El legado de los Romanov 15
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VIKTOR

El eco de sus tacones resonaba en la habitación mientras la ira me devoraba por dentro como un maldito incendio.

Había tenido el control, o eso creía, hasta que ella me lo arrebató con una facilidad insultante.

Tiré de las esposas una vez más, forcejeando, deseando romper los malditos barrotes para salir tras ella y arrastrarla de nuevo a la habitación.

Pero lo peor no era estar atrapado; lo peor era saber que había dejado una huella tan profunda en mí que ni siquiera yo podía borrar.

Mi pecho subía y bajaba con fiereza, la respiración se me había tornado errática, mi piel aún ardía de deseo frustrado, y mi mandita erección palpitaba con rabia.

¿Cómo cojones me había hecho algo así? Yo, Viktor Romanov, el hombre que siempre mantenía el control, reducido a la nada, como si fuese una marioneta en sus manos.

Y lo peor de todo… había disfrutado cada jodido segundo.

La muy zorra lo sabía. Vio el destello de lujuria y sumisión involuntaria en mis ojos mientras se tocaba frente a mí. Había escuchado mi respiración entrecortada, mi mandíbula tensarse y se había deleitado con mi desesperación. Porque eso era lo que había sido al fin y al cabo, desesperación pura.

Desesperación por probar más. Desesperación por hundirme en su piel. Desesperación por reclamar lo que, aunque no debía, sentía que me pertenecía. Dejé ir un profundo alarido que resonó entre las cuatro paredes. Iba a matarla con mis propias manos.

Me peleé con más fuerza con las esposas, sintiendo cómo el metal se clavaba en la piel de mis muñecas. No me importó. Necesitaba liberarme, no solo físicamente, sino también del jodido influjo en el que me tenía atrapado.

La puerta se abrió de golpe.

Mi mirada se alzó, feroz, como un depredador listo para arrancarle la yugular a quien osara traspasar las puertas para encontrarme en aquel estado.

—Joder, Viktor. —La voz de Yuri, uno de los encargados de seguridad de Aether, resonó en el cuarto. Su expresión era una mezcla de sorpresa y diversión contenida—. ¿Qué mierda ha pasado aquí?

No respondí. Me limité a emitir un gruñido, al mismo tiempo que mi mandíbula se apretaba con tal fuerza que creí que las muelas me saltarían por los aires.

—Sácame de aquí. Ahora. —Mi voz sonó más dura de lo que esperaba, cargada de una amenaza que no necesitaba ser pronunciada.

Yuri silbó bajo mientras se acercaba.

—Cuidado, no me apuntes con la escopeta —bromeó.

—Cierra la puta boca —siseé con cara de pocos amigos.

Este asintió, al mismo tiempo que sacaba una pequeña llave de su bolsillo, para acercarse a desabrochar las esposas, que con un clic seco cayeron tras la cama. Sentí la presión desaparecer, pero la rabia aún corría por mis venas como veneno hirviendo.

Me froté las muñecas, la piel estaba enrojecida y marcada por el metal. El recuerdo que necesitaba para cobrarme mi venganza.

—¿Algún problema con la chica? —preguntó Yuri con media sonrisa.

«La chica».

No, no era solo una chica. Era Alina Orlov. Mi obsesión, mi maldita ruina. La única mujer que había conseguido llevarme al más puro infierno para traerme de vuelta a la tierra.

—Lárgate, Yuri.

El tipo dejó ir una sonora carcajada, pero no insistió.

Sabía que no era buena idea joderme estando en ese estado.

Cuando se marchó, me puse en pie, sintiendo el cuerpo tenso y aún cargado de adrenalina.

Me vestí, notando como la presión en mi entrepierna no bajaba, me estaba a punto de reventar el pantalón.

Caminé hasta el espejo de pared y me observé con una furia creciente.

No solo era deseo lo que sentía. Era una jodida necesidad.

