El legado de los Romanov 12
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—Llevas toda tu vida subestimándome, Nikolai —escupí, volviendo al presente, con la voz cargada de un rencor que no supe que era mío—.

Desde que éramos críos. Pero déjame recordarte algo: mientras tú te escondías detrás de tus putas estrategias, yo era el que estaba en la calle enfrentándome a la mierda real —aseguré casi ido—.

Yo soy el que conoce a los Orlov, a Vadim y a su maldita forma de jugar.

Si hay alguien que debería liderar este ataque soy yo.

Nikolai me sostuvo la mirada, con el gesto duro y serio, pero no respondió de inmediato. En sus ojos vi un destello de algo que no esperaba: culpa. No duró más de un segundo, pero fue suficiente como para que supiera que mis palabras habían golpeado un punto débil.

—No se trata de subestimarte, Viktor —dijo al final, con el tono más bajo, casi susurrante—. Se trata de protegernos a todos. Incluido tú.

Solté una risa amarga, dándole la espalda mientras me quitaba el guante negro y lo lanzaba de mala gana a su escritorio. La piel de mi mano derecha, marcada de las cicatrices del pasado, brillaba bajo la luz tenue del despacho.

—La próxima vez que quieras protegerme, Nikolai —bisbiseé—, asegúrate de no ser el primero en traicionarme.

Salí del despacho hecho un Miura. El eco del portazo resonó por el pasillo, reverberando entre las paredes como un grito ahogado que no podía contener.

Mi respiración se tornó errática, y el sonido de mis pasos comenzó a fusionarse con el latido furioso de mi corazón.

Saqué un cigarrillo del bolsillo de la chaqueta, encendiéndolo con el mechero que tembló en mis manos a causa del enfado.

Di una larga calada, permitiendo que el humo llenara mis pulmones mientras el frío de la noche moscovita se colaba en mi piel como cuchillas invisibles.

Las calles del centro de Moscú estaban vivas, como siempre.

A pesar de la hora, la ciudad pulsaba con un ritmo propio que no conocía descanso.

Las luces brillantes de las tiendas y los faroles iluminaban las avenidas como un collar de perlas interminable, reflejándose en los adoquines húmedos que aún conservaban el frío del invierno.

En la distancia, el Kremlin se alzaba imponente.

Su silueta destacaba bajo un cielo nublado que amenazaba con una nevada.

Las torres de San Basilio, con sus cúpulas multicolores, parecían fantasmas en la penumbra, mientras la Plaza Roja permanecía casi desierta, salvo por algún turista rezagado y unos pocos vendedores ambulantes que desafiaban el frío.

Crucé un par de avenidas sin rumbo fijo, dejando que el cigarro se consumiera entre mis dedos.

El humo ascendía en espirales, perdiéndose en el aire gélido, pero ni siquiera eso era suficiente como para calmar la tormenta que me devoraba por dentro.

A cada paso, mi mente bullía de rabia y frustración, cada pensamiento estaba impregnado por el eco de la amarga conversación con Nikolai.

Protegerme, había dicho, como si no llevase toda mi puta vida enfrentándome a los demonios que él sólo conocía en teoría.

El bullicio de la ciudad pareció burlarse de mi enfado.

A mi izquierda, un tranvía antiguo se deslizaba con lentitud, llevando consigo las sombras de los pasajeros que miraban hacia el exterior con indiferencia.

A mi derecha, el escaparate de una librería que dejaba ver primeras ediciones de Pushkin y Tolstói, un recordatorio constante de que Moscú era una ciudad construida sobre glorias pasadas y profundas cicatrices.

Fue entonces cuando la vi.

A pesar de la multitud, su silueta era inconfundible.

Esa figura esbelta, esos movimientos fluidos y elegantes, como si el mundo entero girara entorno a ella sin que se diera cuenta.

