10
Tigrítsa
La penumbra de la sala privada era densa, cargada de deseo y de un aire casi asfixiante que parecía contener todos los secretos del mundo.
Las paredes, forradas en terciopelo oscuro, absorbían la poca luz que se filtraba por las lámparas colgantes, dejando apenas lo suficiente para distinguir las siluetas.
Pero yo no necesitaba ver, solo sentirle.
Cada respiración, cada movimiento, era como un golpe directo a mis sentidos.
Anubis estaba a solo un paso y su mera presencia parecía llenar la sala, como si el aire a su alrededor se espesara, dejando claro que el verdadero peligro no eran las sombras que nos envolvían, sino él.
Su figura imponente lo eclipsaba todo, convirtiendo el espacio en algo diminuto insignificante.
Sus ojos brillaban como dos esmeraldas encendidas por un fuego implacable, un arma capaz de traspasar cada una de mis defensas, manteniéndome prisionera de un deseo tan feroz que apenas sabía cómo controlarlo.
Había algo en su mirada que no podía ignorar: una mezcla de rabia contenida, lujuria desbordante y un secreto oscuro que parecía consumirlo desde dentro.
Cada paso que daba hacia mí era lento, deliberado, cargado de ese magnetismo que me hacía temblar.
La fuerza que proyectaba no solo estaba en su musculado cuerpo, sino en la manera que tenía de medir y predecir cada uno de mis movimientos, como si de un depredador acechando a su presa se tratase.
Sentí el calor subir por mi pecho, quemándome la garganta, provocando que mi respiración se volviera más superficial con cada segundo que pasaba.
Era un calor abrumador, como un incendio que amenazaba con arrasar todo a su paso, y yo estaba atrapada en su epicentro.
Se detuvo frente a mí, tan cerca que pude sentir el calor que irradiaba su cuerpo, colándose en el mío.
Un escalofrío recorrió mi espalda, erizándome cada vello, en un contraste que solo aumentó la tensión entre nosotros.
Su mandíbula se apretó, delineando los contornos afilados de su rostro bajo la máscara, mientras su pecho subía y bajaba con una calma engañosa que solo incrementaba las ganas que tenía de devorarlo.
Su proximidad era un arma por sí misma, una amenaza que no necesitaba palabras, pero que, al mismo tiempo, me invitaba a desafiarle, como si una parte de mí deseara ver qué tan lejos estaba dispuesto a llegar.
Mi cuerpo estaba tenso, en una mezcla de excitación y anticipación que me dejaban a merced de sus movimientos.
Podía sentir el peso de su mirada recorrer cada centímetro de mi cuerpo, como si estuviera reclamando algo que ya le pertenecía.
Alcé una mano cuando estuve lo suficientemente cerca, paseándola por su pecho, delineando el contorno de cada uno de sus músculos.
—Tigrítsa, estás jugando con fuego —gruñó, consiguiendo que su voz resonase en la estancia.
—Quizás quiero quemarme —respondí juguetona, desafiante, aunque mi voz sonó más estrangulada de lo que debería, mostrando parte de ese caos que solo él provocaba en mí.
Él no respondió. En lugar de palabras, sus manos encontraron las mías, atrapándolas con una mezcla de firmeza y delicadeza que me hizo estremecer.
Sus dedos trazaron círculos lentos en mis palmas, explorando con una intimidad tan cruda que pareció rozar mi alma.
Su tacto era firme, seguro, y cada movimiento parecía calculado para desarmarme, para hacerme perder el control que tanto deseaba mantener.
Me mordí el labio, reprimiendo un jadeo cuando sus dedos subieron por mis muñecas, hasta llegar a mis codos, y luego se deslizaron hacia mi cintura, envolviéndome con una autoridad que no dejaba espacio a la resistencia.
Sus labios rozaron mi cuello, apenas fue perceptible, pero sí lo suficiente como para que mi respiración se volviera errática.
—Eres peligrosa, ¿lo sabes? —susurró contra mi piel, dejando un rastro de calor que me hizo arquearme hacia él.
—Puedo serlo aún más, Anubis —murmuré, sintiendo como sus manos bajaban por mi espalda hasta detenerse en mis caderas.
