14
El aire entre nosotros estaba cargado de tensión, una mezcla explosiva de rabia y deseo que parecía envolvernos por completo.
Podía sentir mi piel ardiendo bajo su toque, cada célula de mi cuerpo clamando por algo que no podía permitirme.
Los murmullos en la sala se convirtieron en un eco distante mientras mi mente se centraba solo en él.
—No juegues conmigo, Romanov —siseé, aunque mi voz careció de la fuerza que quería transmitir. Mi cuerpo me traicionó, volviendo mi respiración errática, permitiendo que mis piernas cimbreasen sin control. Pero no permitiría que se percatase de ello, por lo que me estiré, alzando la barbilla.
—Eres tú quien ha empezado este juego, Alina —respondió, y sus labios rozaron los míos en una provocación que me hizo temblar—. Pero recuerda algo: yo siempre gano.
Sus palabras eran como un desafío que se clavó directo en mi orgullo.
Antes de que pudiera responder, sus besos se estamparon contra los míos en un beso devorador que fue de todo menos suave.
Fue un choque de voluntades, una batalla feroz en la que ninguno de los dos estaba dispuesto a ceder.
Mis manos se aferraron a su chaqueta, tirando de él, mientras sus dedos recorrían mi cuerpo con una posesividad que no podía ni quise negar.
Y allí, en medio de Aether, rodeados de miradas curiosas y murmullos silenciosos, me di cuenta de que no había vuelta atrás. Habíamos cruzado una línea que no podríamos retroceder y ambos estábamos tan perdidos en el fuego que nos consumía que no nos importaba quién pudiera vernos arder.
—Ven conmigo —gruñó Viktor contra mi boca, con una necesidad apabullante, permitiendo que su cálido aliento chocara contra mi piel, mientras sus manos apretaban mi cintura con fuerza, marcando su territorio frente al resto.
No respondí. Simplemente le miré, y supe que mis ojos se habían tornado tan oscuros y brillantes como los suyos.
Giré sobre mis talones con gracia, encaminándome hacia las habitaciones privadas del club.
Sentía su vista fija en mi espalda, ese fuego que irradiaba su presencia seguía persiguiéndome como una sombra.
Sonreí ladina, al sentirme ganadora de aquel juego que no habíamos hecho más que empezar, porque sabía que me seguiría allá donde fuese como un perro a su dueño.
Cuando llegamos a una de las habitaciones pude percibir el olor a jazmín, el mismo que llevaban utilizando durante años.
Me volteé para poder mirarle, esbozando una mueca traviesa en los labios mientras cerraba la puerta tras él, observándome como un maldito depredador a punto de atacar a su presa.
Viktor no perdió el tiempo; sus manos encontraron mi rostro, sujetándolo con una fuerza sobrehumana, mientras sus labios reclamaban los míos de nuevo.
Había una urgencia en sus gestos, como si quisiera devorarme allí mismo, lo que hizo que todo mi cuerpo se prendiese en llamas. Pero yo tenía otros planes.
Mis manos recorrieron su pecho, desabotonando su camisa con movimientos deliberadamente lentos, disfrutando de la tensión que se acumulaba en sus músculos.
Le empujé hacia la cama, sin borrar la expresión divertida y lujuriosa de mi rostro, mientras él se dejaba caer con una mirada oscura y hambrienta.
En cualquier otro momento, habría sido yo la que estuviera temblando bajo su control, pero no lo haría esta vez.
—¿Qué estás tramando, tigrítsa? —cuestionó con la voz tan grave que me hizo estremecer. Sus ojos verdes brillaron con sospecha, pero no hizo ningún intento por detenerme.
—Solo relájate, Viktor —le insté, juguetona, mientras me subía a la cama, colocándome a horcajadas sobre él.
Mis dedos pasearon por su duro pecho y, por un instante, deseé lamer cada uno de los tatuajes que lo cubrían, pero entonces, mis manos llegaron a sus muñecas.
Antes de que pudiera procesar lo que estaba sucediendo, las esposas hicieron clic, sujetándole con firmeza a los barrotes del cabecero.
—¿Qué cojones haces? —gruñó, tirando de las esposas mientras sus ojos se oscurecían de rabia.
—Jugando, Romanov —respondí, inclinándome hacia él para que mi respiración rozase su oído, dejando mis labios a tan solo unos milímetros de distancia—. ¿No decías que siempre ganas? —cuestioné divertida—. Vamos a ver cuánto te gusta perder.
