20
Alina
Desperté sobresaltada con el corazón en un puño por la cantidad de golpes que alguien daba en la puerta de mi habitación.
Miré el reloj y vi que eran las ocho de la tarde, ¿cuánto llevaba dormida?
Me pasé la mano por la cara y fue entonces cuando la puerta se abrió de par en par, chocando con fuerza contra la pared.
—¡Alina! —vociferó mi hermano, irrumpiendo en mi habitación como un maldito huracán.
Mi corazón se aceleró, y me incorporé de golpe, parpadeando para intentar procesar qué demonios ocurría. Mi hermano estaba allí, de pie en el umbral de la puerta, sujetando su móvil con la mano en un puño, y una expresión que oscilaba entre la furia y la incredulidad.
—¿Qué cojones es esto? —espetó, lanzando el móvil sobre la cama.
Lo cogí sin entender nada… hasta que lo vi. El aire se me atascó en los pulmones y, por un instante, creí que el corazón dejó de palpitarme. Era una de las fotografías. No la peor, pero lo suficiente como para que Lev se hiciese preguntas.
No supe qué hacer durante unos segundos. Mi cerebro intentó correr a la misma velocidad que mis latidos, buscando una respuesta, una excusa, cualquier jodida mentira que pudiera sacarme de esto.
—¿De dónde has sacado esto? —pregunté, tratando de controlar mi tono.
—Me lo han enviado.
Su mandíbula se tensó, y sus ojos azules se volvieron más oscuros, tanto que pude apreciar una tormenta en ellos.
—¿Quién? —inquirí.
—¿A mí qué cojones me importa quién? —gruñó—. Lo que quiero saber es qué significa esta mierda.
Mi cabeza iba a estallar en mil pedazos y no sabía siquiera cómo iba a recomponerla. Las manos comenzaron a sudarme, las palpitaciones en mi pecho se volvieron más fuertes, tanto que creí que en cualquier momento las escucharía. ¿Viktor había hecho esto? ¿O alguien más estaba moviendo los hilos?
—Lev, no es lo que parece.
—¿Ah, no? —inquirió para, segundos después, dejar ir una carcajada sarcástica mientras negaba con la cabeza—. Porque a mí me parece que estabas pasándolo demasiado bien con alguien en Aether.
Contuve el aliento, sintiendo como las piernas comenzaban a flojearme. Si Lev había recibido aquella fotografía, ¿quién más la tendría? ¿Y si había llegado a manos de mi padre? Las ideas cruzaban mi mente como rayos, sin que apenas me diese tiempo a detenerme en ellas, aturullándome
—¿Es que te has vuelto loca? —cuestionó al mismo tiempo que comenzaba a dar vueltas por la habitación como un león enjaulado.
—Lev, por favor, vas llamar la atención de padre y…
—¿Es que no te hemos advertido de esta clase de lugares? —me interrumpió como ido.
En un intento desesperado por desviar la atención de mi persona, me puse en pie y caminé hacia él, e intenté arrebatarle el teléfono de las manos.
—¿Me estás espiando? —inquirí.
—No necesito espiarte, Alina —sentenció—. No cuando recibo imágenes como estas en mi puto móvil.
Mi garganta se cerró. Mierda. Mierda. Mierda. Si no salía de la casa ya, iba a acabar confesando algo que no podía permitir que supieran.
—No tengo tiempo para tus paranoias, Lev. —Me coloqué las botas y cogí el abrigo—. Voy a aclararlo.
—¿Aclarar el qué?
Lo ignoré y salí del cuarto con pasos rápidos, dejando a mi hermano allí, con todas las preguntas colgando del aire. Tenía que encontrar a Viktor y hacerle pagar por la mierda que acababa de hacer.
La noche de Moscú envolvía la ciudad en un velo gélido, con las luces de las farolas titilando sobre los adoquines mojados como si fueran estrellas a punto de extinguirse.
El frío se colaba entre mis huesos, pero lo único que en realidad sentía era el ardor de la furia palpitar en mis venas.
Mi respiración era irregular, el pulso me martilleaba en las sienes con un ritmo frenético, y cada fibra de mi cuerpo vibraba con la tensión contenida de una bestia al borde del colapso.
Sabía que iba a estar allí antes siquiera de verlo.
Su presencia era como un jodido veneno en el aire, inconfundible, adictivo y destructivo al mismo tiempo.
No necesitaba girarme para sentir la presión invisible que se cernía sobre mi espalda, ese peso que me decía que Viktor Romanov me había esperado.
No importaba cuánto me esforzara en ignorarlo, cuánto intentara arrancarlo de mi piel, porque siempre volvía a encontrarme.
O tal vez era yo la que siempre terminaba volviendo a él.
Apreté los puños con tanta fuerza que las uñas se me clavaron en las palmas, tratando de contener la oleada de emociones que me consumía.
Rabia. Dolor. Frustración. Deseo. Todo mezclado en una espiral peligrosa que no quería analizar.