Algo enfermizo y primitivo que me decía que no iba a parar hasta que ella aprendiese la lección.

Abrí un cajón de la mesita de noche y saqué un cigarro. Lo encendí con las manos aún temblorosas, y dejé que el humo llenara mis pulmones mientras mi mente no dejaba de repetir lo que acababa de suceder.

Me había usado.

Me había hecho suyo.

Y luego se había marchado como si no fuera nada.

Apreté los dientes, deseoso de agarrarla por el pelo y follármela como un puto animal, para enseñarle quién mandaba de verdad en aquel desafío en el que estábamos metidos. Si creía que podía jugar conmigo y salir ilesa, estaba jodidamente equivocada.

Me giré hacia la cama revuelta. El aire estaba impregnado del aroma a jazmín y a sexo que Alina había dejado en la habitación. Joder. Inspiré con fuerza. Cerré los ojos, intentando calmar la rabia latente que amenazaba con consumirlo todo.

Alina Orlov había cruzado un límite, y yo iba a asegurarme de que lo pagase caro.

Solo de imaginar cómo sería el momento en el que le diese caza, mi miembro palpitó ansioso.

Llevé la punta de mi lengua al colmillo derecho y sonreí ladino.

Joder, cómo iba a disfrutar de ese momento.

Alina no sabía con quién estaba jugando, y en el momento en el que conociese al verdadero Viktor, suplicaría clemencia, la misma que no estaba dispuesto a proporcionarle.

Salí de la habitación con pasos firmes, ignorando las miradas curiosas de los asistentes de Aether, ya que ni siquiera me molesté en volver a colocarme la máscara.

Fuera, la brisa nocturna de Moscú me golpeó el rostro con un frío que no logró aplacar el incendio que bullía en mi pecho.

Saqué el móvil del bolsillo de mi chaqueta y marqué un número.

—Nikolai —le llamé.

Mi hermano respondió casi de inmediato.

—¿Dónde cojones estabas? —inquirió furibundo—. Te he llamado cuatro veces.

—No tengo tiempo para broncas —aseguré, quitándole importancia—. Necesito información sobre la hija de Vadim.

Un silencio tenso se extendió al otro lado de la línea, como si una parte de Nikolai no quisiese seguir con la conversación.

—¿Alina Orlov?

—No, la Virgen María, Nikolai —le rebatí con sarcasmo—. Claro que me refiero a Alina, ¿qué otra hija tiene Vadim?

Ignoré su pregunta. No iba a explicarle que estaba obsesionado con una maldita Orlov. No iba a admitir en voz alta que ella me había jodido de una manera que nadie antes había logrado, y eso que solo nos habíamos visto en tres ocasiones.

—Necesito saberlo todo —le insté—. Su rutina, con quién se junta, dónde vive, lo que le importa… Lo quiero todo.

Nikolai bufó.

—Eres un puto psicópata, Viktor —sentenció—. No sé qué te traes entre manos, solo espero que no seas tan necio como para meternos en problemas.

—No me hagas perder el tiempo, Nikolai. ¿Me vas a ayudar o no?

Una pausa. Segundos después, la voz de mi hermano se tornó más seria y contundente.

—Te enviaré todo en cuanto lo tenga —aseguró—. Pero, Viktor… si estás metiéndote en esto por razones personales, será mejor que no cruces esa línea.

«Demasiado tarde», dije para mis adentros, ya que estaba metido hasta lo más profundo.

Colgué sin responder.

El humo del cigarro se disipó en el aire frío de Moscú, mientras mi mente trabajaba en cada detalle de mi próximo encuentro con Alina. Había pensado que podía usarme y después dejarme tirado como si no fuera nada. Pero ahora, era mi turno de jugar. Y esta vez, ella sería la que acabaría rogándome.

No por venganza.

No por poder.

Sino porque cuando la tuviera de nuevo, iba a demostrarle que, por mucho que quisiera engañarse, ya no podía vivir sin mí.