El legado de los Romanov 11
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VIKTOR

El silencio en mi despacho era casi ensordecedor, pero mi cabeza no paraba de rugir.

El rostro de mi tigrítsa se colaba en mi mente con una intensidad que no podía controlar.

Sus ojos suplicantes, su respiración agitada, cada uno de sus gemidos clamando un deseo que deseaba de arrancarle a mordiscos.

Todo eso lo tenía grabado a fuego, y sabía que jamás podría borrarlo.

Lo peor de todo no era no poder confesarle quién era yo, sino saber el asco que me daba toda su familia, y el odio que se instauraría entre ambos en el momento en el que se enterase de mi verdadera identidad.

Llevaba horas dando vueltas en la silla, con un cigarro en los labios que se consumía sin fin.

El cenicero estaba lleno, pero no era suficiente como para calmar la tormenta que me azotaba por dentro.

¡Joder! Me sentía como un puto adicto. Adicto a algo que no podía permitirme.

Cada vez que cerraba los ojos, veía su boca, escuchaba su voz temblando mientras me pedía algo que no podía darle.

Dime quién eres… Esas tres palabras resonaban como un maldito eco, como un recordatorio de lo cerca que estaba de cruzar una línea de la que no podría volver.

Apreté la mandíbula, mirando la mano que descansaba sobre la mesa.

Mi guante de piel negro brillaba bajo la luz del flexo, como si quisiera recordarme quién era.

No era un hombre, me había convertido en una jodida sombra que atormentaba a aquel que osaba molestar a mi familia, el mismo que cobraba las rentas, o el que había matado en infinidad de veces por pura rabia.

Pero no solo eso, no era más que el eco de mi hermano, de nuestra familia, de todo lo que se esperaba de mí.

Si Nikolai pensaba que podía seguir controlándolo todo sin contar conmigo, estaba equivocado.

Estaba cabreado, consumido e incluso al borde de volverme loco.

Mi cabeza no hacía más que cavilar posibilidades, maneras en las que acabar con todo el maldito problema de Lev y su padre, la forma en la que pagarían por todo lo que llevaban años haciendo.

Sin dudarlo, bajé al parking, me subí a la moto y salí de la finca, dispuesto a resolver los malditos problemas que teníamos.

No era capaz de comprender por qué Nikolai no era capaz de hacernos partícipes de todo aquello.

Joder, era el maldito pakhan, el jefe máximo de nuestra organización, pero después de haber sido inseparables, todo había cambiado en el momento en el que tomó el poder.

Me había dejado de lado, permitiéndome ser un avtoriteti, un simple consejero al que ni siquiera escuchaba, pero al que no dejaba de dar órdenes.

Mis hermanos, por su parte, habían aceptado serlo, tomando posesión de su mando sin rechistar, salvo Andrei, quien además de ser un avtoriteti, se había convertido en el jefe de inteligencia.

Sabía que Nikolai no estaba en la casa familiar con Elena, sino que llevaba un par de días metido en su apartamento en el centro de la ciudad, ocupándose de algo que ni siquiera se me había notificado.

Al aparcar la moto, bajo la ventana, pude ver su sombra asomándose, como si hubiese sabido en el preciso instante en el que iba a presentarme en su lugar de paz.

Cuando abrí la puerta, Nikolai estaba inclinado sobre su escritorio, revisando unas imágenes. Levantó la mirada al instante, imperturbable, como si siempre supiera exactamente lo que estaba a punto de pasar.

—¿Qué cojones quieres ahora, Viktor? —preguntó con ese tono autoritario que me sacaba de mis casillas.

Apreté la mandíbula y, por un instante, se me antojó que podría escuchar mis muelas rechinar. Intenté calmar los nervios que me habían consumido, me llevé un cigarrillo a la boca y me serví un vaso de whiskey.

—Quiero que me expliques por qué no me dejas liderar un ataque contra Vadim —solté de golpe, dejando la botella sobre la barra, y encaminándome hacia el gran butacón.

—Es complicado —respondió sin levantar la vista, con la voz cargada de una calma que me sacaba de quicio—. Hay cosas que todavía no entiendes, cosas que no puedo dejarte manejar ahora.

Apreté los puños. Esa respuesta no era más que una excusa, una forma educada de decirme que no me consideraba lo suficientemente bueno o importante como para compartir conmigo sus impresiones.

—¿Cosas que no entiendo? —inquirí, incrédulo—.

Llevo toda mi vida sangrando por esta familia, Nikolai —le recordé, porque así era, no tenía más de quince años cuando maté por primera vez y lo volvería a hacer con tal de protegernos—.

Haciendo lo que tú me has pedido, incluso cuando no estaba de acuerdo —aseguré—.

Y ahora, cuando Vadim está atacándonos de manera directa y Lev se ha sumado al asunto, me dejas fuera. ¿Quién cojones te crees?