Antes de que pudiera decir algo más, sus labios encontraron los míos, atrapándolos con una brutalidad sobrehumana, contagiándome de esa hambre con la que me devoraba.
No había suavidad, solo una necesidad cruda que me dejó sin aliento.
Sus manos se cerraron alrededor de mis muslos, alzándome con facilidad y apoyándome contra la mesa con rudeza.
El vestido se me arremolinó a la cintura, dejando mis piernas al descubierto, y pude percibir el frío de la madera contra mi piel, mientras él abría mis piernas con una firmeza que me hizo temblar.
—¿Quieres saber quién se esconde bajo esta máscara? —preguntó, con sus labios pegados a los míos, al mismo tiempo que sus manos recorrían mis muslos, provocándome, con un propósito claro.
—Sí —jadeé contra su boca, incapaz de ocultar mi desesperación.
—Entonces, demuéstrame cuánto lo deseas —gruñó, descendiendo hasta arrodillarse frente a mí.
La visión de él, un hombre tan intimidante y poderoso, postrado ante mí, fue una imagen que quise grabar en mi mente a fuego, atesorándola como si de una joya se tratase, para siempre.
Sus manos separaron mis muslos con suavidad, pero sus ojos no dejaban lugar a dudas de que el control era absolutamente suyo.
Con una sensualidad apabullante, comenzó a besar mi piel, creando un reguero que ascendía hacia mi lugar prohibido.
Sus manos no dejaban de acariciarme, lo que, en cierto modo, me chocaba con esa imagen que gritaba peligro por cada poro de su piel.
Sin dudarlo un instante, tiró de mí, llevándome aún más al borde de la mesa, permitiendo que su boca quedase pegada a mi sexo.
Sonrió ladino, como un jodido gato, cuando un jadeo ahogado se me escapó.
Sentí su aliento caliente contra mi piel, cómo su lengua se colaba entre mis pliegues para devorar el abultado botón que clamaba piedad a aquel dios que tenía frente a mí.
Quería que me follase, que me partiese por la mitad y me obligase a gritar su nombre.
Porque sí, me había vuelto adicta a la energía que había entre ambos.
Contuve el aliento cuando succionó con fuerza, consiguiendo que mi espalda se arquease sobremanera.
Enterré mis dedos en su cabello, aferrándome con fuerza mientras su lengua no dejaba de torturarme.
Uno de sus dedos se coló en mi interior, provocando que gimiese sin reservas, agonizante, al borde de la locura.
—Estás tan prieta… —masculló sin apartar la mirada de mi lugar prohibido, casi delirante—. ¡Joder!
Sus acometidas no cesaron, igual que su boca no volvió a separarse de mi placer en ningún momento, martirizándome.
La mano que tenía libre me agarró con fuerza de la cintura, tanta que supe que al día siguiente tendría las marcas de sus dedos a modo de moratones, pero poco me importó, con tal de disfrutar de aquel instante como si fuese el último.
Sujeté su cabeza, tirando de su cabello.
No supe si deseaba separarlo o unirlo más a mí.
—Anubis… por favor… —musité entre sollozos desbordantes de placer.
—Córrete para mí, tigrítsa.
Mi espalda se arqueó, mientras él no se detuvo, hasta que me vio temblar, perdida en un abismo de placer.
No necesité nada más que esa simple pero severa orden para dejarme ir en su boca, sintiendo como sus lametones se volvían cada vez más fieros, igual que lo hacía el placer que comenzaba a arrollarme.
Cuando alcé la mirada, su sonrisa fue arrogante, pero había algo en su mirada que me hizo dudar.
Anubis se relamió como un jodido gato, llevándose a la boca los dedos, aún impregnados de mi esencia, con los que me había masturbado.
Sin dudarlo un solo instante, me arrodillé frente a él, todavía con el cuerpo temblando, pero con el pecho henchido de un deseo irremediable.
Sus manos encontraron mi cabello, enredándose en él mientras sus ojos me observaban con una intensidad que me hizo sentir desnuda, incluso más que si no llevara ropa.
Paseé mis manos por su pecho, desabotonando su camisa, dejando al aire su pecho lleno de tatuajes.
Contuve el aliento, sintiendo cómo las ganas de lamerlo de pies a cabeza empezaban a volverme loca.
