17
alina
Al terminar la pelea, Viktor se sacudió las manos y salió de la jaula con la sonrisa de satisfacción instaurada en sus labios.
La diversión tomó su gesto de nuevo, provocando que todo mi ser ardiese de las ganas que tenía de matarlo.
Apreté las manos en puños, deseosa de joderle esa perfecta cara que tenía y que me volvía loca.
Sin siquiera mediar palabra, mi objetivo se vio envuelto por una marabunta de personas que no dejaban de vitorearle.
Pobre diablo… Suspiré, permitiendo que tuviese su pequeño momento de gloria, para, segundos después, ver cómo se marchaba hacia una improvisada zona de vestuarios que apenas estaba cubierta con una valla rodeada de taquillas.
Caminé hacia él con la misma seguridad con la que había entrado, como si aquel lugar me perteneciese, dejando que el caos del club se fundiera en un ruido de fondo que apenas escuchaba.
—¿Qué cojones te crees que haces, Romanov?
Viktor arqueó una ceja, tomándose su tiempo para secarse el sudor con una toalla.
Una gota de este resbaló por su mentón, cayendo a su pecho como un reguero por su pecho que descendió con parsimonia, provocando que mi boca se secara.
Un cosquilleo se instauró en la zona baja de mi vientre, y es que parte de mí deseó que me tomase allí en medio, porque desde nuestro último encuentro no había podido evitar pensar en él a cada segundo del día.
Mi respiración se volvió pesada, igual que lo estaba la suya.
—Orlov. —Pronunció mi apellido con una sorna irritante—. Qué sorpresa. ¿Has venido a pedirme otra sesión de placer o a llorar porque me dejaste con los huevos azules?
Mi mandíbula se tensó, igual que mis manos. Todo lo que había provocado en mi ser se disolvió como si jamás hubiese existido. Me llevé una mano al arma que guardaba en el bolso de mano, pero, por alguna razón, me detuve. No respondí.
—¿Qué haces aquí, tigrítsa?
—¿Y tú? —inquirí—. ¿Te suenan? —escupí con rabia, al mismo tiempo que le lanzaba las fotografías contra su pecho desnudo.
Viktor las atrapó casi en el aire, sin siquiera inmutarse, bajando la mirada para inspeccionarlas, y durante un instante, su rostro no mostró reacción alguna.
Solo había lugar para la frialdad que emanaba por cada poro de su piel.
Segundos después, una sonrisa ladina se dibujó en sus labios, provocando que un impulso eléctrico me recorriese para morir en mi sexo.
—Mierda… —musitó con una preocupación que se me antojó fingida—. Me veo de puta madre en esta. —Su dedo recorrió la imagen en la que mi boca cubría casi por completo su erección—. Y tú, bueno… Parece que lo pasabas muy bien.
Mis mejillas ardieron y, por un momento, no supe si matarlo allí en medio o encerrarlo en el baño para que me tomase de esa manera tan brutal que tanto ansiaba.
—¿De qué cojones vas, Viktor? —Le empujé con ambas manos, pero apenas se movió ni un maldito centímetro—. ¿Qué mierda es esto? ¿A qué clase de juego estás jugando?
—Nos están mirando todos, tigrítsa —musitó, acercándose a mí—. Las habladurías corren como la pólvora en este mundillo, no querrás que tu papá se entere de que te has follado a un Romanov, ¿no?
—Te puedo poner los huevos de corbata aquí mismo si eso es lo que quieres, cabrón —siseé entre dientes—. Responde —le insté—. ¿A qué juegas? —recalqué cada una de las palabras.
Su mirada se oscureció y, por un instante, la diversión desapareció de su rostro.
—No tengo ni puta idea de quién tomó esas fotos, pero si crees que me importa algo, estás perdiendo el tiempo, Orlov.
Sus palabras me golpearon como un puñetazo. No esperaba que admitiera nada, pero su indiferencia me cabreó aún más de lo que esperaba. Sin dudarlo un solo segundo, me acerqué más, invadiendo su espacio personal.
—Si no has sido tú, ¿quién ha sido? —espeté.
Viktor inclinó la cabeza, evaluándome con esa mirada depredadora llena de lujuria que siempre tenía y que conseguía que mi piel ardiese de una forma que odiaba.
—Quizás alguien que quiere joderte. —Hizo una pausa—. Quizás alguien que quiere joderme a mí. O quizás… simplemente alguien que disfruta viendo de cómo me comes la polla —musitó, acercando su boca a mi oído.
Mi mano voló antes de que pudiera pensar. El sonido de la bofetada resonó en el aire, provocando que su rostro se ladease por el impacto, pero apenas se movió. Permaneció allí, con la mandíbula tan apretada que se me antojó escuchar sus muelas crujir, con los ojos encendidos a causa del peligro.
El club pareció silenciarse por un momento.
Respiré con fuerza, mis manos temblaban igual que lo hacían mis piernas, que dudaba que pudieran mantenerme en pie mucho más.
Me había jodido. No porque lo golpeara, sino porque su jodida expresión me decía que estaba disfrutando del momento.
Y lo peor de todo era que yo estaba tan jodidamente atrapada como él.
Viktor se lamió el labio inferior donde mi golpe había dejado una leve marca que sumar al resto de sus magulladuras.
—Golpeas bien, tigrítsa. —Su voz sonó más grave, más raposa, llena de lujuria—. ¿Y ahora qué? ¿Vas a besarme para compensarlo?
Mis dedos se crisparon, deseosos de darle una vez más.
—Que te jodan, Romanov.
—Ya lo hiciste —respondió sin dudar—. Me dejaste con la polla tiesa —añadió al mismo tiempo que tomaba una de mis manos para posarla sobre su abultado paquete, que ya palpitaba ansioso, tanto como lo hacía mi sexo—, por suerte ya hubo alguien que se encargase de hacer tu trabajo —aseguró con la chulería desesperante que solo él tenía, mientras volvía a esbozar esa mueca gatuna que tantos estragos provocaba en mí—.
Aún sigo esperando un momento para devolverte el favor —Me tomó con fuerza de la cintura, pegando su cuerpo al mío.
Sus labios se posaron sobre mi oreja para, segundos después, tirar de mi lóbulo en un mordisco—, y pienso follarte hasta partirte en dos, hasta que pidas clemencia entre sollozos, hasta que admitas que el puto rey de tu vida soy yo.
Me giré sin responder.
Necesitaba salir de allí antes de que hiciera algo de lo que me arrepintiera.
Pero mientras me alejaba, pude sentir su mirada ardiendo a mi espalda, como si ya tuviera planeado cómo iba a volver a atraparme.
Y lo peor de todo es que una parte de mí deseaba que lo hiciera.