El legado de los Romanov 16
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alina

Dos días más tarde.

Nada más abrir la puerta del apartamento, vi por el rabillo del ojo cómo algo se deslizaba bajo esta, saliendo impulsado hasta chocar contra la isla de mármol negro de la cocina.

Contuve el aliento. Un sobre descansaba sobre el oscuro suelo, inofensivo, pausado.

Un trozo de papel blanco sin remitente, sin marcas distintivas, pero que estaba segura de que llevaba dentro una amenaza silenciosa.

El vello de todo el cuerpo se me erizó en el instante en el que lo abrí con las manos firmes, pero con la respiración entrecortada.

Cerré los ojos y, con parsimonia, saqué lo que contenía.

Varias fotografías cayeron sobre la superficie de mármol.

El sonido del papel deslizándose sobre la encimera fue lo único que se escuchó, ya que incluso mi corazón dejó de latir.

La primera imagen me golpeó como una bofetada en todo el rostro.

Mi respiración se detuvo en seco cuando mis ojos recorrieron cada uno de los detalles que había en ella con una mezcla entre el horror y la rabia.

Allí estaba yo, arrodillada frente a él, con las manos aferradas a sus muslos, la boca completamente entregada a su maldito placer, con mi cuerpo expuesto a la cámara de una forma tan íntima que sentí una oleada de furia y de lujuria ascendiendo por mi pecho como si de un incendio descontrolado se tratara.

La máscara de Anubis cubría su rostro, pero no necesitaba verla para saber quién era.

Viktor Romanov. El hombre que había logrado quebrarme, que había atravesado todas mis barreras y me había dejado jadeante y temblorosa, vulnerable.

Pero lo peor, lo que realmente hizo que un escalofrío me recorriese, no fue la postura ni la implicación, ni siquiera el hecho de que alguien nos había observado como un furtivo. Fue mi tatuaje.

El trazo negro de la serpiente ascendía por toda mi columna, desde la base de mi espalda hasta la nuca.

Sus escamas se delineaban a la perfección sobre mi piel desnuda.

Aquel símbolo, que siempre había representado mi capacidad de adaptarme, de deslizarme entre el peligro y la supervivencia, era una prueba irrefutable de que aquella mujer en la fotografía era yo.

No había forma de negarlo ni excusas que pudiera fabricar.

Cualquiera que viera aquella imagen y conociera a los Orlov sabría que yo, la única hija de Vadim Orlov, la hermana del hombre que había jurado venganza contra los Romanov, la mujer que, a los ojos de su familia, debería haber permanecido intocable, pura y libre de cualquier contacto enemigo.

Y, sin embargo, allí estaba, arrodillada ante Viktor, devorándole con la misma necesidad con la que él me consumía.

Mi estómago se revolvió mientras pasaba al siguiente papel con los dedos crispados.

Otra imagen. Esta vez no era dentro de Aether, pero el golpe fue igual de fuerte.

Se me veía saliendo del club, con el abrigo ajustado al cuerpo, el cabello revuelto y una expresión que ahora comprendía con perfecta claridad: una mezcla de deseo satisfecho y de confusión.

Me reconocí en la forma en la que mis labios permanecían entreabiertos, como si todavía pudiera sentir su aliento rozando mi piel, como si su presencia aún me envolviera, como si volviera al mundo real después de perderme en él.

El sudor frío se deslizó por mi columna cuando una idea aterradora cruzó mi mente.

Si alguien me había estado siguiendo, si alguien había conseguido estas imágenes, ¿quién más las tenía?

El corazón se me detuvo. ¿Era una advertencia?

¿Un chantaje? ¿O un simple recordatorio de que no estaba segura en ningún sitio?

El pánico amenazó con apoderarse de mí, pero lo aplasté antes de que pudiera echar raíces.

No tenía tiempo para dejarme consumir por el miedo. Tenía que pensar.

La mente me iba a dos mil por hora, atando cada cabo que la cruzaba con rapidez.

¿Quién podría haber hecho esto? La respuesta era tan obvia que dolía: Viktor.

¿Quién más sino él? Era el único que tenía sentido, el que podía querer joderme de esa manera.

La pregunta estaba más que clara: ¿Por qué?

¿Qué ganaba exponiéndome? ¿Era una advertencia?

¿O tal vez una forma de mostrarme que no tenía el control de la situación?