Mi tigrítsa. Una ráfaga de deseo y rabia me recorrió como un jodido relámpago, recordándome lo que había dejado atrás hacía solo un par de noches.

No podía apartar los ojos de ella. Deseaba tomarla en medio de todo, estampar mis labios en los suyos y devorarla sin control, aunque sabía que eso estaba prohibido fuera de Aether.

Me mantuve a una distancia prudente, caminando entre la gente, siguiendo su estela, embobado.

Se había recogido su larga melena negra en un moño bajo que dejaba al descubierto su cuello, y esa piel que todavía recordaba haber recorrido con mis labios.

Iba vestida con un abrigo azabache entallado, elegante, pero no pude evitar imaginar lo que había debajo, ese sensual y delicado cuerpo, cubierto con un simple conjunto de encaje borgoña, igual que el mismo que había llevado en el club.

«Joder», maldije para mí mismo, sintiendo como mi miembro se endurecía ante aquellos pensamientos.

¿Qué demonios me pasaba? Tenía que alejarme, pero mis pies continuaban moviéndose tras ella, como si mi cuerpo actuara por cuenta propia.

Esta se detuvo frente a una tienda con un escaparate iluminado, observando algo que no alcancé a distinguir.

Fue en ese preciso instante cuando giró la cabeza, como si hubiera sentido mi presencia.

Su mirada se cruzó con la mía y, por un instante, algo cambió en sus ojos.

¿Me habría reconocido? ¿O solo era curiosidad?

Frunció el ceño, visiblemente molesta, y comenzó a caminar en mi dirección, con pasos tan firmes que creí escuchar el retumbar del suelo.

Sonreí ladino, chulesco, dejándome envolver por la anticipación de lo que sabía que estaba por venir.

Cuando estuvo lo suficiente cerca, me detuve, inclinándome hacia ella, con una calma que sabía que la irritaría.

—¿Estás siguiéndome? —inquirió con un tono tan frío como el viento nocturno.

La tomé por el brazo, dejando que un grito ahogado muriese en su garganta y la metí en el callejón adjunto a la calle principal. Me crucé de brazos, divertido por la chispa de ira que brillaba en sus ojos. Oh, sí, era mi tigrítsa.

—¿Seguirte? —cuestioné, alzando las cejas sobremanera, y pude atisbar un ápice de diversión en sus ojos—.

No te halagues tanto, Orlov —repliqué con voz grave, dejando que una sonrisa maliciosa asomara en mis labios—.

Moscú es lo suficiente grande para los dos, aunque admito que tienes un talento especial para llamar la atención.

Me fulminó con la mirada y su mandíbula se tensó cuando vio cómo me inclinaba hacia ella, pero sin bajar el mentón, desafiándome como solo ella sabía hacerlo.

—¿Quién cojones te crees que eres, Romanov? —rebatió rabiosa.

Acerqué mi rostro al suyo, hasta que pudiera sentir mi aliento cálido contrastando con el frío de la noche.

Sus ojos se oscurecieron, y fue entonces cuando supe que su cuerpo no dejaba de reaccionar al mío, llevásemos o no máscaras.

Mi mirada recorrió su rostro con deliberación, deteniéndose en sus sensuales labios, que ahora estaban apretados en una fina línea.

—Ten cuidado, no te pongas cachonda, Alina Orlov —musité con tono chulesco, lleno de intenciones que no necesitaban ser explicadas—. Podrías arruinar tu reputación.

Quise tomarla allí en medio, hacerla gritar como solo yo sabía, y apoderarme de su ser hasta que cayese exhausta.

El destello de rabia que cruzó por su mirada fue exquisito.

Antes de que pudiera reaccionar, me escupió, directo a la cara.

Por un instante me quedé inmóvil, procesando lo que acababa de hacer.

Luego, una sonora carcajada se escapó de entre mis labios, profunda y genuina, resonando en el aire como un trueno.