Porque hacerlo significaba tener que admitir que la razón por la que mi piel ardía no era solo odio, y eso era algo que jamás iba a aceptar.
No me detuve, no giré la cabeza, solo seguí avanzando con pasos rápidos y decididos, como si pudiera huir de la tormenta que llevaba dentro, de él.
Pero Viktor no era alguien de quien se pudiera escapar.
Él era el tipo de hombre que te cazaba con paciencia, que te seguía en la sombra hasta el momento exacto en el que decidía atraparte.
Y lo supe en cuanto su voz rasgada se deslizó sobre mi piel como un roce invisible.
—Tienes mala cara, tigrítsa.
Mi cuerpo reaccionó antes de que lo hiciese mi mente.
Me giré con tanta rapidez que los tacones chirriaron contra la piedra mojada, con la respiración descontrolada y la mirada encendida por la furia.
Allí estaba él, apoyado contra la pared como si no tuviera una sola preocupación en el mundo, con su chaqueta de cuero abierta, dejando entrever los rastros de la pelea en la que se había metido.
Tan malditamente relajado, tan jodidamente seguro de sí mismo y tan guapo que me dolió en el ego admitirlo.
Porque sí, Viktor era el hombre más atractivo que hubiese visto jamás.
Una sonrisa ladina se dibujaba en su rostro, brillando bajo la tenue luz de las farolas, y eso era el puro reflejo de un hombre que sabía que estaba ganando la partida, incluso cuando ni siquiera se molestaba en mover sus piezas.
—Tú —bisbiseé.
Su nombre se me quedó atascado en la garganta como una espina venenosa.
Odiaba la manera en la que cada maldita sílaba parecía traer consigo el recuerdo de su boca sobre mi piel, de sus manos sujetándome como si yo le perteneciera.
Pero más que eso, odiaba que él lo supiera.
Que me mirara de esa manera, como si pudiera ver lo que había más allá de mi ira, como si pudiera oler el puto desastre emocional que me tenía al borde del colapso.
Viktor arqueó una ceja con fingida inocencia, su expresión estaba rebosante de una burla pretenciosa que quise borrar.
—¿Esperabas a otro? —cuestionó chulesco.
No lo pensé. No lo analicé. Solo dejé que mi cuerpo hiciese aquello que tanto deseaba: Mi puño se elevó directo hacia su rostro con la única intención de borrarle esa maldita sonrisa, de hacerle pagar por cada segundo que había ocupado en mi mente.
Pero Viktor ya lo esperaba. El muy cabrón ya sabía que iba a atacarlo incluso antes de que yo lo supiera.
Con una facilidad insultante, atrapó mi muñeca en el aire. Sus dedos se cerraron alrededor de mi piel con firmeza, pero sin apretar demasiado. No me hacía daño, pero me dejaba claro que, si quisiera, podría reducirme en cuestión de segundos.
El calor de su agarre me quemó.
Estábamos demasiado cerca. Mi pecho subía y bajaba con cada respiración, tan agitada como errática, el suyo apenas se movía, como si disfrutara de cada segundo de mi rabia.
Y lo hacía. Lo veía en sus ojos, en la forma en la que su mandíbula se tensaba, en cómo sus labios se curvaron una vez más en una sonrisa que provocó que mi sangre hirviera aún más.
Sin que pudiera esperarlo, me tomó por la cintura, arrastrándome al interior de uno de los callejones adyacentes a la calle principal.
—Me gusta cuando vienes a buscarme —ronroneó contra mi oído.
Su voz descendió a un tono tan bajo que sentí su vibración en mi piel, un ronroneo grave que se deslizó sobre mi cuerpo como un veneno. Le odié. Lo hice con todo mi ser por todo lo que aquello significaba.
Forcejeé, intentando liberarme, pero su agarre no cedió. Nunca lo hacía.
—Voy a matarte, Romanov —siseé entre dientes, escupiéndole a la cara.
Su mueca se ensanchó, lenta, perversa, como si acabara de escuchar la confesión más divertida del mundo. Como si supiera que, en el fondo, jamás podría hacerlo. Mi sexo palpitó ansioso de un nuevo encuentro, porque aunque me sacase de mis casillas, mi cuerpo le deseaba con una fuerza inhumana.
—Si de verdad quisieras matarme, tigrítsa… ya lo habrías hecho —musitó—. Es más, me juego lo que quieras a que… —Antes de terminar la frase, coló una de sus manos bajo mi vestido, alzándolo—, estás tan húmeda... —gruñó al mismo tiempo que adentraba dos de sus dedos en mi interior.
Las palabras se agolparon en mi garganta, pero lo único que pude hacer fue emitir un gemido ahogado. Viktor alzó los dedos con los que acababa de tocarme hasta su boca y los lamió con una lujuria que debería estar prohibida.
—Mátame, tigrítsa —susurró—, si te atreves.
Sus palabras flotaron entre nosotros, cargadas de certeza. De desafío.
Y lo odié aún más, porque en ese instante supe que estaba perdida.