13
Alina
Desde el día en que nos vimos no había podido dejar de darle vueltas.
Apenas me podía concentrar en mis estudios ni en mi vida privada porque el eco de mis pensamientos resonaba como un maldito trueno en mi cabeza.
Estaba en shock. Aún no había podido asimilar lo ocurrido.
Viktor Romanov era Anubis. El hombre que había desatado una tormenta de emociones en mí no era otro que el mayor enemigo de mi familia.
La misma persona de la que mi padre me había advertido una y otra vez que debía evitar a toda costa.
Pero allí estaba yo, enredada en una red que yo misma había tejido, sin saber cómo salir de ella.
Me pasé las manos por el rostro, tratando de calmar el caos que me consumía.
¿Cómo no me había dado cuenta antes? Su mirada, su manera de moverse, incluso el tono grave, rasgado y aterciopelado de su voz…
Todo encajaba, y al mismo tiempo no tenía sentido alguno.
¿Por qué demonios había vuelto a buscarme a Aether si ya conocía mi identidad?
«Porque es tan adicto a ti como tú a él», respondió una vocecita en mi cabeza.
¿Por qué estaba jugando conmigo? ¿Qué buscaba en realidad?
No podía contárselo a nadie. Ni siquiera a Lev, quien compartía un pasado con el mediano de los Romanov.
Mi hermano era lo suficientemente impulsivo como para matar a Viktor en cuanto supiera lo que había pasado, y mi padre…
Mi padre no dudaría en acabar conmigo si descubriera que había tenido algo con un Romanov.
Tenía que manejar la situación sola, igual que lo había hecho desde que tenía no más de quince años, cuando me marché de casa por no soportar las tensiones entre Lev y mi padre.
Una vez más, iba a dejar a un lado mis deseos, por sacarme las castañas del fuego yo misma, aunque me consumiera por dentro.
Decidí que necesitaba recuperar el control, o al menos la ilusión de ello.
Toda mi vida había sido una batalla constante para demostrar que no solo era «la hija de Vadim Orlov».
Había crecido rodeada de lujo y sombras, escuchado en silencio las decisiones estratégicas que moldeaban el destino de nuestra familia.
Había estudiado ciencias políticas con la esperanza de ser la estratega que mi padre necesitaba, la que podría asegurar el futuro de los Orlov en un mundo donde los hombres como mi hermano Lev lo destruían con impulsos vengativos.
Pero a pesar de mi inteligencia y mi ambición, siempre fui subestimada.
Mi juventud, mi género, incluso mi deseo de escapar del peso de las mafias, eran vistos como debilidades en un mundo que solo valoraba la brutalidad y el poder.
Esa noche en Aether no solo era una provocación para Viktor.
Era un desafío a las cadenas invisibles que me habían impuesto, un recordatorio para mí misma de que, al menos aquí, podía ser algo más que una moneda de cambio en un juego cruel.
Aether
Las primeras dos noches fueron una jodida tortura.
Me paseé por Aether con la máscara ajustada, cubriendo mi rostro y con un conjunto de encaje negro que no dejaba nada a la imaginación.
Pero Viktor no apareció. Cada vez que la puerta se abría, mi cuerpo se tensaba con la esperanza de verle entrar, pero todo lo que encontraba era hombres desconocidos que me miraban como si fuese una presa fácil, sin saber que yo era la reina del lugar.
La tercera noche, estaba a punto de rendirme. Había pasado horas en el club, bebiendo vodka que no lograba calmar mis nervios, y bailando como una auténtica loca con tal de olvidarme de él. Pero entonces, le vi.
Viktor Romanov. Mi Anubis.
Estaba en la entrada, imponente como siempre, con esa maldita máscara que me hacía odiarle tanto como desearle.
De repente, me olvidé de respirar. Su mirada me atravesó desde el otro lado de la sala, y por un instante, el mundo pareció detenerse.
No podía ver sus ojos, pero sabía que me había visto.
Lo supe por la tensión en su postura, por cómo inclinó la cabeza, como si evaluara cada uno de mis movimientos.
La rabia me recorrió como una descarga eléctrica, de pies a cabeza. ¿De verdad creía que podía controlarlo todo? ¿Que yo caería a sus pies otra vez? No, no lo haría. Si quería jugar, yo también sabía cómo hacerlo. Ya no era una cría como para aceptar que me manipularan.
Me giré de forma deliberada, ignorándole.
Me dirigí hacia la barra, donde pedí otro vodka y, sin perder el tiempo, volví a la pista, donde empecé a contonearme, sintiendo como todas las miradas estaban puestas en mí.
Un hombre se acercó, tomando una de mis manos, haciendo que girase sobre mis talones.
Este no era nada del otro mundo, un tipo corpulento con un traje caro y una mirada cargada de intenciones que no me interesaban en absoluto.
Pero eso no importaba. Lo único que quería era que Viktor lo viese todo.
Le sonreí al desconocido, jugueteando con el borde de mi copa mientras le dejaba acercarse cada vez más a mí. Su mano encontró mi cintura y, aunque mi piel se tensó ante aquel contacto, me obligué a mantenerme relajada, continuando con el plan que acababa de trazar.