—Eres jodidamente entretenida, ¿sabes? —murmuré mientras me limpiaba con la manga de mi chaqueta, sin apartar la vista de ella.

—Me das asco, Romanov —bisbiseó, con la voz estrangulada por la rabia, pero también de algo más. Algo que ambos sentíamos, aunque ninguno de los dos estuviera dispuesto a admitirlo.

Di un paso más hacia ella, acortando la distancia, hasta que su espalda chocó contra la pared.

La tenía arrinconada, y el destello de desafío en sus ojos me provocaba aún más.

Apoyé una de mis manos en el granito que había tras ella, y me incliné lo suficiente como para que apenas unos centímetros nos separasen.

—Si te doy tanto asco, ¿por qué no puedes dejar de mirarme como si quisieras arrancarme la ropa aquí mismo? —gruñí, sintiendo la lujuria emanar por cada poro de nuestra piel.

Ella levantó la barbilla, negándose a ceder terreno.

Su respiración se había vuelto agitada, tanto como lo era la mía, y lo peor de todo es que sentía que el pantalón me iba a estallar de un momento a otro.

Deseaba colar mis manos bajo su abrigo, masturbarla allí en medio, permitiendo que el mundo viese el placer que podía darle.

Apreté los dientes, conteniendo mis deseos más primarios, a punto de estampar mis labios contra los suyos.

—Jamás podría haber nada entre alguien como yo y una escoria como tú —susurró con firmeza, pero al final, antes de esa última palabra, su voz tembló de manera inconsciente.

—¿Nada? —Me acerqué aún más, permitiendo que nuestras respiraciones se mezclaran y que entre ambos saltasen chispas—. Sigue pensando eso mientras te tocas esta noche, y mañana, pasado y al otro —musité tan cerca de sus labios que casi los rocé—. Tal vez algún día te lo creas.

Di un paso atrás, dándole espacio suficiente para que recuperara el control que sabía que estaba perdiendo, ese que parecía tan desesperada por conservar pero que conmigo se desmoronaba como un castillo de naipes.

Alina respiraba entrecortada, con el pecho subiendo y bajando como si acabara de correr una maratón.

Sus ojos me fulminaban con rabia, pero esa chispa de deseo que intentaba enterrar era imposible de ignorar, y ambos lo sabíamos.

La rabia, el odio, el deseo… Todo aquello parecía arremolinarse entre los dos.

Me giré para marcharme, pero antes de dar un paso, la miré por encima del hombro, permitiéndome un momento para disfrutar de la imagen de su rostro tenso, sus labios entreabiertos y las mejillas encendidas.

Quise grabar a fuego esa escena en mi memoria para volver a ella en las noches más solitarias, aquellas en las que solo su recuerdo sería suficiente como para alimentarme.

—Nos veremos pronto, tigrítsa —murmuré, en voz baja, casi un susurro que sabía que quedaría atrapado en su mente mucho después de que me marchara—. Aunque intentes evitarlo, sé que lo estás deseando.

Alina permaneció inmóvil, con la espalda aún contra la pared.

Sus ojos me siguieron, llenos de algo que parecía ser rabia, algo que yo conocía demasiado bien como para confundirlo.

No era solo odio. Era hambre. Era necesidad.

Era esa condenada lujuria que se había encendido entre ambos y que ya no se podía apagar.

Mientras me perdía entre la multitud de la calle, el eco de mis pasos resonó en los adoquines.

Una sonrisa socarrona se asomó en mis labios.

Sabía que había dejado mi marca en ella, igual que ella había dejado la suya en mí.

No éramos más que dos llamas ardiendo en el mismo incendio, devorándonos poco a poco, incapaces de alejarnos.

Esta guerra entre nosotros no tenía final feliz. Lo sabía, y ella también. Porque, al final, no era cuestión de si volveríamos a encontrarnos, sino de cuándo.

Y lo peor de todo era que ninguno de los dos estaba dispuesto a perder.