Pero había algo que no cuadraba del todo.

Viktor no era un imbécil. Era un manipulador, un estratega brillante, un jodido cabrón sin escrúpulos, pero nunca haría algo que pudiera comprometerle a él mismo.

Si alguien descubría estas fotos, él también estaría en el punto de mira.

No solo yo. Él. Y lo último que querría un Romanov era verse atrapado en una situación que pusiera en peligro su posición.

Eso significaba que, o bien estaba jugando una partida que aún no comprendía, o había otra persona en esta ecuación.

Me pasé una mano por el rostro, sintiendo la piel arder bajo mis propios dedos. No podía confiar en nadie. Ni en mi padre, ni en Lev, ni en ninguno de los hombres que decían protegerme. Si mi padre descubría las fotografías, me mataría con sus propias manos.

Me incorporé de golpe, sintiendo como una oleada de adrenalina comenzaba a recorrerme el cuerpo.

No iba a permitir que Viktor tuviera la última palabra.

Si él pensaba que podía jugar conmigo y salirse con la suya, estaba jodidamente equivocado.

Si alguien tenía que cazar en este juego, iba a ser yo.

Caminé hasta mi armario, abriendo las puertas de par en par, con un movimiento brusco.

Saqué un vestido negro ajustado, sin mangas, elegante como lo éramos los Orlov, pero tan sensual que Viktor no podría resistirse a mí.

Me recogí el cabello en un moño alto, dejando al descubierto mi cuello, el mismo con el que él se había deleitado y reclamado como si fuera suyo.

Me aseguré de que el maquillaje fuese impecable y de que cada detalle estuviese calculado.

Si Viktor quería guerra, la iba a tener.

No fue difícil encontrarle.

Después de varias horas analizando mis opciones, hice lo que mejor sabía hacer: usar la inteligencia como un arma.

Moscú tenía sus reglas, y una de ellas era que, si querías información, sabías a quién tenías que preguntar.

Con un par de llamadas y el uso de ciertos contactos que preferían no meterse en problemas con la familia Orlov, localicé su paradero.

Viktor estaba en un club clandestino de peleas, de esos en los que los hombres se metían en jaulas para resolver sus problemas a base de golpes y no de balazos.

El ruido me golpeó nada más entrar, antes incluso de verle.

La música resonaba con fuerza, y se entremezclaba con los gritos de los hombres apostando, mujeres animando y el sonido seco de los golpes chocando contra carne y hueso.

La jaula estaba posicionada en el centro de una gran sala, rodeada de miradas ávidas que con orgullo y fiereza les retaban a ir a por más.

El olor a sudor y sangre llenó mis fosas nasales, provocando que una arcada subiese hasta mi garganta.

Estaba demasiado acostumbrada a permanecer en mi despacho, lejos de la acción, pero había sido instruida para ser letal, igual que mi hermano.

Mis ojos volaron hacia él.

Viktor.

No llevaba camisa. Su rostro estaba cubierto de cortes relucientes, mientras que su escultural cuerpo se llenaba de moretones oscuros que se entremezclaban con cada uno de sus tatuajes.

Sus músculos se tensaban con cada movimiento, cada golpe que lanzaba contra su oponente.

Pero lo peor de todo no era el acto en sí, sino el sadismo con el que se deleitaba dando y recibiendo cada uno de los puñetazos.

Peleaba con una calma brutal, como si nada le afectara, como si cada impacto le alimentara.

Era una máquina de guerra calibrada a la perfección para matar.

Y, por un instante, no pude evitar deleitarme con su ferocidad, la manera en la que observaba a su contrario, o cómo la comisura de sus labios se ensanchaba ladina.

Mi sexo palpitó, y me reprendí por ello, porque sí, ver aquella brutalidad en él despertaba en mí un instinto primitivo, imparable y tan animal que ni siquiera podía llegar a contradecirlo.

Pero no estaba allí para admirarle, sino para enfrentarme a él.

Sus ojos se posaron en mí, y fue en ese instante en el que, con un golpe certero, noqueó a su contrincante, provocando que cayese rendido al suelo, como si durante todo el tiempo anterior lo único que hubiese hecho fuese divertirse.

Viktor sonrió como un jodido gato, y creí que me desmayaría allí en medio, entre todo aquel barullo, rodeada de desconocidos. Estaba perdida.