro solo el tiempo necesario para desabrocharme los pantalones, liberando mi erección dolorosa, goteante y lista para reclamar lo que ya le pertenecía: Ella.
Me incliné aún más sobre su cuerpo, sujetándola por la nuca y obligándola a mantenerme la mirada, mientras colocaba la punta de mi miembro contra su entrada, frotándola con movimientos lentos y calculados.
—¿Quieres que te folle aquí mismo? —pregunté, rozando mi glande contra su clítoris, sintiendo su humedad bañarme—. ¿O es demasiado sucio para una Orlov?
Su aliento salió en jadeos entrecortados, pero no respondió.
—Te he preguntado algo, Alina —mascullé.
Sus uñas se clavaron esta vez en mi espalda, provocando que un gesto de dolor atravesase mi rostro.
—Vete a la mierda —sentenció.
Estampé mis labios contra los suyos, comiéndomela con una ansiedad que me consumía, tan cachondo que podría haberme corrido con tan solo un roce.
—No es eso lo que te he preguntado —repetí.
—Hazlo.
Y entonces la embestí de una sola vez, hundiéndome en su interior hasta el fondo, arrancándole un grito ahogado que murió en la noche de Moscú.
Una, dos, tres, cuatro… Mis estocadas no dejaban de repetirse, consiguiendo que su cuerpo se tensase alrededor de mí como una condena, una puta tortura que estaba dispuesto a asumir.
Mis manos atraparon sus caderas, sosteniéndola con fuerza, consiguiendo que sus largas piernas rodeasen mi cintura, mientras me retiraba con lentitud para volver a entrar con una brutalidad calculada, asegurándome de que sintiera cada centímetro de mi miembro abriéndose paso dentro de ella.
Joder.
—Eres tan jodidamente estrecha... —gruñí, inclinándome sobre ella, mordiendo su labio.
Alina tembló, su cabeza cayó hacia adelante, mientras su boca se entreabría en un intento desesperado por contener los sonidos que la traicionaban. No se lo permití. Atrapé su barbilla con una de mis manos, obligándola a mirarme mientras me la follaba contra la pared de aquel maldito callejón.
—Mírame —le ordené, en el instante en el que todo su cuerpo se estremeció—. Quiero ver cómo te corres para mí, Orlov.
Sus pestañas temblaron, su mandíbula se tensó y su respiración se convirtió en un desastre maravilloso. En sus ojos vi todo lo que necesitaba ver. Odio. Desesperación. Placer. Deseo. Perdición.
Su orgasmo llegó como una maldita tormenta, arrollándome. Su interior se contrajo con fuerza, atrapándome en una prisión de la que jamás querría salir. Mis manos volaron hacia su cuello, sujetándola, obligándola a observarme mientras me corría en su interior, rugiendo su nombre en la oscuridad.
—Nunca te olvides de a quién perteneces —siseé.