19
Viktor
Aún podía olerla en mi piel. Ese dulce perfume a jazmín, el rastro invisible de su sudor, la sensación de su boca, su lengua, sus gemidos ahogados en mi oído. Joder. Me había follado la mente, y eso era aún peor que hacerlo con mi cuerpo.
Me pasé una mano por el rostro, inhalando hondo mientras intentaba controlar el maldito incendio que me devoraba desde dentro.
La imagen de Alina se repetía en mi cabeza como un maldito bucle: su mirada encendida de rabia, la boca entreabierta, cómo su cuerpo se tensaba con cada una de mis respuestas.
Sabía que la jodida tensión entre ambos era una cuerda a punto de romperse, que la próxima vez que nos encontráramos, uno de los dos acabaría en el suelo. O en la cama.
Pero eso no era lo peor. Miré las fotografías. No tenía ni puta idea de quién las hizo. Había jugado con ella, burlándome en su cara, pero la verdad era que no tenía ni la menor pista de quién cojones quería jodernos a los dos. Y eso me ponía de una mala hostia monumental.
Encendí el cigarro y giré hacia la ventana de mi apartamento, observando las luces de Moscú expandirse bajo el cielo encapotado. La noche era espesa, como un puto presagio, y mi instinto me gritaba que esto no había hecho más que empezar.
No podía permitirme un cabo suelto. No con ella. No con los Orlov.
Cogí el móvil y marqué un número.
—Andrei, necesito que vengas a mi casa.
El tono en mi voz no admitía réplica.
—¿Qué ocurre? —cuestionó, con la misma rudeza que siempre.
—Te lo cuento cuando llegues. Es importante.
—Ya estoy de camino —aseguró al mismo tiempo que escuché el rugir de su moto.
Colgué y puse el cigarro en el cenicero, dejando que se consumiese, igual que lo haría yo si Nikolai se enteraba de todo lo ocurrido.
Volví a repasar en mi mente todo lo que había pasado en los últimos días, pero aún más en las últimas horas.
No podía confiar en nadie, ni siquiera en mis propios aliados.
Pero si había alguien en quien podía apoyarme, aunque me costara admitirlo, era Andrei.
No hacía demasiado que se había unido a nosotros, tras descubrir que nuestra madre era también la suya, y a pesar de que su apellido no debía ser Romanov, Nikolai decidió que era más que merecedor de tal honor.
En menos de veinte minutos tocó mi puerta.
Entró con paso seguro, con ese aire de seguridad controlada que siempre tenía.
Llevaba una chaqueta de cuero y el gesto pétreo de quien ya había visto demasiadas cosas en su vida.
Andrei había sido un mercenario desde que no era más que un chiquillo, y eso le había enseñado la crudeza de la realidad en la que vivíamos.
—¿De qué va esto? —preguntó sin rodeos al ver que sobre mi mesa se extendían las fotografías y posibles grabaciones de cámaras de seguridad.
—Necesito que investigues algo.
Andrei arqueó una ceja, analizando mi expresión con suspicacia.
—¿Desde cuándo necesitas ayuda para «investigar cosas»? —cuestionó, ya que siempre había intentado ir a mi aire, sin involucrar a la familia.
Me pasé la lengua por los dientes, sintiendo la tensión apretar mis hombros. Joder. Aún no podía confesarle lo ocurrido, y mucho menos con quien me estaba involucrando.
—Solo hazlo, Andrei —le pedí—, confía en mí.
Mi hermano menor me sostuvo la mirada sin parpadear, evaluando cada jodido matiz de mi expresión como el experto que era.
—Siempre lo he hecho —aseguró—. Pero si hay algo que deba saber, o que ponga en peligro a la familia, más vale que me lo digas ahora.
Apreté la mandíbula con tanta fuerza que creí que mis muelas saltarían por los aires como si de fuegos artificiales se tratara.
—Solo necesito saber quién está detrás de unas fotografías —le resté importancia.
—¿De qué fotos estamos hablando?
Respiré hondo, controlando el impulso que me gritaba que le contase toda la verdad a pesar de que eso pudiese joder todo el plan que Nikolai estaba orquestando.
—Eso no importa —me excusé.
Él chasqueó la lengua con desaprobación y con una impaciencia que comenzaba a ponerme de los nervios.
—Sí que importa, y lo sabes —aseguró—. Si hay algo que pueda ponerte en peligro, quiero saberlo.
Su lealtad me irritaba y me aliviaba a partes iguales. No estaba acostumbrado a dar explicaciones, y mucho menos cuando tenía algo que ocultar.
—No te preocupes por mí. Solo ocúpate de encontrar la fuente.
Permaneció mirándome en silencio, con esa intensidad suya de quien no se traga una sola de mis mentiras, pero al final asintió.
—Bien, pero cuando tenga respuestas, espero que tú también las tengas para mí.
Le tendí una de las imágenes en las que aparecía en el club con aquella máscara de Anubis que tan característica se estaba convirtiendo, y la miró con detenimiento.
—La fotografía se ha hecho con una LawMate —dijo con rotundidad nada más verla.
—¿Cómo lo sabes?
—El ángulo es de lo menos común, en el fondo podemos apreciar un ligero ruido debido a la falta de iluminación, y esta parte de aquí —añadió, apuntando los bordes—, tiene una ligera distorsión que indica que ha sido realizada desde una cámara no convencional.
—Intenta encontrar quién las ha hecho.
—Va a ser difícil, pero haré todo lo que esté en mi mano
Cuando se marchó, mi mente voló a un nuevo objetivo. Sonreí ladino, lleno de una maldad que no reconocí mía, o tal vez sí. Cogí una de las imágenes que me había dado Alina. No la peor. No la que nos mostraba en lo más prohibido, pero sí lo suficientemente comprometedora.
Observé la manera en la que nuestros cuerpos se unían, cómo mi mano descansaba en su cintura, la manera en la que nuestras piernas se entrelazaban deseosos de más.
La polla se me endureció al instante solo de pensar en ello, en el momento en el que Alina se había masturbado frente a mí, recorriendo su sexo con delirio, hundiendo sus dedos en la humedad de su ser y corriéndose sin apartar la mirada de la mía.
Estaba jodido de cojones.
Cogí el móvil de prepago y busqué el contacto de Lev Orlov.
Ese hijo de puta que había crecido con el veneno de su padre en las entrañas.
Iba a encargarme personalmente de que Anubis les jodiese todos y cada uno de los negocios que tuvieran en la ciudad.
No escribí ni una sola palabra. Simplemente, le envié la imagen.
Y esperé.