Alcé mi vestido al mismo tiempo que comenzaba a rozar mi sexo contra el suyo, que abultado clamaba mi atención dentro de sus pantalones vaqueros.
Estaba empapándolo todo de mi esencia, pero poco me importó.
Estampé mis labios contra los suyos, para segundos después, morder el inferior y tirar de este, provocando que un quejido se le escapase.
Liberé su duro miembro, dejando a la vista una poderosa erección que deseé llevarme a la boca para torturarle, pero no lo hice.
Sin apartar la vista de él, retrocedí, dejando que mis manos vagaran por mi propio cuerpo mientras su mirada me devoraba.
Había algo en sus ojos, una mezcla de ira y fascinación que me hizo sentir la mujer más poderosa del mundo, algo que jamás había experimentado antes.
Tenía el control y no iba a desaprovecharlo.
Me deshice de mi vestido con lentitud, permitiendo que resbalara por mis hombros y cayera al suelo, dejando a la vista un conjunto de lencería negra de encaje que sabía que lo volvería loco.
Subí una pierna sobre la cama, colocándola entre las suyas, mientras las yemas de mis dedos empezaban a recorrer mis muslos con parsimonia, sin prisa, ascendiendo hacia mi sexo.
Un gruñido gutural salió de su interior, resonando en la habitación, mientras apretaba con fuerza la mandíbula, luchando por mantener el control que sabía que había perdido.
—¿Te gusta mirar, Viktor? —pregunté seductora mientras mis dedos se deslizaban por encima del encaje, encandilándome con el borde antes de colarse entre mis pliegues.
—Alina, no juegues conmigo —gruñó, tirando de las esposas con tal fuerza que los barrotes de la cama crujieron bajo la presión.
Verle de aquella forma, tan vulnerable y expuesto, me puso tanto que una parte de mí quiso follarle como una jodida amazona, mostrándole quién mandaba, succionarlo hasta que perdiese el sentido y cobrarme mi venganza como merecía.
Sin que pudiera darme apenas cuenta, mis dedos ya delineaban mi abultado botón, provocando que cientos de descargas me recorrieran de pies a cabeza.
—Demasiado tarde, ¿no crees? —respondí, socarrona, dejando escapar un gemido mientras mi cuerpo se arqueaba.
Viktor maldijo en voz baja, con los ojos clavados en cada movimiento que hacía. Podía ver la frustración en su rostro, mezclado con un deseo que le estaba consumiendo. Esto era lo que quería. Verle desmoronarse, perder el control que tanto valoraba mientras yo lo dominaba por completo.
—Eres una puta diosa, Orlov —musitó, con la voz llena de desesperación.
Sin esperar ni un solo segundo, me subí a la cama y, cuando creía que iba a permitirle entrar en mí, me coloqué sobre su rostro, dejando su boca pegada a mi sexo.
Sin dudarlo, comenzó a lamerme con un ansia delirante que traspasó mi ser, envenenando mi mente, consiguiendo que todo mi cuerpo se arquease.
Me devoró como si estuviese comiéndose el plato más exquisito del mundo, introduciendo su lengua en lo más profundo de mi lugar prohibido, como si de su miembro se tratase.
Enterré una de mis manos en su cabello, tirando de él, posicionándole para que no pudiera apartarse jamás.
Una fuerte oleada de placer apareció en el horizonte, nublando mi entendimiento.
—Quiero follarte, Alina —confesó suplicante contra mi piel, pero de nada iba a servir.
Allí estaba yo, moviéndome de manera frenética, provocando que cientos de jadeos se escaparan de mis abultados labios, mientras yo no dejaba de rozar mis endurecidos pezones.
Cuando alcancé mi clímax, mis gemidos llenaron la habitación, mi cuerpo tembló en sus labios para, segundos después, dejarme caer a su lado en la cama.
Me tomé un momento para recuperar el aliento antes de levantarme, asegurándome de que mi vestido estuviera en su lugar.
—Suéltame —siseó entre dientes.
Me incliné hacia él, colocando mis labios a milímetros de los suyos.
—La próxima vez, Romanov, asegúrate de no subestimarme.
Con esas palabras, me giré y me dirigí hacia la puerta, dejándole allí, esposado, consumido por una mezcla de ira y deseo. Antes de marcharme, le lancé una última mirada y dejé las llaves de sus esposas sobre la mesita que había junto a la entrada.
—Hasta nunca, Viktor.