El legado de los Romanov 18
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alina

Mi corazón latía como un tambor de guerra mientras caminaba entre la multitud, con el cuerpo rígido y la mandíbula apretada hasta el punto de dolerme. No podía seguir allí ni un maldito segundo más.

Los sonidos del club se mezclaban con un zumbido ensordecedor, risas, murmullos y la jodida música atronando mis oídos como una burla cruel.

Sentía los ojos sobre mí. Llevaba demasiado tiempo asistiendo a Aether como para que no me conociesen en la sala contigua, la de todo el mundo.

El morbo, la curiosidad, la maldita expectación colgaban en el aire como cuchillas listas para cortarme.

Mi respiración era un desastre, no podía regularla ni hacer que la rabia dejase de retumbar en mi pecho con la potencia de un trueno. Cada palabra suya se repetía en mi cabeza como una maldición.

Ya lo hiciste. Me dejaste con la polla tiesa.

Por suerte, ya hubo alguien que se encargó de hacer tu trabajo.

¿Qué era lo que sentía? ¿Celos? Cada vez que una de sus frases se repetía en mi cabeza, me empujaba más y más al borde del abismo.

Quería gritar, quería dar la vuelta, retornar al local y arrancarle la piel a tiras, hacer que se tragara cada una de sus malditas palabras, que se ahogara en su propia arrogancia.

Pero, sobre todo, quería borrarme de la piel el deseo inherente que aún me recorría.

Apreté las manos en puños con tanta fuerza que las uñas se me clavaron en las palmas.

Él lo sabía. Sabía que su cuerpo había sido mi condena desde la vez que me tocó, cuando ni siquiera conocía su identidad, que a pesar de que me jurase no volver a caer, la tentación estaba ahí, jodiéndome, carcomiéndome por dentro. Maldito bastardo.

El pasillo hacia la salida se me hizo eterno.

Pasé junto a varios hombres trajeados que charlaban mientras sostenían sus copas de whisky, y no tardé en notar como uno de ellos me miraba con fijeza.

Pero no lo hizo a la cara, sino entre las piernas, en las caderas, en la puta piel que mi vestido ajustado dejaba entrever.

—¿Estás sola, preciosa? —La voz de aquel imbécil llegó a mis oídos como una gota de gasolina en mi ya ardiente furia.

Me tomó con fuerza del brazo, y antes de que pudiese decir nada más, le fulminé con una mirada que debería haberlo reducido a cenizas.

—Vete a tomar por culo. —Mi voz sonó tan afilada como una navaja.

El tipo alzó las manos con una sonrisa socarrona y se volteó, murmurándole algo a sus amigos. No me importó, porque si hubiese permitido que lo hiciera, la cosa habría acabado demasiado mal para ambos.

Caminé sin rumbo, sin importarme la gente que pasaba a mi alrededor.

Las luces de la ciudad destellaban como miles de promesas rotas, las mismas que yo me había hecho a conciencia, esas en las que juré alejarme de Viktor.

La plaza Roja estaba a unas calles de distancia, y el Kremlin se alzaba en la noche como un testigo silencioso de mi absoluta miseria.

—Joder… —mascullé, frenando en seco.

Las piernas me cimbreaban como si de una hoja mecida por el viento se tratase. Mis labios aún ardían con el roce de su boca, mis muslos estaban impregnados con el recuerdo de sus manos, y mi cabeza… Mi cabeza era un campo de batalla en el que solo existía un nombre.

Viktor.

No podía permitirme esto.

No podía continuar sintiéndome así. Tan fuera de control, tan despojada de mi propia identidad, reducida a un puto desastre emocional por culpa de un Romanov.

Inspiré con fuerza, tratando de regular mi respiración, sintiendo como el aire frío de Moscú helaba mis pulmones. Cerré los ojos.

Uno…

Dos…

Tres…

Pero de nada sirvió. Mi cuerpo aún estaba en llamas, y lo peor de todo era que no sabía si era de rabia o del maldito deseo que se había grabado en mi piel como un tatuaje.

Apreté la mandíbula y continué caminando, sin rumbo, con los tacones resonando sobre los adoquines. Necesitaba llegar a casa, encerrarme en mi habitación y olvidar lo ocurrido. Necesitaba encontrar la manera de hundirlo, de hacer que pagara por todo lo que me estaba hacía sentir.

Porque lo que más me jodía no era que me deseara. Lo que más me perturbaba era que yo también lo deseaba a él. Y eso era algo que no estaba dispuesta a perdonarme.

Cada paso que daba por las calles de Moscú me pesaba como una maldita losa, como si la ciudad entera me observara, susurrando entre las sombras mi vergüenza, mi rabia, mi jodida contradicción.

El frío mordía mis mejillas, pero ni siquiera eso lograba borrar el ardor que Viktor había sellado en mi piel.

Era como si su toque aún estuviera impreso en cada parte de mi cuerpo.

Caminé sin rumbo fijo, sintiendo el vaivén de la ciudad a mi alrededor.

Los coches pasaban raudos, había grupos de gente joven que reía a carcajadas mientras se perdían en los callejones, un lugar al que yo debería pertenecer y del que me habían arrancado solo por ser una Orlov.

Nunca se me había permitido ser normal, vivir una vida de niña o adolescente, ni cuando cumplí la mayoría de edad.

Siempre estuve encorsetada en la imagen de la mujer en la que deseaban que me convirtiese, en vez de en la que quería ser.

Tal vez por eso me había vuelto tal y como era, una auténtica malcriada, déspota y caprichosa.

Puede que esa fuese mi excusa para amar lo prohibido, para haberme vuelto adicta a un hombre que no me convenía y que era más mayor que yo.