Me pegué a mi acompañante, rozando cada parte de mi cuerpo con él, provocándole hasta que pude sentir cómo su miembro se endurecía para mí. Paseé mis dedos por su pecho, y fue entonces cuando clavé la vista en mi querido Anubis.
—¿Te apetece que nos conozcamos un poquito más? —susurró el hombre en mi oído.
Sonreí ladina y juguetona, de manera calculada, asintiendo.
—Claro —respondí, permitiendo que mi voz sonara despreocupada. Sabía que Viktor me estaba observando y quería asegurarme de que no se perdiera ni un solo detalle.
El hombre dejó que sus manos vagaran por mi cintura, atrayéndome hacia él, mientras la música marcaba el ritmo a nuestro alrededor.
Su aliento cálido chocó contra mi piel, y aunque su contacto no provocaba en mí ni una sola fracción de lo que Viktor lograba con una sola mirada, me obligué a permanecer allí, dejándole creer que tenía el control.
A mi alrededor, podía sentir las miradas lascivas, aguardando con delirio lo que estaba a punto de comenzar. En Aether, el anonimato era una ilusión; todos observaban y juzgaban, disfrutaban del espectáculo. Y yo estaba a punto de darles el mejor de sus vidas.
El desconocido inclinó la cabeza, permitiendo que sus labios rozasen mi cuello, mientras sus manos se deslizaban hacia mis muslos, levantando el vestido que me había puesto esa noche.
Cerré los ojos, obligándome a respirar con calma, aunque mi corazón latía con fuerza.
Pero no por él, no significaba nada, era por Viktor.
Quien no había apartado la vista de mí, y que cada segundo que pasaba sin intervenir era una batalla interna que estaba perdiendo.
—¿A qué estás esperando? —murmuré, lo suficiente alto como para que mi voz se mezclara con la música, pero no tanto como para que llegara a los oídos correctos.
Me encaminé hacia uno de los butacones y, sin esperar a que mi nuevo acompañante llegase a mí, me subí el vestido, abriendo las piernas de par en par, dándole acceso a mi lugar sagrado.
Paseé una de mis manos por la raja de mi sexo, adentrando un par de dedos entre mis pliegues.
Joder, estaba tan húmeda que en cualquier momento chorrearía solo por la tensión que me provocaba toda aquella situación.
Pude ver cómo la mandíbula de Viktor se apretaba, tanto que se me antojó que en cualquier momento sus muelas saltarían por los aires.
El hombre llegó a mí, con la camisa abierta, y lanzando la chaqueta de su traje al suelo. Se arrodilló entre mis piernas, relamiéndose como un jodido gato, y acercó su boca a mi monte de Venus. Podía sentir su cálido aliento chocando contra mi piel, y cuando estaba a punto de probarme, le vi.
Antes de que mi acompañante pudiese reaccionar, una mano firme lo tomó por la parte de atrás del cuello, obligándole a retroceder con tal fuerza que acabó volando por los aires y aterrizando en la moqueta.
Alcé la vista justo a tiempo para ver la máscara de Anubis inclinándose hacia el desconocido, con los ojos rechinantes de una furia que me hizo contener la respiración.
—Lárgate —siseó entre dientes, provocando que su voz sonase fría y grave.
El hombre balbuceó algo que no logré comprender, pero la mirada de Viktor fue suficiente como para que saliera tambaleándose, sin atreverse a mirar atrás. En cuanto desapareció, Viktor se giró hacia mí. Pude ver la ira en él, cómo lo consumía por no tenerme, y eso me fascinó.
—¿Qué demonios crees que estás haciendo, Orlov? —gruñó con la voz tan baja que apenas yo pude escucharla, aunque su tono estaba cargado de rabia contenida.
—Has tardado mucho, ¿no? —desvié el tema.
Le sostuve la mirada, desafiándole, aunque mi corazón latía con tanta fuerza que estaba segura de que podría sentirlo.
—¿Te molesta que no sea tuya? —repliqué, con una mueca socarrona que supe que le provocaría aún más.
Un destello peligroso cruzó por sus ojos antes de que inclinara la cabeza, acercándose lo suficiente como para que nuestras máscaras casi se rozaran. Su mano subió desde mi cintura a mi cuello, provocando que mi sexo ardiese.
—Eres mía, Alina —gruñó, y esta vez me llamó por mi verdadero nombre, consiguiendo revolucionarme el alma—. Aunque quieras negarlo, aunque intentes desafiarme, sigues siendo mía —musitó, con la voz grave.
Alrededor de nosotros, las miradas no se apartaban. Podía sentir el peso de la atención de los demás asistentes, de su curiosidad morbosa, pero no me importaba. Todo lo que existía en ese momento era él, su mirada fija en la mía, y el calor de su cuerpo pegado al mío.
—¿Qué harás, Viktor? —inquirí en tono chulesco—. ¿Me follarás aquí mismo delante de todos? —susurré, dejando que mi voz se tiñera de desafío.
Una mueca maliciosa se dibujó en sus labios, y su agarre se volvió un poco más fuerte, lo suficiente como para que mi respiración se entrecortara.
—Cuidado con lo que deseas, tigrítsa.