Con parsimonia, bajé la cremallera de sus pantalones, liberándolo, mostrándome una visible erección que consiguió que mi sexo palpitase de nuevo.
Mis manos volaron por su cuerpo, bajando los pantalones que llevaba, dándome acceso completo a su desnudez.
Lo acaricié, deleitándome con cada uno de sus gemidos, lamiéndolo de arriba abajo, jugueteando con mi lengua alrededor de todo su contorno.
Podía sentir esa maldita necesidad, la misma que me gritaba que lo devorase, que lo llevase al límite, hasta que no pudiese hacer más que rendirse a mis pies.
Sus profundos gruñidos llenaron la sala, y cada sonido suyo me hacía disfrutar cada vez más de él.
Deseé llevarle al límite, transportarlo al mismo lugar en el que él me había dejado.
Alcé la mirada, encontrándome con la suya, tan verde que me taladró el alma.
Dios, era el hombre más sexy que hubiese visto jamás.
—No hagas eso —me regañó al mismo tiempo que tiraba de mi cabello hacia atrás, apartándome de mi ansiado premio.
—¿O qué? —inquirí juguetona, desafiante.
Antes de que pudiese decir nada, me levantó.
Sus manos encontraron mi rostro, y sus labios reclamaron los míos una vez más.
Esta vez, no hubo brutalidad, pero sí una intensidad cegadora y una firmeza que provocó que mis piernas cimbreasen.
Sin embargo, ese momento de calma fue breve.
En un movimiento rápido, me giró, apoyándome contra la mesa, sujetándome con firmeza por las caderas y, sin pensarlo, se adentró en mí de una sola estocada, arrancándome un gemido ahogado que resonó en mi pecho.
—Joder —masculló, pude sentir como su miembro palpitaba en mi interior, mientras sus dedos se clavaban en mi piel.
El ritmo que marcó era frenético, brutal, pero cada embestida estaba cargada de algo más que simple deseo.
Era rabia, desesperación, y una necesidad tan cruda que me hizo sentir que estábamos peleando en lugar de amarnos.
Una, dos, tres, cuatro… Las estocadas cada vez se volvían más rudas, igual que el sonido de nuestros cuerpos al chocar.
—Dime quién eres —supliqué entre jadeos, sintiendo como mi cuerpo se acercaba de nuevo al abismo.
Una de sus manos se desvió hasta llegar a mi sexo, donde acarició con frenesí mi abultado botón, al mismo tiempo que acercaba su boca a mi oído.
—No puedo —gruñó con la voz estrangulada, como si le doliera.
Y fue entonces, cuando ambos alcanzamos el clímax, estallando en mil pedazos, llenando la habitación de gemidos y jadeos que retumbaron entre las cuatro paredes. Antes de que pudiera decir algo más, Anubis se abotonó la camisa, subió sus pantalones y se giró hacia la puerta.
—No lo entiendes, tigrítsa —dijo, sin apenas mirarme—. Saber quién soy destruiría todo esto.
Por un instante, mientras él se movía dentro de mí, me pareció ver algo en su mirada.
Era como si la máscara que llevaba no fuera la única barrera que ocultaba su verdadera esencia.
Había algo roto, una grieta en su fachada de hombre perfecto que dejaba entrever un océano de tormentas internas.
Quise preguntarle, arrancarle ese secreto con la misma ferocidad con la que él reclamaba mi cuerpo, pero no lo hice.
Porque sabía que si rompía esa barrera, él desaparecería para siempre.
El sonido de la puerta cerrándose resonó con más fuerza que cualquier gemido que hubiésemos compartido.
Durante un instante, me quedé inmóvil, incapaz de procesar lo que acababa de pasar.
Mi cuerpo seguía latiendo con los ecos de su tacto, pero mi mente estaba envuelta en un torbellino de preguntas sin respuestas.
¿Por qué parecía huir de mí incluso mientras me reclamaba de una manera tan brutal?
¿Qué era lo que intentaba proteger al mantenerme en la oscuridad?
Y, lo más importante, ¿por qué ese hombre desconocido, ese dios enmascarado, empezaba a ocupar un lugar tan peligroso dentro de mí?