No podía volver a mi apartamento. No ahora.

No con esas malditas fotos acechándome, con su rostro estampado en mi mente como una maldición.

Necesitaba volver a casa, a la de mis padres.

Apreté los labios con fuerza ante esa idea.

No me sentía lista para enfrentarme a la presión de estar allí, bajo la mirada inquisitiva de mi padre, bajo el peso de las expectativas que llevaba arrastrando desde que tenía memoria.

Pero en ese momento, era la única opción.

No podía permitirme estar sola. No cuando todo en mi interior gritaba su nombre.

Tomé un taxi sin pensarlo demasiado. No quería llamar la atención apareciendo con el coche de la familia a esa hora, y menos con la cara desencajada y la mente prendida en llamas. El trayecto fue silencioso, salvo por el sonido de la lluvia ligera que comenzaba a caer sobre el cristal.

Cuando llegué, la mansión Orlov se alzaba imponente en la penumbra, sus luces estratégicamente encendidas en ciertos ventanales, como un monstruo con los ojos abiertos.

Pagué al taxista sin apenas mirarle, sin esperar el cambio, y subí las escaleras con el corazón golpeándome como un tambor en las costillas.

El aire cálido del interior me golpeó nada más cruzar la puerta. Todo estaba en calma, más de lo que hubiese imaginado, como esa tranquilidad que hay antes de una tormenta.

—¿Alina?

Di un respingo nada más escuchar mi nombre.

Todo el cuerpo se me tensó, provocando que me quedase inmóvil.

Alcé la mirada y ahí estaba, parado frente a mí.

Lev. Mi hermano mayor me observaba con el ceño fruncido desde el pasillo, vestido con una camiseta negra y pantalones deportivos, claramente relajado antes de que mi inesperada presencia irrumpiera en su noche.

—¿Qué haces aquí a estas horas? —preguntó con un tono que me confundió, ya que no llegaba a ser agresivo pero sí demandante. Sabía que algo no cuadraba, él siempre había tenido aquel sexto sentido.

Joder.

—¿Y tú?

—Padre y yo hemos estado organizando algunas cosas para el ataque a los Romanov —respondió sin darle demasiada importancia—, y como era tarde, no me ha apetecido marcharme a casa.

Lev vivía a dos horas de Moscú, en una mansión alejada del bullicio, donde contaba con un enorme arsenal de armamento militar y objetos de inteligencia que le ayudaban a controlar cada una de las operaciones que se realizaban, ya fuese en contra de los Romanov o para el negocio familiar.

—¿Vas a decirme ahora qué haces aquí?

—No podía dormir —respondí con un tono neutro, al mismo tiempo que avanzaba hacia la sala principal con paso firme, como si nada estuviera fuera de lo común—. Me apetecía volver a casa.

Lev entrecerró los ojos. Sabía que estaba analizándome, por lo que le resté importancia a todo lo ocurrido.

—¿Estás segura? Pareces… —Se detuvo, escaneando cada mueca de mi rostro— agitada.

Mierda.

Negué con la cabeza e intenté esbozar una sonrisa en mis labios.

—Estoy bien, Lev —le aseguré—. Solo he tenido un día de mierda y preferí venir aquí en lugar de quedarme sola en mi apartamento.

Este asintió en silencio. Provocando que un escalofrío me recorriese de pies a cabeza, y mi corazón latiese con tanta fuerza que creí que lo escucharía.

Mi hermano no era estúpido, y por más que intentara fingir normalidad, mi cuerpo no mentía.

Las manos aún me temblaban, mi respiración era errática, y mis pupilas seguían dilatadas por la adrenalina, el deseo, por la puta frustración de no poder arrancarme a Viktor Romanov de la piel.

—¿Has bebido? —preguntó al final, al mismo tiempo que cruzaba los brazos sobre su pecho.

—No.

Mentira, mentira y más mentira. Había bebido en Aether, pero no lo suficiente como para culpar al alcohol de mi estado. Ojalá pudiera hacerlo y tener esa excusa. Lev suspiró, pasándose una mano por el rostro, sin estar convencido.

—Está bien —cedió—. Pero si hay algo que no me estás diciendo, Alina… Sabes que puedes confiar en mí.

El peso de las palabras se me clavó en el pecho.

No. No podía confiar en él. No en esto. No cuando, si se enteraba de la verdad, lo único que quedaría entre nosotros sería sangre.

Lev iba a ser el heredero del imperio de mi padre, por lo que seguía a pies juntillas cada una de sus órdenes, replicando su modo de ver la vida.

—Lo sé —mentí con una mueca forzada—. No es nada, de verdad.

Lev asintió con lentitud, pero pude ver en su mirada como la duda seguía ahí. No insistió más y le agradecí en silencio por ello, ya que no estaba dispuesta a confesar la verdad, pero tampoco quería seguir mintiéndole.

—Voy a dormir —me excusé, cortando cualquier posibilidad de que la conversación continuara.

—Descansa, Alina —respondió con una suavidad extraña en él, dejando claro que no se creía ni una puta palabra de lo que le había dicho.

Subí las escaleras con pasos lentos y pesados, sintiendo su mirada fija en mi espalda hasta que desaparecí de su alcance. Cuando llegué a mi habitación, cerré la puerta con cuidado, y apoyé la frente contra la madera.

Mierda.

Mierda, mierda, mierda.

Me deslicé hasta el suelo, sintiendo la presión acumulada en mi pecho expandirse hasta que dolió.

Tenía que sacármelo de la cabeza. Tenía que hacerle pagar, y esta vez, no iba a permitirle ganar.