Nikolai alzó la mirada y pude ver cómo su expresión se había vuelto fría y calculadora. Por un instante, no dijo nada, pero sus ojos lo decían todo. Y fue entonces que la verdad se clavó en mí como un jodido puñal, sin que pudiese hacer nada por sentir como la rabia comenzaba a consumirme.

—No confías en mí, ¿verdad? —solté a bocajarro, percibiendo como la ira se arremolinaba en mi pecho.

No respondió. Solo dejó escapar un suspiro y volvió a bajar la mirada hacia los papeles, con esa superioridad que odiaba, como si no tuviera ganas de enfrentarse a mi pregunta, a pesar de que ambos conocíamos la respuesta.

—Por eso mismo, Nikolai —gruñí casi ido, dando un fuerte golpe en la mesa—.

Por esa puta mirada. Siempre lo has hecho.

Siempre me has dejado en las sombras, como si fuera un arma que puedes usar cuando quieras, pero no confiar en que puede ser útil siempre —escupí enfurecido—.

¿Qué más necesitas que haga para demostrarte que estoy listo?

—cuestioné, notando como toda aquella situación comenzaba a írseme de las manos sin que pudiera hacer nada por evitarlo—.

¡Lo he dado todo por ti! —bramé, tan colérico que apenas podía ver de lo ciego que estaba por el enfado—.

¿Qué cojones quieres? —inquirí—. ¿Qu me bajé los pantalones y follarme el culo?

—escupí —. Porque ya es lo único que te queda por hacer.

Su mandíbula se tensó, pero continuó sin responder. Su silencio era más elocuente que cualquier palabra que pudiera decirme, y eso me dolió más que cualquier ataque que los Orlov pudiesen orquestar. Fue entonces cuando un recuerdo me golpeó con fuerza, como un puñetazo en el estómago.

***

Tenía ocho años, y Nikolai diez. Estábamos en el despacho de nuestro padre, un lugar que siempre me había parecido más grande e intimidante de lo que en realidad era.

La luz que entraba por las ventanas era fría, gris, y el olor a tabaco impregnaba cada rincón.

Vasily Romanov estaba sentado en su sillón de cuero, con una expresión que podría helar el mismísimo infierno.

Estaba tan nervioso que podía sentir mis manos temblar, la manera en la que mi corazón repiqueteaba en mi pecho de forma atronadora mientras la mirada inquisidora de nuestro padre nos analizaba sin descanso.

—¿Quién ha sido? —preguntó, sosteniendo la moneda de oro en su mano. Una moneda que había desaparecido de su caja fuerte esa misma mañana.

Miré a mi hermano, sintiendo como todo un hormigueo subía desde mis pies hasta las manos, instándome a que confesase.

—Si el culpable no contesta antes de que este reloj llegue a su fin —nos advirtió al mismo tiempo que le daba la vuelta al reloj de arena que reposaba sobre el grandioso escritorio—, os ataré a un árbol ahí fuera para que recapacitéis.

Apreté las manos a mi espalda, jugueteando con mis dedos, intentando calmar el nerviosismo que me corroía. Estábamos en pleno invierno, donde la temperatura máxima era de menos tres grados, llegando incluso a menos veinte por las noches. ¿Cómo iba a hacer algo así?

—Veinte segundos —anunció.

Desvié, de nuevo, la vista a Nikolai, que estaba a mi lado, con las manos en los bolsillos y la mirada fija en el suelo.

Sabía que había sido él, pero no iba a decirlo.

No porque quisiera protegerle, sino porque sabía que, si lo hacía, las cosas serían aún peor para los dos.

¿Qué había peor que un ladrón? Un traidor.

—He sido yo, padre —confesé al final, alzando la vista para mirarle a los ojos.

El golpe fue instantáneo, y resonó por toda la habitación. Su mano se estrelló contra mi mejilla con una fuerza que provocó que me tambalease, llegando a dar un paso atrás.

—Mentirosos no, Viktor —gruñó con furia—. Y tampoco ladrones.

Me agarró el brazo, tirando de mí, arrastrándome hacia la chimenea donde el fuego ardía con una intensidad que me hizo temblar. Contuve el llanto, percibiendo como las lágrimas se me agolpaban en los ojos.

—Pon la mano —ordenó con fiereza, estirándome.

—Papá, no… —lloriqueé, intentando apartarme, pero su agarre se me antojó de hierro.

—Pon. La. Mano —recalcó cada una de las palabras con vigor.

Con las amargas gotas llenas de pánico y dolor ya recorriéndome mi pequeño rostro, lo hice.

No porque quisiera, sino porque sabía que no había otra opción.

El calor del fuego quemó mi piel al instante, arrancándome un grito que resonó por toda la casa.

Pero lo peor no fue el dolor físico, sino la mirada de Nikolai, quien observó la escena sin decir nada.

Permaneció en silencio, viendo como yo pagaba por algo que él había hecho.